Judia & Catolica https://judiaycatolica.com/ Mi Camino Personal y Reflexiones sobre ser Judia y Católica, al mismo tiempo. E intentando hacer Visible algo de lo Invisible Thu, 02 Apr 2026 14:26:39 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.5 https://judiaycatolica.com/wp-content/uploads/2023/11/cruzymagendavid-150x150.jpg Judia & Catolica https://judiaycatolica.com/ 32 32 ¿Quién mató a Jesús? La pregunta que nos aleja del verdadero sentido https://judiaycatolica.com/quien-mato-a-jesus-la-pregunta-que-nos-aleja-del-verdadero-sentido/ https://judiaycatolica.com/quien-mato-a-jesus-la-pregunta-que-nos-aleja-del-verdadero-sentido/#respond Thu, 02 Apr 2026 14:26:38 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3669 Muchas veces, en las series o películas, cuando alguien es atacado y queda inconsciente, todo gira en torno a una pregunta:¿quién fue? La tensión está en descubrir al culpable. En el caso de Jesús es diferente, ya que su muerte fue una cuestión pública. Sin embargo, aún parece un misterio sin respuestas claras y directas.¿Quién […]

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Muchas veces, en las series o películas, cuando alguien es atacado y queda inconsciente, todo gira en torno a una pregunta:
¿quién fue?

La tensión está en descubrir al culpable.

En el caso de Jesús es diferente, ya que su muerte fue una cuestión pública. Sin embargo, aún parece un misterio sin respuestas claras y directas.
¿Quién mató a Jesús?
¿Fueron los judíos?
¿Fueron los Romanos?
¿Fue la humanidad?

Y si lo tuviésemos a Jesús frente nuestro y le preguntáramos:
¿Quién te ha matado?

La respuesta de Jesús

Tal vez su respuesta no iría en la dirección que esperamos:

El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla. Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre (Juan 10.17)

Ésta es su respuesta, éstas son sus palabras.

Y entonces, cuando entramos en esta discusión acerca de quién lo mató,
¿no actuamos como si fuésemos las personas debajo de la cruz de Jesús cuando le decían
sálvate a tí mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!”.(Mt.27.40)?

Porque, en el fondo, esa exigencia también buscaba una respuesta clara, visible, contundente.
Un signo que encaje con nuestra lógica.
Un Mesías que actúe como nosotros esperamos.

Pero la cruz no responde a esa lógica.

Jesús no baja.
No se defiende.
No señala culpables.

Se queda.

Y al quedarnos nosotros en la pregunta por “quién fue”,
corremos el riesgo de hacer lo mismo que aquellos que estaban allí:
mirar la escena sin comprenderla,
esperar otra cosa,
perder de vista lo que realmente está sucediendo.

¿No estaremos, entonces, perdiendo de vista el verdadero sentido de su venida?

Un Mesías que no esperábamos

Nos cuesta entenderlo.

La lógica de Dios es muy diferente a la nuestra. De esperar un Mesías poderoso, un nuevo Rey David, lleno de gloria y dominio, recibimos un mesías hijo de un carpintero, montado en un burro, humillado, torturado, crucificado, “escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1 Co 1.23).

Y tratando de encontrar respuestas, muchas veces las buscamos en los lugares equivocados.

La tentación de buscar culpables

En lugar de poner la mirada en el por qué o el para qué, nos ponemos del lado de los acusadores.

Buscamos a un culpable.
A alguien a quien señalar.
Un “chivo expiatorio” donde centrar nuestra mirada de forma exterior, evitando el cuestionamiento interior.

Pero la fe nos invita a ir más profundo.

El designio de Dios

El mismo Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) dice:

“La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica san Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: «Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios» (Hch 2, 23).” (CIC, 598)

“Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10; cf. Jn 4, 19).” (CIC, 604)

“Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, «los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1) porque «nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: «Nadie me quita [la vida]; yo la doy voluntariamente» (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando Él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53).” (CIC, 609)

Una herida histórica

Y entonces, si es tan claro…
¿por qué durante tanto tiempo se culpó a los judíos de la muerte de Jesús?

¿Por qué tantos crecieron escuchando que “los judíos mataron a Jesús”?

Como lamentablemente pasa en muchos otros aspectos, siempre hay malas interpretaciones de los hechos y también de las Sagradas Escrituras.

Sólo la lectura fundamentalista y literal de los textos de los evangelios permite a ciertas personas sostener aun hoy tal acusación.

Pero gracias a Dios que la Iglesia reiteradamente ha clarificado este tema y el Concilio Vaticano II lo dejó muy claro también.

La aclaración de la Iglesia

La Declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticano II iniciado por Juan XXIII afirma que «no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían ni a los judíos de hoy» desligando de esta forma la responsabilidad colectiva de los judíos en la muerte de Jesús.

