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	<title>Biblia archivos - Judia &amp; Catolica</title>
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	<description>Mi Camino Personal y Reflexiones sobre ser Judia y Católica, al mismo tiempo. E intentando hacer Visible algo de lo Invisible</description>
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	<title>Biblia archivos - Judia &amp; Catolica</title>
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		<title>Los Salmos: cuando la alabanza nace en medio del dolor</title>
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		<dc:creator><![CDATA[luciana]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 26 May 2026 14:46:14 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Muchas veces pensamos que la alabanza nace cuando todo está bien. Cuando sentimos paz, cuando las cosas salen como esperábamos, cuando la fe se vuelve fácil. Pero los Salmos muestran algo completamente distinto. El libro de los Salmos está lleno de gritos, preguntas, cansancio, lágrimas y silencios de Dios. Está lleno de oraciones que nacen [&#8230;]</p>
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<p>Muchas veces pensamos que la <strong>alabanza</strong> nace cuando todo está bien. Cuando sentimos paz, cuando las cosas salen como esperábamos, cuando la fe se vuelve fácil.</p>



<p>Pero los Salmos muestran algo completamente distinto.</p>



<p><strong>El libro de los Salmos </strong>está lleno de gritos, preguntas, cansancio, lágrimas y silencios de Dios. Está lleno de oraciones que nacen desde la angustia, desde la espera, desde la sensación de abandono. Y, sin embargo, justamente eso es también lo que la tradición de Israel llamó «alabanza».</p>



<p>En hebreo, los Salmos se llaman <em><strong>Tehilim</strong></em>, que significa alabanzas. Y eso resulta sorprendente. Porque muchos de esos textos no parecen himnos alegres ni triunfales. Parecen más bien el corazón de alguien que ya no sabe cómo seguir.</p>



<p>¿Dónde está la alabanza ahí?</p>



<p>Quizás la respuesta sea una de las enseñanzas más profundas de toda la espiritualidad bíblica. La verdadera alabanza no consiste en negar el dolor ni en fingir que todo está bien. Nace cuando, incluso en medio de la oscuridad, el hombre vuelve a recordar quién es Dios.</p>



<p>Por eso los Salmos son tan humanos. El salmista no esconde lo que siente: le habla a Dios desde el miedo, la tristeza, la incertidumbre o el cansancio. Pero en medio de esa oración sucede algo profundamente transformador: hace memoria. Recuerda las obras de Dios, su fidelidad con Israel, todas las veces que sostuvo, liberó, perdonó y acompañó a su pueblo. Y muchas veces, poco a poco, ese corazón que empezó rezando desde la desolación termina descansando nuevamente en la confianza. No porque el sufrimiento desaparezca, sino porque vuelve a apoyarse en una verdad más profunda que sus emociones del momento.</p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong>Los Salmos y la memoria de Dios</strong></h1>



<p>Dios no nos dio estas oraciones porque necesite que lo alabemos. Dios no necesita nada. Los que necesitamos recordar somos nosotros.</p>



<p>Necesitamos volver a escuchar que Dios es nuestra roca, nuestro refugio y nuestra fortaleza. Necesitamos repetir que su amor permanece para siempre, porque lo olvidamos con mucha facilidad, especialmente cuando la vida se vuelve difícil.</p>



<p><strong>Los Salmos nos enseñan a rezar desde la realidad concreta que estamos viviendo, </strong>desde lo que somos y lo que sentimos, pero al mismo tiempo nos enseñan a levantar la mirada hacia Aquel que trasciende nuestras emociones cambiantes. Por eso rezar los Salmos es volver a colocar nuestra vida dentro de una historia mucho más grande que nuestro estado de ánimo del momento.</p>



<h1 class="wp-block-heading"><em>«Porque es eterno su amor»</em></h1>



<p>La esperanza bíblica no es un optimismo vacío. Está apoyada en algo real: un Dios que actuó en la historia, que hizo alianza con su pueblo, que liberó a Israel de Egipto, que sostuvo al hombre en medio del desierto, que corrigió, perdonó y siempre cumplió sus promesas.</p>



<p>Uno de los ejemplos más hermosos de esto aparece en el <strong>Salmo 136</strong>, conocido en la tradición judía como el<strong> Gran Hallel.</strong> Ese Salmo va recorriendo toda la historia de la salvación: la creación, la liberación de Egipto, el paso por el desierto, la fidelidad de Dios con Israel. Y después de cada frase repite lo mismo:</p>



<p><em><strong>«Porque es eterno su amor.»</strong></em></p>



<p>Veintiséis veces.</p>



<p>¿Por qué tanta repetición? Porque necesitamos que esa verdad se nos grabe en el alma y en la mente. Cuando el hombre comienza a repetir una y otra vez esa frase, lentamente empieza a reorganizar la manera en que mira la realidad. No significa que todo lo que sucede sea bueno, ni que Dios quiera el sufrimiento. Significa algo más profundo: que incluso en medio de aquello que no entiendo, puedo recordar que mi vida no está abandonada. <strong>Que existe un amor sosteniendo incluso aquello que hoy todavía no logro comprender.</strong></p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong>La alabanza más profunda</strong></h1>



<p>Ahí <strong>los Salmos nos prestan palabras. </strong>Nos enseñan que podemos presentarnos delante de Dios con todo lo que somos y todo lo que estamos viviendo, no para encerrarnos en nuestra angustia, sino para dejar que Él vuelva lentamente a ordenar nuestra mirada.</p>



<p>Porque a veces la alabanza más profunda nace precisamente en medio de la noche, cuando el hombre puede decir:</p>



<p><em>«No entiendo, pero confío.</em> <em>No veo, pero recuerdo.</em> <em>Me duele, pero sé que tu amor permanece.»</em></p>



<p>La fe bíblica no consiste en no tener miedo. Consiste en aprender a mirar la vida desde una verdad más grande que el miedo: que Dios permanece fiel, que su misericordia no se agota, que su amor no depende de lo que yo sienta hoy.</p>



<p><strong>Porque su amor es eterno.</strong></p>
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		<title>¿Qué Pentecostés Celebraban los Apóstoles?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[luciana]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 22 May 2026 16:22:36 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Fiestas judias en su plenitud]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>¿Qué Pentecostés estaban celebrando María, los apóstoles y tantos judíos reunidos en Jerusalén si el Espíritu Santo todavía no había descendido? Para entender Pentecostés en toda su profundidad, es necesario mirar la historia de Israel. No se trata de dos historias separadas, sino de una misma historia de salvación que se ilumina profundamente y nos [&#8230;]</p>
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<p>¿Qué <strong>Pentecostés </strong>estaban celebrando María, los apóstoles y tantos judíos reunidos en Jerusalén si el <strong>Espíritu Santo </strong>todavía no había descendido? Para entender Pentecostés en toda su profundidad, es necesario mirar la historia de Israel. No se trata de dos historias separadas, sino de una misma historia de salvación que se ilumina profundamente y nos muestra la belleza y bondad de Dios. Algunos datos que dejé fuera del video pueden leerlos en este artículo: <br><a href="https://judiaycatolica.com/del-sinai-al-cenaculo/">https://judiaycatolica.com/del-sinai-al-cenaculo/</a><br><br><strong>Del Sinaí al Cenáculo</strong>, vemos cómo Dios fue llevando a su pueblo hacia una intimidad cada vez mayor: de la Ley entregada en piedra a la promesa de una alianza escrita en el corazón, y finalmente al don del Espíritu Santo.</p>



