Profecias archivos - Judia & Catolica https://judiaycatolica.com/category/profecias/ Mi Camino Personal y Reflexiones sobre ser Judia y Católica, al mismo tiempo. E intentando hacer Visible algo de lo Invisible Thu, 18 Dec 2025 18:57:05 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.3 https://judiaycatolica.com/wp-content/uploads/2023/11/cruzymagendavid-150x150.jpg Profecias archivos - Judia & Catolica https://judiaycatolica.com/category/profecias/ 32 32 Navidad: aprender a esperar lo inesperado https://judiaycatolica.com/navidad-aprender-a-esperar-lo-inesperado/ https://judiaycatolica.com/navidad-aprender-a-esperar-lo-inesperado/#respond Thu, 18 Dec 2025 14:48:38 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3596 Desde el principio de todo, en el Génesis, luego de la caída del ser humano —ese momento decisivo en el que Adán y Eva comen del fruto prohibido por no confiar en Dios—, Él promete el envío de un salvador, de un Mesías. Y desde ese momento, fue preparando a un pueblo, al pueblo de […]

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Desde el principio de todo, en el Génesis, luego de la caída del ser humano —ese momento decisivo en el que Adán y Eva comen del fruto prohibido por no confiar en Dios—, Él promete el envío de un salvador, de un Mesías.

Y desde ese momento, fue preparando a un pueblo, al pueblo de Israel, para que de allí naciera el Mesías.
A través de los patriarcas y de los profetas fue revelándose, y mediante su amor y sus enseñanzas fue preparando el corazón del pueblo para esta misión esencial.

Y llegada la plenitud de los tiempos, Dios cumplió sus promesas, enviando a Jesús, el Mesías, nacido en una familia judía en Belén. Esto es lo que celebramos en cada Navidad, como vimos en el video anterior.

¿Por qué no todos lo reconocieron?

Como judía y católica, muchas veces me preguntan por qué los judíos no creyeron en Jesús como el Mesías. Esta es una pregunta muy profunda, cuya respuesta abarca muchos planos y merece ser desarrollada con tiempo.

Pero mi primera respuesta suele ser siempre la misma: en realidad, los judíos sí reconocieron a Jesús como el Mesías. María, José, los apóstoles y los cientos de primeros cristianos eran judíos: judíos que creyeron que Jesús era el Mesías esperado y prometido por Dios.

Es cierto que el judaísmo, en su totalidad, no reconoce a Jesús como el Mesías, por diversos motivos que veremos en otra ocasión.

Un pueblo oprimido, un Mesías esperado

Ahora bien, si nos situamos en ese momento histórico, en la situación concreta que estaba atravesando el pueblo de Israel, vemos que vivían un tiempo muy difícil: una etapa de profunda opresión bajo el dominio del Imperio Romano.

No todos, pero sí la mayoría de los judíos, esperaba un Mesías que los liberara de esa situación tan desesperante. Un nuevo rey David, un descendiente de David que actuara como un rey fuerte, justo, con gran poder terrenal.

Un Mesías que expulsara a los romanos, restaurara la soberanía de Israel y trajera la paz.

Un Salvador que nadie esperaba

Y es en ese contexto tan duro que este acontecimiento, anunciado con fuerza por los profetas y esperado por generaciones durante siglos, llegó una noche, en total silencio.

Jamás hubiéramos imaginado que nuestro Salvador vendría en forma de bebé, bajo la condición más vulnerable de todas, y puesto —literalmente— en nuestras manos.

Durante su vida pública, Jesús realizó milagros: curó a los ciegos y a los paralíticos, y resucitó a muertos. Esto también alimentó, para algunos que lo observaban desde cierta distancia, la expectativa de una salvación terrenal. Sin embargo, quienes escuchaban con profundidad su mensaje comenzaban a sospechar que sus expectativas acerca del Mesías estaban siendo descolocadas. La lógica de Dios es muy distinta de la nuestra, y Jesús intentó mostrarlo una y otra vez a través de sus acciones y de sus parábolas.

El Mesías tan esperado terminó muerto en la cruz: la muerte más indigna que podía existir en ese tiempo.

Muchos quedaron desilusionados.
Otros comprendieron que el Reino de Dios seguía otros caminos.