Asimismo, en el libro ‘Jesús de Nazaret, el Papa Benedicto XVI exoneró a los judíos por la muerte de Jesús. Entre muchas otras cosas dice:

“San Pablo insiste en este sentido de que Jesús da la vida por nosotros, por amor a nosotros: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella» (Ef 5, 25); «Cristo murió por todos cuando todos estaban muertos» (2 Cor 5, 4); «uno murió por todos» (cfr p.e., Rom 5, 6. 8; 8, 32; 14, 15; 1 Cor 11, 24; Gal 2, 20;1 Tim 2, 6; Tit 2, 14). Esta entrega por nosotros no significa otra cosa sino que Cristo «nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio de suave olor» (Ef 5, 2). En Hebreos, la muerte de Cristo, «más valiosa que todos los sacrificios», sustituye a todos los anteriores sacrificios y es suficiente ella sola para purificar las conciencias de todos los hombres (cfr Hebr 9, 11-28).”

El Siervo sufriente

Son muchos más los textos que hablan de la muerte de Cristo como sacrificio. En realidad estas afirmaciones se encuentran ya en los primeros escritos del Nuevo Testamento y están ligadas a lo que Jesús dijo en torno a la entrega de su vida, al aplicarse a sí mismo los sufrimientos del Siervo del Libro de Isaías:

“¿Quién creyó lo que nosotros hemos oído y a quién se le reveló el brazo del Señor? El creció como un retoño en su presencia, como una raíz que brota de una tierra árida, sin forma ni hermosura que atrajera nuestras miradas, sin un aspecto que pudiera agradarnos. Despreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada. Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados. Todos andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, y el Señor hizo recaer sobre él las iniquidades de todos nosotros. Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca. Fue detenido y juzgado injustamente, y ¿quién se preocupó de su suerte? Porque fue arrancado de la tierra de los vivientes y golpeado por las rebeldías de mi pueblo. Se le dio un sepulcro con los malhechores y una tumba con los impíos, aunque no había cometido violencia ni había engaño en su boca. El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento. Si ofrece su vida en sacrificio de reparación, verá su descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él. A causa de tantas fatigas, él verá la luz y, al saberlo, quedará saciado. Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos. Por eso le daré una parte entre los grandes y él repartirá el botín junto con los poderosos. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los culpables, siendo así que llevaba el pecado de muchos e intercedía en favor de los culpables.” (Isaías 53)

Un nuevo éxodo

Jesús, el siervo sufriente, por propia voluntad, aunque no sin dificultad, se ofrece a sí mismo como Sacerdote y Víctima de la nueva y eterna alianza.

Nos trae un nuevo éxodo, nos libera, muere por nosotros y a través de compartir nuestra humanidad, nos comparte su divinidad.

Un Dios que nos ama hasta el extremo, y es capaz de hacer locuras que van mucho más allá de nuestra lógica, con tal de no pasar la eternidad lejos de nosotros.

Es la historia de amor más grande que jamás existió. Ojalá podamos poner nuestra mirada allí y entrar en ese romance que no se extingue nunca.

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La Pascua Judía y la Última Cena. Dos mesas, una historia https://judiaycatolica.com/la-pascua-judia-y-la-ultima-cena-dos-mesas-una-historia/ https://judiaycatolica.com/la-pascua-judia-y-la-ultima-cena-dos-mesas-una-historia/#respond Thu, 02 Apr 2026 13:55:55 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3665 En este video te invito a vivir un recorrido profundo y vivencial por la Pascua judía (Pesaj) y su relación con la Última Cena de Jesús. A lo largo de los 15 pasos del Seder de Pesaj, vamos descubriendo que esta celebración no es solo un recuerdo del pasado, sino una experiencia viva que atraviesa […]

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En este video te invito a vivir un recorrido profundo y vivencial por la Pascua judía (Pesaj) y su relación con la Última Cena de Jesús. A lo largo de los 15 pasos del Seder de Pesaj, vamos descubriendo que esta celebración no es solo un recuerdo del pasado, sino una experiencia viva que atraviesa el tiempo… y que encuentra una conexión sorprendente con lo que Jesús vivió en esa última noche con sus discípulos.
¿Por qué Jesús celebró Pesaj? ¿Qué significan los alimentos, los gestos y las bendiciones? ¿Dónde aparece todo esto en los Evangelios? ¿Por qué se bendicen 4 copas en Pesaj? ¿Tomó Jesús la cuarta copa?

Lejos de ser dos historias separadas, la Pascua judía y la Última Cena revelan una continuidad profunda. Una promesa… y su cumplimiento. Un camino que comienza con la liberación de Egipto… y que se abre hacia algo mucho más grande. Un ejemplo icónico de la unión profunda que tienen el judaísmo con el cristianismo.