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<p></p>
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		<title>Del Sinaí al Cenáculo: cuando la Ley se vuelve vida en el corazón</title>
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		<dc:creator><![CDATA[luciana]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 18 May 2026 12:40:41 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar.” Con estas palabras, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos introduce en uno de los momentos más importantes de la historia de la Iglesia: la venida del Espíritu Santo. Pero acá hay un detalle que cambia por completo la escena. [&#8230;]</p>
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<p><em><strong>“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar.”</strong></em></p>



<p>Con estas palabras, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos introduce en uno de los momentos más importantes de la historia de la Iglesia:<strong> la venida del Espíritu Santo.</strong></p>



<p>Pero acá hay un detalle que cambia por completo la escena. Cuando los cristianos escuchan «Pentecostés», suelen pensar enseguida en la venida del Espíritu Santo. Y tiene sentido, porque así se celebra hoy en la Iglesia. Sin embargo, en el momento en que comienza el relato de Hechos, eso todavía no había ocurrido.</p>



<p>Entonces uno podría preguntarse: ¿Qué fiesta estaban celebrando María, los apóstoles y tantos judíos reunidos en Jerusalén?</p>



<p>La respuesta nos lleva a <strong>Shavuot, la fiesta judía de las Semanas,</strong> que en griego se llamó Pentecostés porque se celebraba cincuenta días después de la Pascua judía. Y este dato no es una simple curiosidad histórica. Es una puerta inmensa para comprender qué ocurrió ese día y por qué Dios eligió precisamente esa fiesta para enviar el Espíritu Santo.</p>



<p>Para comprender el Nuevo Testamento, y especialmente para comprender a Jesús, es imprescindible conocer el Antiguo Testamento. El Nuevo no aparece de la nada ni comienza de cero: <strong>es la plenitud de una historia que Dios venía escribiendo</strong> desde Abraham, desde Moisés, desde los profetas. Sin ese trasfondo, podemos leer los Evangelios, conmovernos con Jesús y admirar sus palabras. Pero cuando conocemos la historia de Israel, todo adquiere una profundidad inmensa: sus gestos, sus milagros y hasta los lugares donde ocurren las cosas empiezan a brillar dentro de una historia mucho más grande.&nbsp;</p>



<p><strong>Y Pentecostés es uno de los ejemplos más hermosos de esto.</strong></p>



<p>Podemos contemplar este acontecimiento, esta fiesta, como la venida del Espíritu Santo, como el nacimiento visible de la Iglesia, como el fuego que transforma a los apóstoles y los envía al mundo. Y todo eso es verdadero, hermoso y central.</p>



<p>Pero cuando conocemos sus<strong> raíces judías,</strong> cuando comprendemos su relación con Shavuot, con el Sinaí, con la entrega de la Torá y con la alianza de Dios con Israel, Pentecostés se abre ante nosotros con una belleza todavía más profunda.</p>



<p>Y no se trata solo de saber más. Se trata de<strong> contemplar cómo Dios fue preparando la historia de la salvación con una delicadeza impresionante</strong>. Nada aparece de golpe. Nada está desconectado. Cada fiesta, cada promesa, cada alianza y cada acontecimiento parecen ir dejando una huella que, con el tiempo, se ilumina en Jesús.</p>



<h1 class="wp-block-heading">Shavuot: la fiesta de las semanas</h1>



<p>Shavuot significa «semanas». Se celebra siete semanas —cincuenta días— después de Pesaj, la Pascua judía. Por eso en griego se la llamó Pentecostés, que significa precisamente «quincuagésimo». En su origen, estaba también vinculada a la cosecha y a la presentación de las primicias: una fiesta de agradecimiento en la que el pueblo ofrecía a Dios los primeros frutos de la tierra.</p>



<p>Pero con el tiempo, Shavuot quedó especialmente asociada a uno de los acontecimientos más importantes de la historia de Israel: la entrega de la Torá en el monte Sinaí.</p>



<p>Dios había liberado a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Pero esa liberación no terminaba simplemente con salir físicamente de allí. Dios no libera a Israel para dejarlo perdido en el desierto, sin identidad ni misión. <strong>Lo libera para constituirlo su pueblo</strong>. En el Sinaí le entrega la Ley, le enseña cómo vivir, cómo relacionarse con Él y con los demás, y le da su identidad más profunda:</p>



<p><em><strong>«Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo.»</strong></em></p>



<p>Esta frase atraviesa toda la historia bíblica. Y es muy importante entenderla bien: en el Sinaí Dios no está dando simplemente un conjunto de normas. Está haciendo <strong>alianza</strong>. Está educando a un pueblo que venía de siglos de esclavitud, que había vivido bajo opresión, bajo dominio extranjero, sin decidir por sí mismo. De pronto, Dios lo libera. Pero esa libertad tenía que ser aprendida, porque <strong>se puede salir de Egipto y seguir pensando como esclavo. </strong>Se puede cruzar el Mar Rojo y seguir teniendo miedo de la libertad.</p>



<p>Por eso la Ley no es un castigo ni una carga absurda. Es un don. El regalo de Dios a un pueblo que todavía está aprendiendo a vivir como hijo.</p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong>La pedagogía de Dios y la promesa de una alianza más profunda</strong></h1>



<p>Dios va formando a su pueblo paso a paso: primero lo libera, luego le da una Ley, después lo acompaña, lo corrige, lo perdona y lo vuelve a levantar. Por medio de los profetas le recuerda su alianza y despierta en Israel la esperanza de una plenitud todavía mayor.</p>



<p>Algo parecido ocurre con los hijos. Cuando son pequeños reciben indicaciones que todavía no comprenden del todo.Y esa obediencia puede ser una profunda respuesta de amor, aunque todavía no entienda todo. Obedece porque confía. Porque sabe, de algún modo, que quien lo guía lo ama.&nbsp; Con el tiempo esa relación cambia: ya no se trata solo de cumplir una palabra de autoridad, sino de una comprensión más profunda, un diálogo más íntimo, una confianza más madura.</p>



<p>Con Dios ocurre algo semejante en la historia de la salvación. En el Sinaí escribe su Ley en tablas de piedra. Pero ya desde los profetas aparece una promesa más profunda. Jeremías anuncia:</p>



<p><em><strong>«Pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones.</strong>«</em> (Jr 31,33)</p>



<p>Y Ezequiel agrega:</p>



<p><em>«<strong>Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo.</strong>«</em> (Ez 36,26)</p>