Una tensión que sigue viva hoy

Pero esa tensión no quedó atrapada en el siglo I.
Sigue viva hoy, quizá con otros nombres, pero con la misma lógica.

¿Acaso no seguimos esperando un Dios que actúe según nuestras propias expectativas?
Que cambie las circunstancias cuando se vuelven difíciles,
que quite los problemas,
que ordene el mundo,
que elimine el dolor?

Queremos un Dios que actúe con inmediatez,
que imponga una justicia visible,
que restablezca el orden
y erradique el mal que existe en el mundo.

Y cuando no lo hace, nos preguntamos si realmente existe, si está allí, si le importa.

¿Y acaso cuando actuamos así, no nos parecemos a quienes estaban al pie de la cruz, diciéndole que, si realmente era el Mesías, se salvara a sí mismo y bajara de ella?

La lógica inversa de Dios

Jesús no bajó de la cruz, aunque podía hacerlo.
No porque le faltara poder,
sino porque su misión no era evitar el sufrimiento.

No vino a borrar el dolor del mundo,
sino a atravesarlo, a cargarlo, a asumirlo, a transformarlo.
No para glorificar el sufrimiento en sí mismo, sino para darle sentido,
para mostrar que incluso allí donde todo parece perdido, Dios sigue estando presente,
amando hasta el extremo.

Aprender a esperar lo inesperado

En nuestra vida, en general, queremos entender para confiar,
pero Dios nos propone la lógica inversa.
Nos pide entrega, confianza, abandono en sus manos;
hacernos como niños, confiando en quien nos guía.

No por su bien, sino por el nuestro, para que vivamos de un modo más pleno.
Él no nos pide una confianza ciega: a lo largo de toda la Revelación
nos ha dado pruebas tangibles de que Él es digno de nuestra confianza.

Del mismo modo que la llegada del Mesías al mundo, muchas veces los signos de Dios
tienen «apariencia de bebé», o son tan pequeños como un grano de mostaza,
casi imperceptibles, pero capaces de poner en marcha algo inmenso.

Ojalá podamos aprender de nuestra historia, dejar de intentar comprenderlo todo
y aprender a esperar lo inesperado, a dejarnos sorprender.

Ojalá podamos abandonarnos en Él, soltar los remos de la barca,
dejar que Él conduzca y aprender a disfrutar del viaje.

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Adviento: la espera que transforma nuestra forma de vivir https://judiaycatolica.com/adviento-la-espera-que-transforma-nuestra-forma-de-vivir/ https://judiaycatolica.com/adviento-la-espera-que-transforma-nuestra-forma-de-vivir/#respond Mon, 08 Dec 2025 19:23:07 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3582 El Adviento es un tiempo de espera… un momento del año que vuelve una y otra vez.Y cada año nos invita a preguntarnos: ¿cómo vivo esta espera hoy?¿En qué punto de mi camino de confianza me encuentra? Más allá de la Navidad y de todo lo que simboliza, si pensamos en la espera en nuestra […]

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El Adviento es un tiempo de espera… un momento del año que vuelve una y otra vez.
Y cada año nos invita a preguntarnos: ¿cómo vivo esta espera hoy?
¿En qué punto de mi camino de confianza me encuentra?

Más allá de la Navidad y de todo lo que simboliza, si pensamos en la espera en nuestra propia vida, vale hacerse una pregunta sencilla pero profunda:
¿Qué estoy esperando?
¿Qué estoy esperando que pase para recién ahí avanzar, decidir, animarme…?

Muchas veces nos decimos:
“Cuando pase tal cosa, voy a hacer tal otra…”
“Cuando se den ciertas condiciones, ahí sí voy a poder…”

Pero ¿por qué esperar?
No existe un “momento ideal” donde todo esté perfectamente alineado para cumplir nuestra misión o nuestro propósito.
Jesús no llamó a sus apóstoles cuando estaban retirados, tranquilos o con todo resuelto, sino que irrumpió en medio de sus vidas, en medio de sus problemas… porque así es la vida.
No existe nadie que no tenga dificultades.

La pregunta que podemos hacernos es:
¿Cómo atravesamos esos problemas?
¿Con enojo, resentimiento o amargura?
¿O como parte del camino?