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Jesús y el Tikkun Olam definitivo: la reparación del mundo https://judiaycatolica.com/jesus-y-el-tikkun-olam-definitivo/ https://judiaycatolica.com/jesus-y-el-tikkun-olam-definitivo/#comments Fri, 13 Mar 2026 12:15:33 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3632 El concepto judío de Tikkun Olam, “reparar el mundo”, expresa la esperanza de que la creación pueda ser llevada a su plenitud y restaurada mediante la colaboración del ser humano con Dios.La Biblia narra esa historia desde Génesis hasta su cumplimiento en Cristo. En el principio el mundo fue creado bueno. La Biblia no presenta […]

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El concepto judío de Tikkun Olam, “reparar el mundo”, expresa la esperanza de que la creación pueda ser llevada a su plenitud y restaurada mediante la colaboración del ser humano con Dios.
La Biblia narra esa historia desde Génesis hasta su cumplimiento en Cristo.

En el principio el mundo fue creado bueno.

La Biblia no presenta la creación como una obra cerrada y terminada. Desde el comienzo, Dios confía al ser humano una misión dentro de ella: cultivar y cuidar el mundo que le ha sido dado. Como dice el Génesis, Dios puso al hombre en el jardín de Edén “para trabajarlo y cuidarlo” (Génesis 2,15).

No somos solo habitantes de la creación. Somos también sus custodios y colaboradores.

No había maldad. No había ruptura. Había armonía entre el hombre y Dios, entre el hombre y la tierra, entre el hombre y su propio interior.

Una armonía que no era conquista ni logro, era don. Era la condición original de la creación: todo en su lugar, todo en su propósito, todo orientado hacia Dios.

El mundo fue creado tov, bueno. La palabra aparece siete veces en el primer capítulo del Génesis, como un estribillo que Dios repite mientras contempla su obra.

Pero el ser humano quiso hacer su propio camino, a su modo, sin dejarse guiar por Dios. Su desconfianza lo llevó a la desobediencia y a la toma de decisiones erradas. Y esa elección quebró algo.

El mundo que es ya no es el mundo que debería ser.

La primera promesa de restauración

Sin embargo, desde ese mismo momento, Dios nos tendió la mano para levantarnos, darnos consuelo y para invitarnos a participar en la reparación de este mundo quebrantado.

Ya en el Jardín del Edén, antes de que terminara ese primer día de ruptura, Dios pronunció las primeras palabras de esperanza. Lo que la tradición cristiana llama el protoevangelio, el primer anuncio del Evangelio, escondido en una maldición dirigida a la serpiente:

«Pondré enemistad entre ti y la mujer,
entre tu linaje y el suyo.
Él te aplastará la cabeza
y tú le acecharás el talón.»

(Génesis 3,15)

Una promesa. Pequeña, casi imperceptible. Pero ahí estaba: la primera semilla del plan de Dios.

Y desde ese momento comenzó una nueva historia.

Israel y la tarea de reparar el mundo

Dios fue reuniendo a un pueblo, el pueblo de Israel, y lo fue preparando, formando, acompañando. Le dio los mandamientos, los preceptos, las mitzvot, para que vivieran bien e hicieran el bien. Para que fueran, en medio del mundo roto, una señal de que la reparación era posible.

Esta participación en la restauración del mundo mediante las mitzvot se conoce en el judaísmo como Tikkun Olam, “reparar el mundo”.

La expresión aparece ya en la Mishná, donde se habla de actuar mipnei tikkun ha-olam — “por el bien de la reparación o el orden del mundo”—, y atraviesa toda la tradición judía.

El Aleinu, la plegaria con la que concluye cada servicio judío, expresa esta esperanza con las palabras:

L’takken olam b’malkhut Shaddai
“reparar el mundo bajo la soberanía del Todopoderoso”.

No somos espectadores. Somos colaboradores.

El límite del esfuerzo humano

Sin embargo, hay un límite que ningún ser humano puede saldar.

Toda ofensa que cometemos, toda persona que lastimamos, es en última instancia una ofensa a Dios. Por eso el pecado no es solo un error humano: introduce una ruptura real en nuestra relación con Él.

Y esa ruptura no puede ser sanada únicamente por nuestras propias fuerzas.

Por más obras de justicia y amor que hagamos (tzedaká), el mundo no termina de repararse.

La esperanza anunciada por los profetas

Así lo fueron anunciando los profetas. Ezequiel, Jeremías, Isaías, Amós. Ellos enseñaron que la conversión del corazón humano es necesaria, pero también anunciaron algo más profundo: que Dios mismo intervendría para restaurar la alianza.

Hablaron de un tiempo en que Dios transformaría el corazón humano, derramaría su Espíritu y restauraría la justicia en la tierra.

Un tiempo en que la creación misma sería reconciliada.

Isaías lo describe con imágenes de una paz que alcanza incluso a la naturaleza:

No harán daño ni destruirán en todo mi monte santo,
porque la tierra estará llena del conocimiento del Señor
como las aguas cubren el mar.”