<p>Estas profecías son la clave para comprender Pentecostés. Porque en Pentecostés Dios no elimina el Sinaí: lo lleva a su plenitud. No borra la Ley: la interioriza. En el Sinaí la escribió en piedra. En Pentecostés comienza a escribirla en los corazones.</p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong>Del Sinaí al Cenáculo</strong></h1>



<p>Por eso es tan significativo que el Espíritu Santo descienda precisamente en Pentecostés.</p>



<p>En Shavuot, Israel celebraba la entrega de la Torá, cincuenta días después de la Pascua. En Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua de Jesús, Dios vuelve a descender. Pero esta vez no desciende sobre una montaña: desciende sobre personas. Sobre María y los apóstoles reunidos en el Cenáculo.</p>



<p>En el Sinaí hubo fuego, sonido fuerte, manifestación poderosa de Dios. En Pentecostés también hay viento, fuego y asombro. Pero lo más importante no es el parecido exterior, sino la profundidad de lo que ocurre: Dios no desciende ahora solo para dar una Ley, sino para <strong>habitar en el corazón de los creyentes</strong> y hacer posible una vida nueva.</p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong><em>Yo los llamo amigos</em></strong></h1>



<p>Esto es exactamente lo que Jesús les dice a sus discípulos:</p>



<p><strong><em>«Ya no los llamo siervos, porque el servidor ignora lo que hace su señor. Yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.»</em></strong><strong> </strong>(Jn 15,15)</p>



<p>Jesús no está despreciando la obediencia ni anulando la Ley. Está revelando hasta dónde quería llegar Dios en esa relación: quiere hijos, quiere amigos, quiere intimidad. Y para eso deja un mandamiento nuevo:</p>



<p><em><strong>«Ámense los unos a los otros como yo los he amado.»</strong></em> (Jn 13,34)</p>



<p>El punto está en ese «como». No dice solamente «ámense»: dice «ámense <strong><em>como </em></strong>yo los he amado». Ese amor supera nuestras fuerzas. Amar al enemigo, bendecir al que nos persigue, responder al mal con bien: eso no nace de una buena intención humana. Necesita la gracia de Dios. Necesita al Espíritu Santo.</p>



<p>Por eso Pentecostés es tan central: Dios no nos pide amar como Cristo sin darnos antes el amor de Cristo. San Pablo lo expresa así:</p>



<p><em>«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.»</em> (Rom 5,5)</p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong>Una misma historia de amor</strong></h1>



<p>A mí, como judía y católica, todo esto me conmueve profundamente. Porque cuando uno mira<strong> Pentecostés desde sus raíces judías</strong>, no ve dos historias separadas. Ve una misma historia de amor: el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, que libera, que educa, que hace alianza, que entrega la Ley, que habla por los profetas, que promete un corazón nuevo y que finalmente derrama su Espíritu. El Dios que no abandona su obra sino que la lleva a plenitud.</p>



<p><strong>Pentecostés</strong> <strong>revela hacia dónde Dios venía conduciendo a su pueblo desde el comienzo: </strong>no solo a escuchar su voz, sino a recibir su Espíritu; no solo a caminar según su Ley, sino a dejar que esa Ley se vuelva vida en el corazón.</p>



<p><strong>Es el Sinaí iluminado desde el Cenáculo. Es la Torá llevada al corazón</strong>. Es la alianza hecha vida interior. Es el amor de Dios derramado en nosotros.</p>



<p>Ojalá podamos tener esto presente cada día: que la relación que Dios quiere con nosotros no es lejana ni exterior, sino <strong>libre</strong>, plena y viva.</p>



<p>Que su Espíritu nos transforme desde dentro, nos enseñe a caminar como hijos y nos ayude a convertirnos, cada día un poco más, en las personas que Dios nos creó para ser.</p>



<p>Y que, así como del Sinaí al Cenáculo Dios fue llevando a su pueblo hacia una intimidad cada vez mayor, también nosotros sigamos buscándolo a Él, dejándonos guiar por su Espíritu y permitiendo que siga escribiendo su amor en nuestro corazón.</p>



<p></p>
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		<title>De escándalo a sacramento: el discurso del Pan de Vida</title>
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		<dc:creator><![CDATA[luciana]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 28 Apr 2026 22:33:26 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>«Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><em>«Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. <strong>El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna,</strong> y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. <strong>El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él»</strong></em></p>



<p>Quizás a los católicos hoy en día, cuando escuchamos el <strong>discurso de Jesús del pan de vida,</strong> nos parece muy evidente a qué se refiere, qué nos quiere decir. Escucharlo decir <em>«El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él»</em> nos puede parecer algo <strong>bellísimo</strong>… o escucharlo decir <em>«El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día»</em> puede ser una fuente de <strong>esperanza, consuelo y alegría.</strong></p>



<p>Sin embargo, si nos situamos en el momento en que Jesús da este discurso, las cosas no parecen ser tan bellas, tan claras y simples de entender. Sus palabras no resultan un consuelo, sino una fuente de <strong>controversia</strong>, de <strong>confusión </strong>e <strong>incertidumbre </strong>para la mayoría de los presentes.</p>



<p><em>«¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?»</em> Juan 6,60</p>



<p>Para una persona que no conocía las Sagradas Escrituras, escuchar esto podría haber sido desconcertante. ¿Qué está diciendo este hombre? ¿Se refiere a practicar canibalismo? ¿Qué significa comer de su carne y beber de su sangre? Suena macabro, hasta repugnante.</p>



<p>Quien escucha Sus palabras en ese momento no visualiza, como nosotros hoy, al <strong>pan y el vino transubstanciados en Su cuerpo y sangre</strong>. No tiene esta interpretación. Ni siquiera aún Jesús había pronunciado las palabras de consagración de la última cena.</p>



<p>Y no todos pudieron aceptar estas palabras. Después de escuchar esto, muchos dejaron de seguirlo. No fue un malentendido menor.<strong> Fue un punto de quiebre.</strong></p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong>El escándalo de la Ley</strong></h1>



<p>Asimismo, para los judíos que sí conocían las escrituras, esto era aún más escandaloso.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p><em>«¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»</em> Juan 6,52</p>
</blockquote>



<p><strong>Jesús pide que beban su sangre, cuando en la Torá esto está explícitamente prohibido.</strong> El pueblo de Israel recibió por parte de Dios muchas restricciones alimenticias, y entre ellas la prohibición de beber la sangre de los animales:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p><em>«Si un hombre de la casa de Israel o alguno de los extranjeros que residen en medio de ustedes come cualquier clase de sangre, yo volveré mi rostro contra esa persona y la excluiré de su pueblo.»</em> Levítico 17,10-14</p>
</blockquote>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p><em>«Pero no comerán la sangre, sino que la derramarás en la tierra, como si fuera agua.»</em> Deuteronomio 12,16</p>
</blockquote>



<p>Hasta el día de hoy, los judíos practicantes comen carne Kosher, que entre otras características es una carne sin sangre.</p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong>La lógica detrás de sus palabras</strong></h1>