Entendiendo que no son el fin, sino solo momentos.
Momentos que podemos vivir desde la confianza: sabiendo que Dios quiere lo mejor para nosotros y que sus tiempos son perfectos… aunque muchas veces no nos lo parezcan.

Para caminar mejor en los tiempos difíciles es esencial tener presente qué esperamos y hacia dónde vamos.
Cuando eso está claro, nuestra mirada no se queda detenida en el obstáculo de turno, sino que mira más lejos, hacia adelante, con esperanza.

Y es justamente la esperanza la que nos pone en movimiento.
La que nos impide quedarnos estancados en los problemas.
La que nos quita el miedo y esas preocupaciones que nos roban la alegría de vivir.
Porque la esperanza percibe cosas que la razón, por sí sola, no puede ver.

La filósofa Hannah Arendt escribió:
“Las promesas se dan para formar ciertas islas perfectamente delimitadas de previsibilidad en un mar de incertidumbre.”

Es así: del futuro no sabemos nada.
La única certeza real es el presente.
Las promesas, que siempre miran al futuro, nos dan un punto firme en medio de lo incierto.

Sin embargo, cuando las promesas vienen de personas, siempre queda un pequeño margen de duda: porque no todo depende de su voluntad.
En cambio, cuando la promesa viene de Dios, ahí sí aparece esa verdadera “isla de previsibilidad” a la que podemos aferrarnos.
Y eso no es ingenuo optimismo:
es esperanza fundada en la Palabra de Dios, que una y otra vez ha demostrado ser digna de fe.

Cuando Dios nos repite:
“No temas, yo estaré contigo”,
nos entrega una promesa para sostenernos y caminar sobre ella.
Nos da firmeza para apoyar nuestros pasos.

Fue esa Palabra la que hizo que Pedro caminara sobre el agua.
En medio de un mar turbulento, pudo fijar la mirada en Jesús y caminar por un sendero firme que lo conducía hacia Él.
Pero solo cuando eligió mirarlo y creerle.

La Navidad celebra el cumplimiento de las promesas de Dios hechas al Pueblo de Israel durante siglos.
Es el cumplimiento del envío del Mesías prometido por Dios desde el inicio mismo de la historia, desde Génesis 3, pasando por los patriarcas y los profetas.
Celebramos que ha nacido un Salvador, y una vez más confirmamos que la Palabra de Dios es fiel y digna de confianza.

Entonces, ¿Qué nos quiere enseñar Dios en el Adviento, cada año, celebrando siempre lo mismo?
Esperamos la venida de Jesús sabiendo exactamente el día y la hora en que acontecerá…
El Adviento nos recuerda la realidad de la espera, pero al mismo tiempo nos revela algo más grande:
una espera fundada en la certeza que dan sus promesas, en la fidelidad de Su Palabra.

Dios nos enseña —en ese breve período del año— una pequeña muestra de cómo debemos vivir toda la vida:
confiando en que su Palabra es digna de fe, que sus promesas son reales y que se cumplen.

No porque Él necesite que confiemos,
sino porque nosotros lo necesitamos.
Porque eso cambia por completo nuestro modo de vivir y de enfrentar lo que nos pasa.

Por eso Dios nos “entrena” año tras año.
Para que podamos trasladar esta experiencia a toda nuestra vida:
vivir siempre como en un Adviento, en movimiento, con la mirada puesta en una promesa segura, en una Palabra firme que se cumple.

Creer y confiar en esa Palabra que nos dice:
“Alégrate, yo ya he vencido al mundo.”
y que una y otra vez nos repite:
“No temas, yo estoy contigo.”

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Los orígenes judíos de la fiesta de Pentecostés https://judiaycatolica.com/los-origenes-judios-de-la-fiesta-de-pentecostes/ https://judiaycatolica.com/los-origenes-judios-de-la-fiesta-de-pentecostes/#comments Sat, 18 May 2024 17:01:51 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3287 Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron […]

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Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse. Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua…” (Hch 2.1-6)

La lectura de los Hechos de los Apóstoles nos dice «Al llegar el día de Pentecostés,»… pero ¿Cómo Pentecostés si aún no había descendido el Espíritu Santo sobre los apóstoles?

«Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo», porque estaban allí en Jerusalén, peregrinando por unas de las tres fiestas principales del judaísmo, Pentecostés, o Shavuot, en su nombre en hebreo.