(Isaías 11,9)

Los profetas anuncian así una gran esperanza: un mundo restaurado bajo el reinado de Dios.

La misma esperanza que resuena en el Aleinu cuando se pide reparar el mundo bajo su soberanía.

Pero queda una pregunta abierta.

¿Cuándo?
¿Cómo?
¿De qué manera entraría Dios en la historia para realizar esa restauración?

Dios entra en la historia

La respuesta llegó.

Y llegó de una manera que nadie esperaba. en el silencio de una noche, en la familia menos pensada, en la ciudad menos considerada.

Dios eligió entrar en la historia haciéndose uno de nosotros.

Asumió la condición humana. La habitó desde dentro.

El Emmanuel, “Dios con nosotros”. anunciado por Isaías no era solo un símbolo de consuelo. Era el anuncio de algo real: Dios mismo entrando en la historia humana.

Ahí se abre la gran bisagra de la historia.

El Tikkun Olam definitivo

En Jesús, Dios no solo enseña cómo reparar el mundo.
Él mismo comienza la reparación desde dentro de la creación.

En la encarnación, Dios entra en el mundo herido.
En la cruz, carga con la ruptura del pecado.
Y en la resurrección inaugura algo nuevo: la nueva creación.

La historia que comenzó en un jardín marcado por la desobediencia encuentra su punto de inflexión en otro jardín — el del sepulcro vacío, donde comienza la vida nueva.

Lo que ningún ser humano podía reparar por sí mismo, Dios lo comenzó a restaurar desde dentro.

Ese es, en el sentido más profundo, el Tikkun Olam definitivo.

No una reparación parcial, ni solo moral, ni solo social.
Una restauración radical de la relación entre Dios y la humanidad.

Una restauración que comienza en Cristo y que todavía se despliega en la historia.

Porque el mundo aún espera su plenitud.

Pero la obra ya ha comenzado.

Y cada acto de amor, cada obra de justicia, cada gesto de fidelidad a Dios participa, humildemente, en esa gran reparación que Dios mismo ha iniciado en Cristo.

El Tikkun Olam, finalmente, no es solo una tarea del ser humano.

Es ante todo la obra de Dios.
Y nosotros somos invitados a participar en ella.

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En busca del Mesías, adelanto documental https://judiaycatolica.com/en-busca-del-mesias-adelanto-documental/ https://judiaycatolica.com/en-busca-del-mesias-adelanto-documental/#respond Thu, 12 Mar 2026 20:02:15 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3628 La entrada En busca del Mesías, adelanto documental se publicó primero en Judia & Catolica.

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Video: Navidad: esperar lo inesperado https://judiaycatolica.com/video-navidad-esperar-lo-inesperado/ https://judiaycatolica.com/video-navidad-esperar-lo-inesperado/#respond Sat, 20 Dec 2025 15:21:19 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3625 ¿Qué Mesías esperaba el pueblo en tiempos de Jesús? ¿Y qué esperamos nosotros hoy de Dios? La Navidad nos vuelve a poner frente a una espera que no siempre coincide con nuestras expectativas. Buscamos respuestas claras, soluciones inmediatas, un Dios que actúe como imaginamos… pero la historia bíblica nos revela una lógica distinta, silenciosa y […]

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¿Qué Mesías esperaba el pueblo en tiempos de Jesús? ¿Y qué esperamos nosotros hoy de Dios?

La Navidad nos vuelve a poner frente a una espera que no siempre coincide con nuestras expectativas. Buscamos respuestas claras, soluciones inmediatas, un Dios que actúe como imaginamos… pero la historia bíblica nos revela una lógica distinta, silenciosa y profundamente transformadora. En este video comparto una reflexión desde una mirada judía y católica sobre la espera, la fe y el modo en que Dios actúa en la historia —y también en nuestra propia vida. Además dejo el enlace de un video relacionado, sobre el Adviento, la espera que puede transformar nuestra forma de vivir:

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Navidad: aprender a esperar lo inesperado https://judiaycatolica.com/navidad-aprender-a-esperar-lo-inesperado/ https://judiaycatolica.com/navidad-aprender-a-esperar-lo-inesperado/#respond Thu, 18 Dec 2025 14:48:38 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3596 Desde el principio de todo, en el Génesis, luego de la caída del ser humano —ese momento decisivo en el que Adán y Eva comen del fruto prohibido por no confiar en Dios—, Él promete el envío de un salvador, de un Mesías. Y desde ese momento, fue preparando a un pueblo, al pueblo de […]

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Desde el principio de todo, en el Génesis, luego de la caída del ser humano —ese momento decisivo en el que Adán y Eva comen del fruto prohibido por no confiar en Dios—, Él promete el envío de un salvador, de un Mesías.