<p>Pero hay una clave que lo cambia todo, y está escondida dentro de la propia prohibición. Para entender por qué Jesús nos pide que bebamos su sangre, hay que <strong>entender primero por qué estaba prohibido hacerlo.</strong> La sangre no era intocable por una norma arbitraria ni por un simple rito de pureza:</p>



<p><em>«…<strong>porque la vida de la carne está en la sangre, </strong>y yo mismo les he puesto la sangre sobre el altar, para que les sirva de expiación, ya que la sangre es la que realiza la expiación, en virtud de la vida que hay en ella.»</em> Levítico 17,11</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p><em>«…porque <strong>la sangre es la vida,</strong> y tú no debes comer la vida junto con la carne.»</em> Deuteronomio 12,23</p>
</blockquote>



<p>Estaba prohibido ingerir la sangre porque <strong>en ella habitaba la vida misma, y la vida es de Dios.</strong> Y es justamente desde esa lógica que Jesús habla: no para romper la Ley,<strong> sino para llevarla a su punto más alto</strong>.</p>



<p>Y entonces se entiende todo. Lo que Jesús hace no es una transgresión, sino el gesto más radical de la historia: no es el hombre tomando la vida que le pertenece a Dios, sino <strong>Dios entregando la suya libremente</strong>.</p>



<p>En la tradición bíblica, comer no es solo alimentarse, sino asimilar, hacer propio. Jesús no propone un acto simbólico vacío, sino una <strong>unión real: que su vida pase a ser nuestra vida.</strong></p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong>De la palabra al gesto</strong></h1>



<p>Asimismo este discurso no queda en el aire. Un año después, en el contexto de Pésaj, en la Última Cena, Jesús toma pan y vino y dice:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>«<strong>Tomen y coman, esto es mi Cuerpo</strong>»&#8230;<strong> «Beban todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados.</strong>.» Mateo 26,26</p>
</blockquote>



<p>Ahí deja de ser una idea difícil para convertirse en un gesto real, concreto, visible, donde todo cuadra perfecto. <strong>Lo que había sido escándalo, ahora se vuelve sacramento.</strong></p>



<p>Él nos entrega todo su ser —cuerpo, sangre, alma y divinidad— y al recibirlo, recibimos Su Vida. Por eso, en Él, podemos tener Vida Eterna.</p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong>Donde lo incomprensible se vuelve encuentro</strong></h1>



<p>Por eso <strong>la Eucaristía no es un símbolo</strong>. No es un recuerdo, no es una representación, no es una metáfora.</p>



<p><strong>Es el lugar donde esa promesa se vuelve presente.</strong> Donde lo que parecía incomprensible se vuelve <strong>encuentro</strong>. Donde no solo recordamos a Jesús, sino que lo recibimos. Y al recibirlo, algo cambia, ya no somos los mismos.<strong> Su Vida entra en la nuestra</strong>. Su sangre corre donde corría la nuestra. <strong>Y así permanecemos en Él, y Él, en nosotros.</strong></p>



<p>No como una idea. Como una realidad viva.</p>



<p>Y entonces sí, la pregunta de Pedro deja de ser solo una respuesta… y se vuelve una decisión que cada uno tiene que tomar:</p>



<p><em><strong>«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna.»</strong></em></p>



<p></p>
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		<title>¿Quién mató a Jesús? La pregunta que nos aleja del verdadero sentido</title>
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		<dc:creator><![CDATA[luciana]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Apr 2026 14:26:38 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Muchas veces, en las series o películas, cuando alguien es atacado y queda inconsciente, todo gira en torno a una pregunta:¿quién fue? La tensión está en descubrir al culpable. En el caso de Jesús es diferente, ya que su muerte fue una cuestión pública. Sin embargo, aún parece un misterio sin respuestas claras y directas.¿Quién [&#8230;]</p>
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<p>Muchas veces, en las series o películas, cuando alguien es atacado y queda inconsciente, todo gira en torno a una pregunta:<br>¿quién fue?</p>



<p>La tensión está en descubrir al culpable.</p>



<p>En el caso de Jesús es diferente, ya que su muerte fue una cuestión pública. Sin embargo, aún parece un misterio sin respuestas claras y directas.<br>¿Quién mató a Jesús?<br>¿Fueron los judíos?<br>¿Fueron los Romanos?<br>¿Fue la humanidad?</p>



<p>Y si lo tuviésemos a Jesús frente nuestro y le preguntáramos:<br>¿Quién te ha matado?</p>



<h3 class="wp-block-heading">La respuesta de Jesús</h3>



<p>Tal vez su respuesta no iría en la dirección que esperamos:</p>



<p><em>El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla. <strong>Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. </strong>Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre </em>(Juan 10.17)</p>



<p>Ésta es su respuesta, éstas son sus palabras.</p>



<p>Y entonces, cuando entramos en esta discusión acerca de quién lo mató,<br>¿no actuamos como si fuésemos las personas debajo de la cruz de Jesús cuando le decían<br>“<em>sálvate a tí mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!</em>”.(Mt.27.40)?</p>



<p>Porque, en el fondo, esa exigencia también buscaba una respuesta clara, visible, contundente.<br>Un signo que encaje con nuestra lógica.<br>Un Mesías que actúe como nosotros esperamos.</p>



<p>Pero la cruz no responde a esa lógica.</p>



<p>Jesús no baja.<br>No se defiende.<br>No señala culpables.</p>



<p>Se queda.</p>



<p>Y al quedarnos nosotros en la pregunta por “quién fue”,<br>corremos el riesgo de hacer lo mismo que aquellos que estaban allí:<br>mirar la escena sin comprenderla,<br>esperar otra cosa,<br>perder de vista lo que realmente está sucediendo.</p>



<p>¿No estaremos, entonces, perdiendo de vista el verdadero sentido de su venida?</p>



<h3 class="wp-block-heading">Un Mesías que no esperábamos</h3>



<p>Nos cuesta entenderlo.</p>



<p>La lógica de Dios es muy diferente a la nuestra. De esperar un Mesías poderoso, un nuevo Rey David, lleno de gloria y dominio, recibimos un mesías hijo de un carpintero, montado en un burro, humillado, torturado, crucificado, “<em>escándalo para los judíos y locura para los paganos</em>” (1 Co 1.23).</p>



<p>Y tratando de encontrar respuestas, muchas veces las buscamos en los lugares equivocados.</p>



<h3 class="wp-block-heading">La tentación de buscar culpables</h3>



<p>En lugar de poner la mirada en el por qué o el para qué, nos ponemos del lado de los acusadores.</p>



<p>Buscamos a un culpable.<br>A alguien a quien señalar.<br>Un “chivo expiatorio” donde centrar nuestra mirada de forma exterior, evitando el cuestionamiento interior.</p>



<p>Pero la fe nos invita a ir más profundo.</p>



<h3 class="wp-block-heading">El designio de Dios</h3>



<p>El mismo Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) dice:</p>



<p>“La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica san Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: «Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios» (Hch 2, 23).” (CIC, 598)</p>



<p>“Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10; cf. Jn 4, 19).” (CIC, 604)</p>