La fiesta de Pentecostés ya existía en el judaísmo, y lo que ocurre en este día tan particular, como nos relata esta lectura donde «Todos quedaron llenos del Espíritu Santo» pone de manifiesto una vez más la afirmación de Jesús acerca de que no vino a abolir ni la ley ni los profetas, sino a llevarlas a su plenitud.

Y esta fiesta lo refleja de formas maravillosas y es lo que vamos a ver en este artículo hoy.

Pentecostés, la fiesta de las semanas.

El nombre de esta festividad, Shavuot, viene de la palabra Shavuá que quiere decir “semana”. Sería la fiesta de las semanas, ya que se celebra 7 semanas después de la Pascua Judía. Estas 7 semanas se comienzan a contar al día siguiente de la Pascua judía, de modo que son 50 días después. Y por eso se la designa como pentecostés (proveniente del griego πεντηκοστή, (pentecosté), que significa ‘quincuagésimo’).

Esta fiesta tiene varios significados. Uno de ellos es agrícola, ya que corresponde a la época del año en la cual en Israel se recogen los primeros frutos. Y éstos eran consagrados al Templo como símbolo de agradecimiento a Dios y demostración de confianza en su providencia. Es por esto que la festividad también es llamada la Fiesta de las Primicias.  (Lv. 23: 9-32 , Dt. 16:9-12)

Otro de sus significados, es que se conmemora la entrega de la Torá (Las tablas de la Ley) por parte de Dios a Moisés, en el Monte Sinaí 50 días después de haber sido liberados de la esclavitud en Egipto. Y a partir de ese evento se establece la ALIANZA de Dios con su pueblo. “Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo (Ex 6.7). (EX.19)

De este intercambio de juramentos como parte de los «compromisos de la Alianza», viene el tercer significado que se le atribuye a esta festividad: Shvuá, que quiere decir juramento en hebreo. Uno de los juramentos fue el del pueblo de Israel de cumplir con los mandamientos y el otro fue el de Dios, quien al dar la Torá al pueblo de Israel juró que iba a ser su pueblo elegido y no iba a cambiarlo nunca. No importa lo que nosotros hagamos, el juramento de Dios nos unió más allá de todo. Es una alianza, no un contrato y las alianzas son permanentes. Dios no cambia su promesa, a pesar de que nosotros no cumplamos lo que prometemos: su amor es gratuito, incondicional y eterno. 

La plenitud de Pentecostés en las profecías

Las profecías de Jeremías y Ezequiel son muy claras y realmente brillan si las analizamos a la luz de estos eventos. Comencemos por el profeta Jeremías:

Llegarán los días –oráculo del Señor– en que estableceré una nueva Alianza con la casa de Israel y la casa de Judá. No será como la Alianza que establecí con sus padres el día en que los tomé de la mano para hacerlos salir del país de Egipto, mi Alianza que ellos rompieron, aunque yo era su dueño –oráculo del Señor. Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo del Señor–: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo. (Jr. 31.31-33)

Y Ezequiel dice lo siguiente, siglos antes de la venida del Espíritu Santo en pentecostés, aunque parecería que está describiendo el evento como si lo estuviera viendo:

Yo los tomaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los países y los llevaré a su propio suelo. Los rociaré con agua pura, y ustedes quedarán purificados. Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes. Ustedes habitarán en la tierra que yo he dado a sus padres. Ustedes serán mi Pueblo y yo seré su Dios. » (Eze.36.24-28)

Estos pasajes son clave para entender lo ocurrido con los apóstoles el día de pentecostés. Y tal cual como lo describe Ezequiel, estaban todos reunidos de entre todos los países, en el propio suelo, en Jerusalén. Y fueron infundidos con el Espíritu de Dios.

50 días después de la Pascua de Cristo, ocurre este maravilloso acontecimiento, donde tal como lo había anunciado Jesús en la última cena,  desciende el Espíritu Santo sobre la comunidad, y son infundidos con Él y así Dios pone su Ley dentro de ellos, escrita en sus corazones. La ley del amor que los lleva a ellos y hoy a nosotros, a cumplir lo que él nos pide, que observemos y practiquemos sus leyes, no como causa, sino como consecuencia de este amor.