Y desde ese momento, fue preparando a un pueblo, al pueblo de Israel, para que de allí naciera el Mesías.
A través de los patriarcas y de los profetas fue revelándose, y mediante su amor y sus enseñanzas fue preparando el corazón del pueblo para esta misión esencial.

Y llegada la plenitud de los tiempos, Dios cumplió sus promesas, enviando a Jesús, el Mesías, nacido en una familia judía en Belén. Esto es lo que celebramos en cada Navidad, como vimos en el video anterior.

¿Por qué no todos lo reconocieron?

Como judía y católica, muchas veces me preguntan por qué los judíos no creyeron en Jesús como el Mesías. Esta es una pregunta muy profunda, cuya respuesta abarca muchos planos y merece ser desarrollada con tiempo.

Pero mi primera respuesta suele ser siempre la misma: en realidad, los judíos sí reconocieron a Jesús como el Mesías. María, José, los apóstoles y los cientos de primeros cristianos eran judíos: judíos que creyeron que Jesús era el Mesías esperado y prometido por Dios.

Es cierto que el judaísmo, en su totalidad, no reconoce a Jesús como el Mesías, por diversos motivos que veremos en otra ocasión.

Un pueblo oprimido, un Mesías esperado

Ahora bien, si nos situamos en ese momento histórico, en la situación concreta que estaba atravesando el pueblo de Israel, vemos que vivían un tiempo muy difícil: una etapa de profunda opresión bajo el dominio del Imperio Romano.

No todos, pero sí la mayoría de los judíos, esperaba un Mesías que los liberara de esa situación tan desesperante. Un nuevo rey David, un descendiente de David que actuara como un rey fuerte, justo, con gran poder terrenal.

Un Mesías que expulsara a los romanos, restaurara la soberanía de Israel y trajera la paz.

Un Salvador que nadie esperaba

Y es en ese contexto tan duro que este acontecimiento, anunciado con fuerza por los profetas y esperado por generaciones durante siglos, llegó una noche, en total silencio.

Jamás hubiéramos imaginado que nuestro Salvador vendría en forma de bebé, bajo la condición más vulnerable de todas, y puesto —literalmente— en nuestras manos.

Durante su vida pública, Jesús realizó milagros: curó a los ciegos y a los paralíticos, y resucitó a muertos. Esto también alimentó, para algunos que lo observaban desde cierta distancia, la expectativa de una salvación terrenal. Sin embargo, quienes escuchaban con profundidad su mensaje comenzaban a sospechar que sus expectativas acerca del Mesías estaban siendo descolocadas. La lógica de Dios es muy distinta de la nuestra, y Jesús intentó mostrarlo una y otra vez a través de sus acciones y de sus parábolas.

El Mesías tan esperado terminó muerto en la cruz: la muerte más indigna que podía existir en ese tiempo.

Muchos quedaron desilusionados.
Otros comprendieron que el Reino de Dios seguía otros caminos.

Una tensión que sigue viva hoy

Pero esa tensión no quedó atrapada en el siglo I.
Sigue viva hoy, quizá con otros nombres, pero con la misma lógica.

¿Acaso no seguimos esperando un Dios que actúe según nuestras propias expectativas?
Que cambie las circunstancias cuando se vuelven difíciles,
que quite los problemas,
que ordene el mundo,
que elimine el dolor?

Queremos un Dios que actúe con inmediatez,
que imponga una justicia visible,
que restablezca el orden
y erradique el mal que existe en el mundo.

Y cuando no lo hace, nos preguntamos si realmente existe, si está allí, si le importa.

¿Y acaso cuando actuamos así, no nos parecemos a quienes estaban al pie de la cruz, diciéndole que, si realmente era el Mesías, se salvara a sí mismo y bajara de ella?

La lógica inversa de Dios

Jesús no bajó de la cruz, aunque podía hacerlo.
No porque le faltara poder,
sino porque su misión no era evitar el sufrimiento.

No vino a borrar el dolor del mundo,
sino a atravesarlo, a cargarlo, a asumirlo, a transformarlo.
No para glorificar el sufrimiento en sí mismo, sino para darle sentido,
para mostrar que incluso allí donde todo parece perdido, Dios sigue estando presente,
amando hasta el extremo.

Aprender a esperar lo inesperado

En nuestra vida, en general, queremos entender para confiar,
pero Dios nos propone la lógica inversa.
Nos pide entrega, confianza, abandono en sus manos;
hacernos como niños, confiando en quien nos guía.

No por su bien, sino por el nuestro, para que vivamos de un modo más pleno.
Él no nos pide una confianza ciega: a lo largo de toda la Revelación
nos ha dado pruebas tangibles de que Él es digno de nuestra confianza.

Del mismo modo que la llegada del Mesías al mundo, muchas veces los signos de Dios
tienen «apariencia de bebé», o son tan pequeños como un grano de mostaza,
casi imperceptibles, pero capaces de poner en marcha algo inmenso.