<p>“Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, «los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1) porque «nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: <strong>«Nadie me quita [la vida]; yo la doy voluntariamente» </strong>(Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando Él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53).” (CIC, 609)</p>



<h3 class="wp-block-heading">Una herida histórica</h3>



<p>Y entonces, si es tan claro…<br>¿por qué durante tanto tiempo se culpó a los judíos de la muerte de Jesús?</p>



<p>¿Por qué tantos crecieron escuchando que “los judíos mataron a Jesús”?</p>



<p>Como lamentablemente pasa en muchos otros aspectos, siempre hay malas interpretaciones de los hechos y también de las Sagradas Escrituras.</p>



<p>Sólo la lectura fundamentalista y literal de los textos de los evangelios permite a ciertas personas sostener aun hoy tal acusación.</p>



<p>Pero gracias a Dios que la Iglesia reiteradamente ha clarificado este tema y el Concilio Vaticano II lo dejó muy claro también.</p>



<h3 class="wp-block-heading">La aclaración de la Iglesia</h3>



<p>La Declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticano II iniciado por Juan XXIII afirma que <strong>«no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían ni a los judíos de hoy» desligando de esta forma la responsabilidad colectiva de los judíos en la muerte de Jesús.</strong></p>



<p>Asimismo, en el libro ‘Jesús de Nazaret, el Papa Benedicto XVI exoneró a los judíos por la muerte de Jesús. Entre muchas otras cosas dice:</p>



<p>“San Pablo insiste en este sentido de que Jesús da la vida por nosotros, por amor a nosotros: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella» (Ef 5, 25); «Cristo murió por todos cuando todos estaban muertos» (2 Cor 5, 4); «uno murió por todos» (cfr p.e., Rom 5, 6. 8; 8, 32; 14, 15; 1 Cor 11, 24; Gal 2, 20;1 Tim 2, 6; Tit 2, 14). Esta entrega por nosotros no significa otra cosa sino que Cristo «nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio de suave olor» (Ef 5, 2). En Hebreos, la muerte de Cristo, «más valiosa que todos los sacrificios», sustituye a todos los anteriores sacrificios y es suficiente ella sola para purificar las conciencias de todos los hombres (cfr Hebr 9, 11-28).”</p>



<h3 class="wp-block-heading">El Siervo sufriente</h3>



<p>Son muchos más los textos que hablan de la muerte de Cristo como sacrificio. En realidad estas afirmaciones se encuentran ya en los primeros escritos del Nuevo Testamento y están ligadas a lo que Jesús dijo en torno a la entrega de su vida, al aplicarse a sí mismo los sufrimientos del Siervo del Libro de Isaías:</p>



<p><em>“¿Quién creyó lo que nosotros hemos oído y a quién se le reveló el brazo del Señor? El creció como un retoño en su presencia, como una raíz que brota de una tierra árida, sin forma ni hermosura que atrajera nuestras miradas, sin un aspecto que pudiera agradarnos. <strong>Despreciado, desechado por los hombres</strong>, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada. <strong>Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias</strong>, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él <strong>y por sus heridas fuimos sanados. </strong>Todos andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, y el Señor hizo recaer sobre él las iniquidades de todos nosotros. Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: <strong>como un cordero llevado al matadero</strong>, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca. Fue detenido y juzgado injustamente, y ¿quién se preocupó de su suerte? Porque fue arrancado de la tierra de los vivientes y golpeado por las rebeldías de mi pueblo. Se le dio un sepulcro con los malhechores y una tumba con los impíos, aunque no había cometido violencia ni había engaño en su boca. El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento. Si <strong>ofrece su vida en sacrificio de reparación</strong>, verá su descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él. A causa de tantas fatigas, él verá la luz y, al saberlo, quedará saciado. Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos. Por eso le daré una parte entre los grandes y él repartirá el botín junto con los poderosos. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los culpables, siendo así que llevaba el pecado de muchos e <strong>intercedía en favor de los culpables</strong></em><strong>.”</strong> (Isaías 53)</p>



<h3 class="wp-block-heading">Un nuevo éxodo</h3>



<p><strong>Jesús, el siervo sufriente, por propia voluntad, aunque no sin dificultad, se ofrece a sí mismo como Sacerdote y Víctima de la nueva y eterna alianza.</strong></p>



<p>Nos trae un nuevo éxodo, nos libera, muere por nosotros y a través de compartir nuestra humanidad, nos comparte su divinidad.</p>



<p>Un Dios que nos ama hasta el extremo, y es capaz de hacer locuras que van mucho más allá de nuestra lógica, con tal de no pasar la eternidad lejos de nosotros.</p>



<p><strong>Es la historia de amor más grande que jamás existió</strong>. Ojalá podamos poner nuestra mirada allí y entrar en ese romance que no se extingue nunca.</p>



<h3 class="wp-block-heading"></h3>



<p></p>
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		<title>Jesús y el Tikkun Olam definitivo: la reparación del mundo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[luciana]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 13 Mar 2026 12:15:33 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>El concepto judío de Tikkun Olam, “reparar el mundo”, expresa la esperanza de que la creación pueda ser llevada a su plenitud y restaurada mediante la colaboración del ser humano con Dios.La Biblia narra esa historia desde Génesis hasta su cumplimiento en Cristo. En el principio el mundo fue creado bueno. La Biblia no presenta [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>El concepto judío de <strong>Tikkun Olam, “reparar el mundo”</strong>, expresa la esperanza de que la creación pueda ser llevada a su plenitud y restaurada mediante la colaboración del ser humano con Dios.<br>La Biblia narra esa historia desde Génesis hasta su cumplimiento en Cristo.</p>



<h1 class="wp-block-heading">En el principio el mundo fue creado bueno.</h1>



<p>La Biblia no presenta la creación como una obra cerrada y terminada. Desde el comienzo, Dios confía al ser humano una misión dentro de ella: cultivar y cuidar el mundo que le ha sido dado. Como dice el Génesis, Dios puso al hombre en el jardín de Edén <strong>“para trabajarlo y cuidarlo”</strong> (Génesis 2,15).</p>



<p>No somos solo habitantes de la creación. Somos también <strong>sus custodios y colaboradores</strong>.</p>



<p>No había maldad. No había ruptura. Había armonía entre el hombre y Dios, entre el hombre y la tierra, entre el hombre y su propio interior.</p>



<p>Una armonía que no era conquista ni logro, era don. Era la condición original de la creación: todo en su lugar, todo en su propósito, todo orientado hacia Dios.</p>



<p>El mundo fue creado <strong><em>tov</em></strong>,  <strong>bueno</strong>. La palabra aparece siete veces en el primer capítulo del Génesis, como un estribillo que Dios repite mientras contempla su obra.</p>



<p>Pero el ser humano quiso hacer su propio camino, a su modo, sin dejarse guiar por Dios. Su desconfianza lo llevó a la desobediencia y a la toma de decisiones erradas. Y esa elección quebró algo.</p>