«…Como yo los he amado«

Durante la última cena Jesús les dio a sus discípulos un mandamiento nuevo:

«...ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros». (Jn.13.34-35)

La novedad del mandamiento no era el amarse los unos a los otros, esto ya existía desde la primer alianza. (Ver Levítico cap.19). El mandamiento nuevo fue: «como yo los he amado». Y para poder amar de este modo, con Su AMOR, necesitamos tenerlo primero dentro nuestro. Y es a través del Espíritu Santo que somos capaces de hacerlo, del mismo modo que podemos amar a nuestros enemigos. No es con nuestra voluntad o esfuerzo, sino como consecuencia del Don puro y gratuito de Dios, que ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo. (Rm.5.5)

Los primeros frutos y el nacimiento de la Iglesia. 

A partir del día de Pentecostés, del mismo modo que se celebraba la cosecha de los primeros frutos en el judaísmo, también nacen los primeros frutos de la Iglesia de Cristo.

Nace Su Iglesia y es ella el Templo de Dios. La gloria de Dios habita en cada una de las personas que son receptoras del Espíritu Santo y capaces de actuar como templo del mismo, como “piedras vivas del templo”.  (1 Pe 2.5)

«Porque nosotros somos el templo del Dios viviente, como lo dijo el mismo Dios: Yo habitaré y caminaré en medio de ellos; seré su Dios y ellos serán mi Pueblo.» 2 CO 6:16

Que en esta fiesta, y siempre, el Espíritu Santo encuentre en nosotros un lugar para habitar y permanecer en nosotros y que nos ayude a amar como Él nos ha amado y a poder reflejar algo de su extraordinario Amor.

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Pentecostés y sus raíces judias https://judiaycatolica.com/pentecostes-y-sus-raices-judias/ https://judiaycatolica.com/pentecostes-y-sus-raices-judias/#comments Sun, 17 May 2020 19:38:48 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=2622 En este video vamos a recorrer la fiesta judía de Shavuot, «Pentecoestés judío», para conocer en profundidad los significados tan hermosos que tiene la fiesta de Pentecostés cristiano. Asimismo, veremos en detalle cuáles son los acontecimientos y la alianza que se relata en el Libro del Éxodo que este evento, el del envío del Espíritu […]

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En este video vamos a recorrer la fiesta judía de Shavuot, «Pentecoestés judío», para conocer en profundidad los significados tan hermosos que tiene la fiesta de Pentecostés cristiano. Asimismo, veremos en detalle cuáles son los acontecimientos y la alianza que se relata en el Libro del Éxodo que este evento, el del envío del Espíritu Santo en Pentecostés, lleva a su Plenitud.

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Las raíces judías de Pentecostés https://judiaycatolica.com/las-raices-judias-de-pentecostes/ https://judiaycatolica.com/las-raices-judias-de-pentecostes/#comments Thu, 10 May 2018 16:36:19 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=693 Las festividades judías son una forma de catequizar a la comunidad, de enseñarle su historia. Y éstas no sólo apuntan a recordar hechos del pasado o a nutrir el presente, sino que a la vez son signos que son llevados a su plenitud en los tiempos mesiánicos. Esto es lo que veremos en este artículo, […]

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Las festividades judías son una forma de catequizar a la comunidad, de enseñarle su historia. Y éstas no sólo apuntan a recordar hechos del pasado o a nutrir el presente, sino que a la vez son signos que son llevados a su plenitud en los tiempos mesiánicos.

Esto es lo que veremos en este artículo, con la fiesta de Pentecostés, que refleja de formas maravillosas y claras cómo Jesús no vino a abolir ni la ley ni los profetas, sino a llevarlas a su plenitud.

La festividad de Pentecostés existía antes de la venida del Espíritu Santo a los apóstoles. Lo leemos en los hechos de los apóstoles y quizás, sin conocer el judaísmo, este dato pasa desapercibido:

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse. Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua…” (Hch 2.1-6)

En este relato se dice que estaban todos reunidos en Jerusalén, de todas las naciones. Y estaban allí precisamente porque estaban celebrando mediante una peregrinación al Templo, la fiesta de Shavuot (Pentecostés).

El nombre de esta festividad, Shavuot, viene de la palabra Shavuá que quiere decir “semana”. Sería la fiesta de las semanas, ya que se celebra 7 semanas después de la Pascua Judía. Estas 7 semanas se comienzan a contar al día siguiente de la Pascua judía, de modo que son 50 días después. Y por eso se la designa como pentecostés (proveniente del griego πεντηκοστή, (pentecosté), que significa ‘quincuagésimo’).