Ojalá podamos aprender de nuestra historia, dejar de intentar comprenderlo todo
y aprender a esperar lo inesperado, a dejarnos sorprender.

Ojalá podamos abandonarnos en Él, soltar los remos de la barca,
dejar que Él conduzca y aprender a disfrutar del viaje.

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Adviento: la espera que puede transformarnos https://judiaycatolica.com/adviento-la-espera-que-puede-transformarnos/ https://judiaycatolica.com/adviento-la-espera-que-puede-transformarnos/#respond Thu, 11 Dec 2025 18:54:11 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3592 El Adviento no es solo una preparación para la Navidad. Es una escuela espiritual. Un modo de vivir la vida entera desde la esperanza, la confianza y la promesa. En este video te comparto cómo el Adviento, con sus raíces profundamente bíblicas y también judías, nos enseña a esperar de una forma diferente: no desde […]

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El Adviento no es solo una preparación para la Navidad. Es una escuela espiritual. Un modo de vivir la vida entera desde la esperanza, la confianza y la promesa. En este video te comparto cómo el Adviento, con sus raíces profundamente bíblicas y también judías, nos enseña a esperar de una forma diferente: no desde la ansiedad, sino desde la confianza. No desde la pasividad, sino desde la preparación interior.

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Adviento: la espera que transforma nuestra forma de vivir https://judiaycatolica.com/adviento-la-espera-que-transforma-nuestra-forma-de-vivir/ https://judiaycatolica.com/adviento-la-espera-que-transforma-nuestra-forma-de-vivir/#respond Mon, 08 Dec 2025 19:23:07 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3582 El Adviento es un tiempo de espera… un momento del año que vuelve una y otra vez.Y cada año nos invita a preguntarnos: ¿cómo vivo esta espera hoy?¿En qué punto de mi camino de confianza me encuentra? Más allá de la Navidad y de todo lo que simboliza, si pensamos en la espera en nuestra […]

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El Adviento es un tiempo de espera… un momento del año que vuelve una y otra vez.
Y cada año nos invita a preguntarnos: ¿cómo vivo esta espera hoy?
¿En qué punto de mi camino de confianza me encuentra?

Más allá de la Navidad y de todo lo que simboliza, si pensamos en la espera en nuestra propia vida, vale hacerse una pregunta sencilla pero profunda:
¿Qué estoy esperando?
¿Qué estoy esperando que pase para recién ahí avanzar, decidir, animarme…?

Muchas veces nos decimos:
“Cuando pase tal cosa, voy a hacer tal otra…”
“Cuando se den ciertas condiciones, ahí sí voy a poder…”

Pero ¿por qué esperar?
No existe un “momento ideal” donde todo esté perfectamente alineado para cumplir nuestra misión o nuestro propósito.
Jesús no llamó a sus apóstoles cuando estaban retirados, tranquilos o con todo resuelto, sino que irrumpió en medio de sus vidas, en medio de sus problemas… porque así es la vida.
No existe nadie que no tenga dificultades.

La pregunta que podemos hacernos es:
¿Cómo atravesamos esos problemas?
¿Con enojo, resentimiento o amargura?
¿O como parte del camino?

Entendiendo que no son el fin, sino solo momentos.
Momentos que podemos vivir desde la confianza: sabiendo que Dios quiere lo mejor para nosotros y que sus tiempos son perfectos… aunque muchas veces no nos lo parezcan.

Para caminar mejor en los tiempos difíciles es esencial tener presente qué esperamos y hacia dónde vamos.
Cuando eso está claro, nuestra mirada no se queda detenida en el obstáculo de turno, sino que mira más lejos, hacia adelante, con esperanza.

Y es justamente la esperanza la que nos pone en movimiento.
La que nos impide quedarnos estancados en los problemas.
La que nos quita el miedo y esas preocupaciones que nos roban la alegría de vivir.
Porque la esperanza percibe cosas que la razón, por sí sola, no puede ver.

La filósofa Hannah Arendt escribió:
“Las promesas se dan para formar ciertas islas perfectamente delimitadas de previsibilidad en un mar de incertidumbre.”

Es así: del futuro no sabemos nada.
La única certeza real es el presente.
Las promesas, que siempre miran al futuro, nos dan un punto firme en medio de lo incierto.

Sin embargo, cuando las promesas vienen de personas, siempre queda un pequeño margen de duda: porque no todo depende de su voluntad.
En cambio, cuando la promesa viene de Dios, ahí sí aparece esa verdadera “isla de previsibilidad” a la que podemos aferrarnos.
Y eso no es ingenuo optimismo:
es esperanza fundada en la Palabra de Dios, que una y otra vez ha demostrado ser digna de fe.

Cuando Dios nos repite:
“No temas, yo estaré contigo”,
nos entrega una promesa para sostenernos y caminar sobre ella.
Nos da firmeza para apoyar nuestros pasos.