<p>El mundo que es ya no es el mundo que debería ser.</p>



<h3 class="wp-block-heading">La primera promesa de restauración</h3>



<p>Sin embargo, desde ese mismo momento, Dios nos tendió la mano para levantarnos, darnos consuelo y para invitarnos a&nbsp;<strong>participar en la reparación de este mundo quebrantado.</strong></p>



<p>Ya en el Jardín del Edén, antes de que terminara ese primer día de ruptura, Dios pronunció las primeras palabras de esperanza. Lo que la tradición cristiana llama el <em>protoevangelio</em>, el primer anuncio del Evangelio, escondido en una maldición dirigida a la serpiente:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p><em>«Pondré enemistad entre ti y la mujer,<br>entre tu linaje y el suyo.<br>Él te aplastará la cabeza<br>y tú le acecharás el talón.»</em><br>(Génesis 3,15)</p>
</blockquote>



<p>Una promesa. Pequeña, casi imperceptible. Pero ahí estaba: la primera semilla del plan de Dios.</p>



<p>Y desde ese momento comenzó una nueva historia.</p>



<h3 class="wp-block-heading">Israel y la tarea de reparar el mundo</h3>



<p>Dios fue reuniendo a un pueblo, el pueblo de Israel, y lo fue preparando, formando, acompañando. Le dio los mandamientos, los preceptos, las <em><strong>mitzvot</strong></em>, para que vivieran bien e hicieran el bien. Para que fueran, en medio del mundo roto, una señal de que la reparación era posible.</p>



<p>Esta participación en la restauración del mundo mediante las <em>mitzvot</em> se conoce en el judaísmo como <strong>Tikkun Olam</strong>, “reparar el mundo”.</p>



<p>La expresión aparece ya en la Mishná, donde se habla de actuar <em>mipnei tikkun ha-olam</em> — “por el bien de la reparación o el orden del mundo”—, y atraviesa toda la tradición judía.</p>



<p>El <em>Aleinu</em>, la plegaria con la que concluye cada servicio judío, expresa esta esperanza con las palabras:</p>



<p><em>L’takken olam b’malkhut Shaddai</em><br>“reparar el mundo bajo la soberanía del Todopoderoso”.</p>



<p>No somos espectadores. Somos colaboradores.</p>



<h3 class="wp-block-heading">El límite del esfuerzo humano</h3>



<p>Sin embargo, hay un límite que ningún ser humano puede saldar.</p>



<p>Toda ofensa que cometemos, toda persona que lastimamos, es en última instancia una ofensa a Dios. Por eso el pecado no es solo un error humano: introduce una ruptura real en nuestra relación con Él.</p>



<p>Y esa ruptura no puede ser sanada únicamente por nuestras propias fuerzas.</p>



<p>Por más obras de justicia y amor que hagamos (<em>tzedaká</em>), el mundo no termina de repararse.</p>



<h3 class="wp-block-heading">La esperanza anunciada por los profetas</h3>



<p>Así lo fueron anunciando los profetas. Ezequiel, Jeremías, Isaías, Amós. Ellos enseñaron que la conversión del corazón humano es necesaria, pero también anunciaron algo más profundo: que Dios mismo intervendría para restaurar la alianza.</p>



<p>Hablaron de un tiempo en que Dios transformaría el corazón humano, derramaría su Espíritu y restauraría la justicia en la tierra.</p>



<p>Un tiempo en que la creación misma sería reconciliada.</p>



<p>Isaías lo describe con imágenes de una paz que alcanza incluso a la naturaleza:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>“<em>No harán daño ni destruirán en todo mi monte santo,<br>porque la tierra estará llena del conocimiento del Señor<br>como las aguas cubren el mar.”</em><br>(Isaías 11,9)</p>
</blockquote>



<p><strong>Los profetas anuncian así una gran esperanza: un mundo restaurado bajo el reinado de Dios.</strong></p>



<p>La misma esperanza que resuena en el <em>Aleinu</em> cuando se pide reparar el mundo bajo su soberanía.</p>



<p>Pero queda una pregunta abierta.</p>



<p>¿Cuándo?<br>¿Cómo?<br>¿De qué manera entraría Dios en la historia para realizar esa restauración?</p>



<h3 class="wp-block-heading">Dios entra en la historia</h3>



<p>La respuesta llegó.</p>



<p>Y llegó de una manera que nadie esperaba. en el silencio de una noche, en la familia menos pensada, en la ciudad menos considerada.</p>



<p>Dios eligió entrar en la historia haciéndose uno de nosotros.</p>



<p>Asumió la condición humana. La habitó desde dentro.</p>



<p>El <strong>Emmanuel</strong>, “Dios con nosotros”. anunciado por Isaías no era solo un símbolo de consuelo. Era el anuncio de algo real: Dios mismo entrando en la historia humana.</p>



<p>Ahí se abre la gran bisagra de la historia.</p>



<h3 class="wp-block-heading">El Tikkun Olam definitivo</h3>



<p>En Jesús, Dios no solo enseña cómo reparar el mundo.<br>Él mismo comienza la reparación desde dentro de la creación.</p>



<p>En la encarnación, Dios entra en el mundo herido.<br>En la cruz, carga con la ruptura del pecado.<br>Y en la resurrección inaugura algo nuevo: la nueva creación.</p>



<p>La historia que comenzó en un jardín marcado por la desobediencia encuentra su punto de inflexión en otro jardín — el del sepulcro vacío, donde comienza la vida nueva.</p>



<p>Lo que ningún ser humano podía reparar por sí mismo, Dios lo comenzó a restaurar desde dentro.</p>



<p>Ese es, en el sentido más profundo, el <strong>Tikkun Olam definitivo</strong>.</p>



<p>No una reparación parcial, ni solo moral, ni solo social.<br>Una restauración radical de la relación entre Dios y la humanidad.</p>



<p>Una restauración que comienza en Cristo y que todavía se despliega en la historia.</p>



<p>Porque el mundo aún espera su plenitud.</p>



<p>Pero la obra ya ha comenzado.</p>



<p>Y cada acto de amor, cada obra de justicia, cada gesto de fidelidad a Dios participa, humildemente, en esa gran reparación que Dios mismo ha iniciado en Cristo.</p>



<p>El Tikkun Olam, finalmente, no es solo una tarea del ser humano.</p>



<p>Es ante todo la obra de Dios.<br>Y nosotros somos invitados a participar en ella.</p>



<p></p>
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		<title>Navidad: aprender a esperar lo inesperado</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Dec 2025 14:48:38 +0000</pubDate>
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<p>Desde el principio de todo, en el Génesis, luego de la caída del ser humano —ese momento decisivo en el que Adán y Eva comen del fruto prohibido por no confiar en Dios—,<strong> Él promete el envío de un salvador, de un Mesías.</strong></p>



<p>Y desde ese momento, <strong>fue preparando a un pueblo, al pueblo de Israel, para que de allí naciera el Mesías.</strong> <br>A través de los patriarcas y de los profetas fue revelándose, y mediante su amor y sus enseñanzas fue <strong>preparando el corazón del pueblo para esta misión esencial.</strong></p>