Esta fiesta tiene varios significados. Uno de ellos es agrícola: corresponde a la época del año en la cual en Israel se recogen los primeros frutos. Y éstos eran consagrados al Templo de Jerusalén como símbolo de agradecimiento a Dios y demostración de confianza en su providencia.  Es por esto que la festividad también es llamada la Fiesta de las Primicias.  (El libro de Levítico, 23: 9-32 y el Deuteronomio 16:9-12, relatan la instauración de la festividad y el modo en que debía celebrarse la ceremonia.)

Otro de sus significados, y el de mayor importancia en su relación con Pentecostés Cristiano, es que se conmemora la entrega de la Torá (Las tablas de la Ley) por parte de Dios a Moisés, en el Monte Sinaí. Y a partir de ese evento se establece la alianza de Dios con su pueblo. “Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo” (Ex 6.7).

De este intercambio de juramentos como parte de los «compromisos de la Alianza», viene otro de los significados que se le atribuye a esta festividad Shavuot, (Shvuá quiere decir juramento en hebreo). Uno de los juramentos fue el del pueblo de Israel de cumplir con los mandatos de la Torá y el otro fue el de Dios, quien al dar la Torá al pueblo de Israel juró que iba a ser su pueblo elegido y no iba a cambiarlo nunca. No importa lo que nosotros hagamos, el juramento de Dios nos unió más allá de todo. Es una alianza, no un contrato, las alianzas son permanentes. Dios no cambia su promesa, a pesar de que nosotros no cumplamos lo que prometemos.

Y esto se ve claramente demostrado sólo 40 días después, cuando el pueblo de Israel cae en la idolatría construyendo el becerro de oro y rompiendo el propio juramento que ellos hicieron días atrás. Sin embargo, Dios no los abandonó jamás.

La ley y La Gracia

¿Por qué ocurrió esto y todas las traiciones e incumplimientos de esta alianza por parte del pueblo de Israel, a lo largo de toda la historia de la salvación?

Un acercamiento al tema tiene la siguiente propuesta: la primera ley no se podía cumplir por sí solos, sin la gracia de Dios, sin el Espíritu Santo que Dios envía en Pentecostés. Y quizás podemos preguntarnos, ¿Cómo es esto posible? ¿Por qué Dios nos va a dar una ley que no podamos cumplir? ¿Acaso está jugando con nosotros? ¿O hay en realidad un significado mucho más profundo que quiere enseñarnos? Claro que sí. Dios no quiere que seamos soberbios y pensemos que por nuestra cuenta todo lo podemos. Quiere que lo busquemos, que pidamos su ayuda, que busquemos su participación en nuestra historia.

Los israelitas sí querían cumplir la ley, porque el amor a Dios siempre fue grande por parte de este pueblo, pero no podían hacerlo, no tenían la capacidad de cumplirla sin el espíritu. Pero no se daban cuenta que lo necesitaban y por eso no lo pedían: “Ustedes no tienen, porque no piden.” (Santiago 4.2). La ley fue dada para que busquemos la gracia de cumplirla.

En el antiguo testamento, la ley fue dada, escrita en piedra. Una piedra tan dura “como la dureza de nuestros corazones” (Mt. 19.8). En cambio, bajo la nueva alianza que vino a traer Jesús, la ley fue escrita directo en nuestros corazones (Jeremías 31)  con el “espíritu de Dios”. Como bien lo describe San Pablo: “Evidentemente ustedes son una carta que Cristo escribió por intermedio nuestro, no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente, no en tablas de piedra, sino de carne, es decir, en los corazones.” (2 Co 3,3 ).