Fue esa Palabra la que hizo que Pedro caminara sobre el agua.
En medio de un mar turbulento, pudo fijar la mirada en Jesús y caminar por un sendero firme que lo conducía hacia Él.
Pero solo cuando eligió mirarlo y creerle.

La Navidad celebra el cumplimiento de las promesas de Dios hechas al Pueblo de Israel durante siglos.
Es el cumplimiento del envío del Mesías prometido por Dios desde el inicio mismo de la historia, desde Génesis 3, pasando por los patriarcas y los profetas.
Celebramos que ha nacido un Salvador, y una vez más confirmamos que la Palabra de Dios es fiel y digna de confianza.

Entonces, ¿Qué nos quiere enseñar Dios en el Adviento, cada año, celebrando siempre lo mismo?
Esperamos la venida de Jesús sabiendo exactamente el día y la hora en que acontecerá…
El Adviento nos recuerda la realidad de la espera, pero al mismo tiempo nos revela algo más grande:
una espera fundada en la certeza que dan sus promesas, en la fidelidad de Su Palabra.

Dios nos enseña —en ese breve período del año— una pequeña muestra de cómo debemos vivir toda la vida:
confiando en que su Palabra es digna de fe, que sus promesas son reales y que se cumplen.

No porque Él necesite que confiemos,
sino porque nosotros lo necesitamos.
Porque eso cambia por completo nuestro modo de vivir y de enfrentar lo que nos pasa.

Por eso Dios nos “entrena” año tras año.
Para que podamos trasladar esta experiencia a toda nuestra vida:
vivir siempre como en un Adviento, en movimiento, con la mirada puesta en una promesa segura, en una Palabra firme que se cumple.

Creer y confiar en esa Palabra que nos dice:
“Alégrate, yo ya he vencido al mundo.”
y que una y otra vez nos repite:
“No temas, yo estoy contigo.”

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Una judía católica habla con el rabino que habla con Jesús https://judiaycatolica.com/una-judia-catolica-habla-con-el-rabino-que-habla-con-jesus/ https://judiaycatolica.com/una-judia-catolica-habla-con-el-rabino-que-habla-con-jesus/#comments Fri, 31 Oct 2025 16:36:27 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3545 Hace poco leí el libro Un rabino habla con Jesús, de Jacob Neusner. En él, el autor —un rabino practicante y erudito del judaísmo— se imagina escuchando el Sermón de la Montaña y dialogando con Jesús.Lo hace con total respeto, con una apertura sincera al diálogo interreligioso, y con una profunda fidelidad a la Torá. […]

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Hace poco leí el libro Un rabino habla con Jesús, de Jacob Neusner.
En él, el autor —un rabino practicante y erudito del judaísmo— se imagina escuchando el Sermón de la Montaña y dialogando con Jesús.
Lo hace con total respeto, con una apertura sincera al diálogo interreligioso, y con una profunda fidelidad a la Torá.

A lo largo de su reflexión, Neusner se pregunta si, de haber estado allí aquel día, se habría convertido en discípulo de Jesús.
Su conclusión es que, por diferentes motivos que va desarrollando en su libro, no lo hubiese seguido. En sus propias palabras:

“Si hubiera estado allí ese día, no me habría unido a sus discípulos y seguido los pasos del maestro.
Habría dado media vuelta y me habría vuelto con mi familia, a mi pueblo, para seguir mi vida como parte, y dentro, del Israel eterno.”

Y una de las cosas que también escribe en libro, que más llamó mi atención, y que lo menciona más de una vez es lo siguiente:

“Lo que Jesús me exige, sólo me lo puede pedir Dios.”

Esa frase es central, ya que remite a la esencia de todo: ¿Quién es Jesús? ¿Es Jesús Dios? ¿Cómo podemos saberlo?

Entonces mi pregunta al rabino sería la siguiente:
Si además de que él hubiese estado escuchando el sermón de la montaña y luego hablado con Jesús, también hubiese estado con los discípulos después de la muerte de Jesús, y lo hubiese visto resucitado, dialogando con ellos…
¿Cómo interpretaría ahora las palabras del Sermón de la Montaña? ¿Las seguiría viendo como algo diferente a la Torá o les daría una mirada diferente?

Esa experiencia —la Resurrección— seguramente no habría anulado su fidelidad a Dios, sino que habría revelado el rostro de ese mismo Dios en quien siempre creyó y estoy segura que eso le habría dado una mirada nueva para interpretar las palabras de Jesús.
Porque solo la Resurrección explica plenamente la autoridad con la que Jesús hablaba.