<p>Y <strong>llegada la plenitud de los tiempos, Dios cumplió sus promesas,</strong> enviando a Jesús, el Mesías, nacido en una familia judía en Belén. Esto es lo que celebramos en cada Navidad, como vimos en el <a href="https://youtu.be/T41M-CDzlBg?si=-uynJu-zeVLmZgjU"><mark style="background-color:rgba(0, 0, 0, 0)" class="has-inline-color has-vivid-cyan-blue-color"><strong>video anterior.</strong></mark></a></p>



<h2 class="wp-block-heading">¿Por qué no todos lo reconocieron?</h2>



<p>Como judía y católica, muchas veces me preguntan <strong>por qué los judíos no creyeron en Jesús como el Mesías.</strong> Esta es una pregunta muy profunda, cuya respuesta abarca muchos planos y merece ser desarrollada con tiempo.</p>



<p>Pero mi primera respuesta suele ser siempre la misma: en realidad, los judíos sí reconocieron a Jesús como el Mesías. María, José, los apóstoles y los cientos de primeros cristianos eran judíos: <strong>judíos que creyeron que Jesús era el Mesías esperado y prometido por Dios.</strong></p>



<p>Es cierto que el judaísmo, en su totalidad, no reconoce a Jesús como el Mesías, por diversos motivos que veremos en otra ocasión.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Un pueblo oprimido, un Mesías esperado</h2>



<p>Ahora bien, si nos situamos en ese momento histórico, en la situación concreta que estaba atravesando el pueblo de Israel, vemos que vivían un tiempo muy difícil: una etapa de profunda opresión bajo el dominio del Imperio Romano.</p>



<p>No todos, pero sí la mayoría de los judíos, esperaba un Mesías que los liberara de esa situación tan desesperante. Un nuevo rey David, un descendiente de David que actuara como un rey fuerte, justo, con gran poder terrenal.</p>



<p>Un Mesías que expulsara a los romanos, restaurara la soberanía de Israel y trajera la paz.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Un Salvador que nadie esperaba</h2>



<p>Y es en ese contexto tan duro que este acontecimiento, anunciado con fuerza por los profetas y esperado por generaciones durante siglos, llegó una noche, en total silencio.</p>



<p>Jamás hubiéramos imaginado que nuestro Salvador vendría en forma de bebé, bajo la condición más vulnerable de todas, y puesto —literalmente— en nuestras manos.</p>



<p>Durante su vida pública, Jesús realizó milagros: curó a los ciegos y a los paralíticos, y resucitó a muertos. Esto también alimentó, para algunos que lo observaban desde cierta distancia, la expectativa de una salvación terrenal. Sin embargo, quienes escuchaban con profundidad su mensaje comenzaban a sospechar que <strong>sus expectativas acerca del Mesías estaban siendo descolocadas.</strong> La lógica de Dios es muy distinta de la nuestra, y Jesús intentó mostrarlo una y otra vez a través de sus acciones y de sus parábolas.</p>



<p><strong>El Mesías tan esperado terminó muerto en la cruz:</strong> la muerte más indigna que podía existir en ese tiempo.</p>



<p>Muchos quedaron desilusionados.<br>Otros comprendieron que el Reino de Dios seguía otros caminos.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Una tensión que sigue viva hoy</h2>



<p>Pero esa tensión no quedó atrapada en el siglo I.<br>Sigue viva hoy, quizá con otros nombres, pero con la misma lógica.</p>



<p><strong>¿Acaso no seguimos esperando un Dios que actúe según nuestras propias expectativas?</strong><br>Que cambie las circunstancias cuando se vuelven difíciles,<br>que quite los problemas,<br>que ordene el mundo,<br>que elimine el dolor?</p>



<p>Queremos un Dios que actúe con inmediatez,<br>que imponga una justicia visible,<br>que restablezca el orden<br>y erradique el mal que existe en el mundo.</p>



<p><strong>Y cuando no lo hace, nos preguntamos si realmente existe, si está allí, si le importa.</strong></p>



<p>¿Y acaso cuando actuamos así, no nos parecemos a quienes estaban al pie de la cruz, diciéndole que, si realmente era el Mesías, se salvara a sí mismo y bajara de ella?</p>



<h2 class="wp-block-heading">La lógica inversa de Dios</h2>



<p>Jesús no bajó de la cruz, aunque podía hacerlo.<br>No porque le faltara poder,<br>sino porque su misión no era evitar el sufrimiento.<br><br>No vino a borrar el dolor del mundo,<br>sino a atravesarlo, a cargarlo, a asumirlo, a transformarlo.<br>No para glorificar el sufrimiento en sí mismo, sino para darle sentido,<br>para mostrar que incluso allí donde todo parece perdido, Dios sigue estando presente,<br><strong>amando hasta el extremo.</strong></p>



<h2 class="wp-block-heading">Aprender a esperar lo inesperado</h2>



<p><strong>En nuestra vida, en general, queremos entender para confiar,</strong><br><strong>pero Dios nos propone la lógica inversa</strong>.<br>Nos pide entrega, confianza, abandono en sus manos; <br>hacernos como niños, confiando en quien nos guía. <br><br>No por su bien, sino por el nuestro, para que vivamos de un modo más pleno.<br>Él no nos pide una confianza ciega: a lo largo de toda la Revelación<br>nos ha dado pruebas tangibles de que Él es digno de nuestra confianza.</p>



<p>Del mismo modo que la llegada del Mesías al mundo, muchas veces los signos de Dios<br> tienen «apariencia de bebé», o son tan pequeños como un grano de mostaza, <br>casi imperceptibles, pero capaces de poner en marcha algo inmenso.<br><br><strong>Ojalá podamos aprender de nuestra historia, dejar de intentar comprenderlo todo </strong><br><strong>y aprender a esperar lo inesperado, a dejarnos sorprender.</strong></p>



<p><strong>Ojalá podamos abandonarnos en Él, soltar los remos de la barca,</strong><br><strong>dejar que Él conduzca y aprender a disfrutar del viaje.</strong></p>



<p></p>
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		<title>Adviento: la espera que puede transformarnos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[luciana]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 11 Dec 2025 18:54:11 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>El Adviento no es solo una preparación para la Navidad. Es una escuela espiritual. Un modo de vivir la vida entera desde la esperanza, la confianza y la promesa. En este video te comparto cómo el Adviento, con sus raíces profundamente bíblicas y también judías, nos enseña a esperar de una forma diferente: no desde [&#8230;]</p>
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<p>El Adviento no es solo una preparación para la Navidad. Es una escuela espiritual. Un modo de vivir la vida entera desde la esperanza, la confianza y la promesa. En este video te comparto cómo el Adviento, con sus raíces profundamente bíblicas y también judías, nos enseña a esperar de una forma diferente: no desde la ansiedad, sino desde la confianza. No desde la pasividad, sino desde la preparación interior.</p>