Y esto se dio a la vez para que podamos, con esta gracia, cumplir la ley  que fue dada en primera instancia, y que aun sigue vigente. Porque Jesús no vino a abolir ni una i ni una coma de ella. (Mt.5.17)

Los profetas lo profetizaron

Las profecías de Jeremías y Ezequiel son muy claras y realmente brillan si las analizamos a la luz de estos eventos. Comencemos por el profeta Jeremías:

Llegarán los días –oráculo del Señor– en que estableceré una nueva Alianza con la casa de Israel y la casa de Judá. No será como la Alianza que establecí con sus padres el día en que los tomé de la mano para hacerlos salir del país de Egipto, mi Alianza que ellos rompieron, aunque yo era su dueño –oráculo del Señor. Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo del Señor–: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo. (Jr. 31.31-33)

Y Ezequiel dice lo siguiente, siglos antes de la venida del Espíritu Santo en pentecostés, aunque parecería que está describiendo el evento como si lo estuviera viendo:

Yo los tomaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los países y los llevaré a su propio suelo. Los rociaré con agua pura, y ustedes quedarán purificados. Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes. Ustedes habitarán en la tierra que yo he dado a sus padres. Ustedes serán mi Pueblo y yo seré su Dios. » (Eze.36.24-28)

Estos pasajes son claves para entender lo ocurrido con los apóstoles el día de pentecostés.  En esta nueva alianza, este nuevo éxodo, Dios no iba a darles simplemente la ley, sino Su Espíritu para que fueran capaces de cumplirla.

El evangelista Lucas claramente ve esta relación que hay entre la ley dada a Moisés, y la venida del Espíritu Santo. En su descripción de los hechos, se encuentran muchísimos paralelos entre lo ocurrido el día de la entrega de la ley en el Monte Sinaí y lo ocurrido en el día de Pentecostés. Vamos a mencionar sólo algunos, que a la vez son analizados por muchos de los padres de la Iglesia como San Jerónimo, San Atanasio y San Agustín, entre otros.

En el libro del Éxodo 19.16-19 leemos acerca de la teofanía en el Sinaí, que ocurre con un sonido fuerte “truenos y relámpagos, una densa nube cubrió la montaña y se oyó un fuerte sonido de trompeta”. En el capítulo 2 de Hechos, Lucas describe: “De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban.” 

En el Éxodo, Dios descendió en forma de fuego “La montaña del Sinaí estaba cubierta de humo, porque el Señor había bajado a ella en el fuego. El humo se elevaba como el de un horno, y toda la montaña temblaba violentamente”. En Hechos leemos: “Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos.”

Del mismo modo que “El Señor bajó a la montaña del Sinaí, a la cumbre de la montaña”, en Pentecostés Dios desciende al Monte Sión, donde estaba el cuarto en el que estaban reunidos los apóstoles, en forma de fuego.

Por último, Lucas nos cuenta que ese día “3.000 almas” se unieron a la comunidad cristiana luego de escuchar las palabras de Pedro. Y esto equilibra lo ocurrido en el Éxodo, cuando luego de haber adorado al becerro de oro, 3.000 personas mueren en manos de los Levitas (Ex.32.28) .

Estos signos externos, apuntan a algo aún mucho más profundo. La primera ley dada era externa, la segunda interna y celestial. La primera humana, la otra divina, que nos da la capacidad de cumplir la primera. Y ya no por miedo a ser castigados si no lo hacemos, sino como una respuesta de amor , de entrega, de confianza a un Dios que sentimos desde lo mas profundo de nuestro ser. 

«La observancia de la ley ya no es la causa, sino el efecto de la justificación«. (P.Raniero Cantalamessa)

A partir del día de Pentecostés, nace la Iglesia, y ésta se vuelve el templo de Dios. Ya Dios no habita más en el Templo de Jerusalén. Ni siquiera el velo del Santo de los Santos, que separaba a Dios de los hombres, a lo sagrado de lo profano, está entero.  Éste se ha quebrado y ahora la gloria de Dios habita en cada una de las personas que son receptoras del Espíritu Santo y capaces de actuar como templo del mismo, como “piedras vivas del templo”.  (1 Pe 2.5)

«Porque nosotros somos el templo del Dios viviente, como lo dijo el mismo Dios: Yo habitaré y caminaré en medio de ellos; seré su Dios y ellos serán mi Pueblo.» 2 CO 6:16

Y así como el pueblo de Israel necesitaba del Espíritu, de la gracia, para poder cumplir la ley y transmitirla, nosotros también lo necesitamos. Y para eso tenemos individualmente nuestro propio Pentecostés, que es el sacramento de la Confirmación, “a fin de que no vivamos ya para nosotros mismos, sino para Él, que por nosotros murió y resucitó” (Plegaria Eucarística IV).

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