El signo de su autoridad

El Evangelio de Juan nos narra un episodio que ilumina esta cuestión.
Jesús entra al Templo y ve que este lugar sagrado de culto y oración, se ha convertido en un mercado.
Asi que expulsa a los vendedores con palabras encendidas.
Entonces las autoridades judías le preguntan:

“¿Qué signo nos muestras para obrar así?”
Y Jesús respondió:
“Destruyan este templo y en tres días lo levantaré.” (Juan 2,18-19)

A primera vista, parece una respuesta evasiva o incluso provocadora.
El Templo era lo más sagrado de Israel, el centro de la fe y el símbolo de la presencia divina.
Pero Jesús estaba anunciando el signo más grande de su autoridad:
su muerte y su resurrección.

El evangelista lo explica con claridad: “Él hablaba del templo de su cuerpo.” (Jn 2,21)

El rabino Jacob Neusner lo dijo con precisión:

“Lo que Jesús me exige, sólo me lo puede pedir Dios.”

Y si creemos que Jesús es Dios, entonces sí puede pedirnos todo lo que vino a enseñarnos.

En mi caso personal, no estuve allí para ver la Resurrección,
pero fui testigo de que Él está vivo y presente en la Eucaristía.
Lo cuento en otro artículo (clic aquí), o en este otro video (clic aquí): tuve un regalo del cielo, una experiencia que me permitió percibir —con sentidos que no son de este mundo— que Él está realmente presente en ese pan vivo bajado del cielo, el nuevo maná.
Ya no como símbolo, sino como presencia real.

Por eso tengo la certeza de que Jesús es el Mesías de Israel, el Hijo de Dios.
Y es desde esa fe que puedo contemplar el Sermón de la Montaña y todas sus enseñanzas con una mirada nueva.

No preguntarme “¿es esto verdad?”,
sino más bien: ¿en qué sentido es verdad lo que Él dice?
Poder pensar de otra manera los planteos que hace el rabino en el libro:
no tratando de ver en qué sentido lo que Jesús dijo no va de la mano con la Torá,
sino preguntándome cómo debo interpretarlo para descubrir
en qué sentido lo que Él enseña no viene a abolir la Ley ni los Profetas, sino a darles cumplimiento

El diálogo que nace de una misma oración

Cuando Jacob Neusner afirma que “lo que Jesús me exige, sólo me lo puede pedir Dios”, se acerca más de lo que imagina al corazón del Evangelio.
Porque la fe, tanto judía como cristiana, comienza siempre en el mismo punto:
en la búsqueda sincera de hacer la voluntad del Dios verdadero, amarlo sobre todas las cosas,
con todo el corazón, y con toda el alma, y con todas las fuerzas.

Pero lo más hermoso de este diálogo no es quién “gana” el argumento,
sino que ambos —el rabino y el discípulo de Cristo—
rezan al mismo Dios, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.

Neusner lo expresa con una belleza que traspasa toda diferencia:

“Es ya de noche. El sol se ha puesto, las estrellas lucen en lo alto.
Nuestras oraciones han acabado. Y acabamos hoy como hicimos entonces, con palabras que usó también Jesús:

«Que el santo nombre de Dios sea santificado y engrandecido en el mundo que Dios creó según su voluntad.
Y que se imponga el reino de Dios, en los días de vuestra vida y en los días de la vida de todo Israel, y decid: amén.»

«Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre; venga tu reino; hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo…»

Así oramos aquella noche, y así hemos seguido orando a lo largo del tiempo; así oró él aquella noche, y así han seguido orando sus discípulos a lo largo del tiempo.
Sí, debatimos y discutimos, pero oramos al mismo Dios.
Y ésta es, en definitiva, la razón por la que siempre debatiremos y discutiremos,
pero serviremos a Dios amándonos unos a otros, como Dios nos ama.”

Y ahí, en esas palabras, se encuentra el verdadero sentido del diálogo entre judíos y cristianos: no la fusión de las diferencias, sino la fidelidad compartida al Dios único, y el amor mutuo como su signo más alto.

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¿Pierde su identidad un judío por creer en Jesús? https://judiaycatolica.com/pierde-su-identidad-un-judio-por-creer-en-jesus/ https://judiaycatolica.com/pierde-su-identidad-un-judio-por-creer-en-jesus/#respond Fri, 24 Oct 2025 20:18:28 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3542 Quizás uno de los mayores temores para un judío que cree en Jesús es pensar que puede perder su identidad judía. Y, por supuesto, no es algo que un judío jamás quiera perder. En este video comparto una breve reflexión sobre cómo creer en Jesús no significa abandonar las raíces judías, sino todo lo contrario: […]

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Quizás uno de los mayores temores para un judío que cree en Jesús es pensar que puede perder su identidad judía.
Y, por supuesto, no es algo que un judío jamás quiera perder.

En este video comparto una breve reflexión sobre cómo creer en Jesús no significa abandonar las raíces judías, sino todo lo contrario: descubrir en Él la plenitud de sus tradiciones, de las fiestas judías y mucho más.

Para profundizar más en este tema, te invito a leer el artículo completo haciendo clic aquí.

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