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		<title>Adviento: la espera que transforma nuestra forma de vivir</title>
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		<dc:creator><![CDATA[luciana]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 08 Dec 2025 19:23:07 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>El Adviento es un tiempo de espera… un momento del año que vuelve una y otra vez.Y cada año nos invita a preguntarnos: ¿cómo vivo esta espera hoy?¿En qué punto de mi camino de confianza me encuentra? Más allá de la Navidad y de todo lo que simboliza, si pensamos en la espera en nuestra [&#8230;]</p>
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<p>El Adviento es un tiempo de espera… un momento del año que vuelve una y otra vez.<br>Y cada año nos invita a preguntarnos: <strong>¿cómo vivo esta espera hoy?</strong><br>¿En qué punto de mi camino de confianza me encuentra?</p>



<p>Más allá de la Navidad y de todo lo que simboliza, si pensamos en la <em>espera</em> en nuestra propia vida, vale hacerse una pregunta sencilla pero profunda:<br><strong>¿Qué estoy esperando?</strong><br>¿Qué estoy esperando que pase para recién ahí avanzar, decidir, animarme…?</p>



<p>Muchas veces nos decimos:<br>“Cuando pase tal cosa, voy a hacer tal otra…”<br>“Cuando se den ciertas condiciones, ahí sí voy a poder…”</p>



<p>Pero ¿por qué esperar?<br>No existe un “momento ideal” donde todo esté perfectamente alineado para cumplir nuestra misión o nuestro propósito.<br>Jesús no llamó a sus apóstoles cuando estaban retirados, tranquilos o con todo resuelto, sino que <strong>irrumpió en medio de sus vidas</strong>, en medio de sus problemas… porque así es la vida.<br>No existe nadie que no tenga dificultades.</p>



<p>La pregunta que podemos hacernos es:<br><strong>¿Cómo atravesamos esos problemas?</strong><br>¿Con enojo, resentimiento o amargura?<br>¿O como parte del camino?</p>



<p>Entendiendo que <strong>no son el fin</strong>, sino solo momentos.<br>Momentos que podemos vivir desde la confianza: sabiendo que Dios quiere lo mejor para nosotros y que sus tiempos son perfectos… aunque muchas veces no nos lo parezcan.</p>



<p>Para caminar mejor en los tiempos difíciles es esencial tener presente <strong>qué esperamos</strong> y <strong>hacia dónde vamos</strong>.<br>Cuando eso está claro, nuestra mirada no se queda detenida en el obstáculo de turno, sino que mira más lejos, hacia adelante, con esperanza.</p>



<p>Y es justamente la esperanza la que nos pone en movimiento.<br>La que nos impide quedarnos estancados en los problemas.<br>La que nos quita el miedo y esas preocupaciones que nos roban la alegría de vivir.<br>Porque la esperanza percibe cosas que la razón, por sí sola, no puede ver.</p>



<p>La filósofa Hannah Arendt escribió:<br><strong>“Las promesas se dan para formar ciertas islas perfectamente delimitadas de previsibilidad en un mar de incertidumbre.”</strong></p>



<p>Es así: del futuro no sabemos nada.<br>La única certeza real es el presente.<br>Las promesas, que siempre miran al futuro, nos dan un punto firme en medio de lo incierto.</p>



<p>Sin embargo, cuando las promesas vienen de personas, siempre queda un pequeño margen de duda: porque no todo depende de su voluntad.<br>En cambio, <strong>cuando la promesa viene de Dios</strong>, ahí sí aparece esa verdadera “isla de previsibilidad” a la que podemos aferrarnos.<br>Y eso no es ingenuo optimismo:<br>es <strong>esperanza fundada en la Palabra de Dios</strong>, que una y otra vez ha demostrado ser digna de fe.</p>



<p>Cuando Dios nos repite:<br><strong>“No temas, yo estaré contigo”</strong>,<br>nos entrega una promesa para sostenernos y caminar sobre ella.<br>Nos da firmeza para apoyar nuestros pasos.</p>



<p>Fue esa Palabra la que hizo que Pedro caminara sobre el agua.<br>En medio de un mar turbulento, pudo fijar la mirada en Jesús y caminar por un sendero firme que lo conducía hacia Él.<br>Pero solo cuando eligió mirarlo y creerle.</p>



<p>La Navidad celebra <strong>el cumplimiento de las promesas de Dios</strong> hechas al Pueblo de Israel durante siglos.<br><strong>Es el cumplimiento del envío del Mesías prometido por Dios</strong> desde el inicio mismo de la historia, desde Génesis 3, pasando por los patriarcas y los profetas.<br>Celebramos que <em>ha nacido un Salvador</em>, y una vez más confirmamos que<strong> la Palabra de Dios es fiel y digna de confianza</strong>.</p>



<p>Entonces, ¿Qué nos quiere enseñar Dios en el Adviento, cada año, celebrando siempre lo mismo?<br>Esperamos la venida de Jesús sabiendo exactamente el día y la hora en que acontecerá…<br>El Adviento nos recuerda la realidad de la espera, pero al mismo tiempo nos revela algo más grande:<br><strong>una espera fundada en la certeza que dan sus promesas, en la fidelidad de Su Palabra.</strong></p>



<p>Dios nos enseña —en ese breve período del año— una pequeña muestra de cómo debemos vivir toda la vida:<br>confiando en que su Palabra es digna de fe, que sus promesas son reales y que se cumplen.</p>



<p>No porque Él necesite que confiemos,<br>sino porque <strong>nosotros</strong> lo necesitamos.<br>Porque eso cambia por completo nuestro modo de vivir y de enfrentar lo que nos pasa.</p>



<p>Por eso Dios nos “<strong>entrena</strong>” año tras año.<br>Para que podamos<strong> trasladar esta experiencia a toda nuestra vida:</strong><br>vivir siempre como en un Adviento, en movimiento, con la mirada puesta en una promesa segura, en una Palabra firme que se cumple.</p>



<p>Creer y confiar en esa Palabra que nos dice:<br><strong>“Alégrate, yo ya he vencido al mundo.”</strong><br>y que una y otra vez nos repite:<br><strong>“No temas, yo estoy contigo.”</strong></p>



<p></p>



<p></p>
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		<title>Video: ¿Se puede ser judío y creer en Jesús?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[luciana]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 13 Oct 2025 22:41:29 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>En este video hablo sobre una pregunta clave: ¿Se puede ser judío y creer en Jesús? O&#8230;¿Se puede creer en Jesús y seguir siendo judío ? Según muchas perspectivas religiosas, creer en Jesús implicaría renunciar al judaísmo. Pero ¿y si fuese posible conjugar ambas realidades de fe? En este video lo explico brevemente:</p>
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<p>En este video hablo sobre una pregunta clave:<strong> ¿Se puede ser judío y creer en Jesús? O&#8230;¿Se puede creer en Jesús y seguir siendo judío ? </strong>Según muchas perspectivas religiosas, creer en Jesús implicaría renunciar al judaísmo. Pero ¿y si fuese posible conjugar ambas realidades de fe? En este video lo explico brevemente:</p>



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