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Hace mucho había leído la historia de Alfonso Ratisbonme y me impactó. Es increíble ver cómo Dios se introduce en ciertas vidas y las «da vuelta» completamente.

Creo que en el caso del judaísmo pasa mucho esto. Y pienso que uno de los motivos principales es que el velo es tan grande para poder ver la realidad de Dios hecho hombre y son tan fuertes los prejuicios que tenemos ante la posibilidad de que Jesús sea realmente el Mesías esperado, que necesitamos este tipo de «sacudidas» tan profundas para poder reconocerlo. Y sí, una vez que nos pasa, no hay vuelta atrás. Ya nada se ve igual, toda la vida cambia. La escala de valores, los intereses, las metas, la dimensión trascendental, y hasta el más pequeño detalle. Cada despertar y cada anochecer jamás serán iguales…

A continuación copio un resumen de la historia de Alfonso Ratisbone, y cómo fue su «sacudida» después de un gran desafío y de odiar el catolicismo:

Alfonso Ratisbone era abogado y banquero, judío, de 27 años. Tenía gran odio hacia los católicos porque su hermano Teodoro se había convertido y ordenado sacerdote.

Alfonso pensaba casarse poco después con una hija de su hermano mayor, Flora, diez años menor que él, cuando en enero de 1842, haciendo un viaje de turismo a Nápoles y Malta, por una equivocación de trenes llegó a Roma. Aquí se creyó en la obligación de visitar a un amigo de la familia, el barón Teodoro de Bussiere, protestante convertido al catolicismo.
El barón le recibió con toda cordialidad y se ofreció a enseñarle Roma. En una reunión donde Ratisbone hablaba horrores de los católicos, este barón lo escuchó con mucha paciencia y al final le dijo: «Ya que usted está tan seguro de sí, prométame llevar consigo lo que le voy a dar- ¿Qué cosa? Esta medalla. Alfonso la rechazó indignado y el barón replicó: «Según sus ideas, el aceptarla le debía dejar a usted indiferente. En cambio a mí me causaría satisfacción.» Se echó a reír y se la puso comentando que él no era terco y que era un episodio divertido. El barón se la puso al cuello y le hizo rezar el Memorare, una oración  de intercesión a la Virgen.

El Barón y un grupo de amigos se comprometieron a rezar por la conversión de Ratisbonne. Entre ellos, el conde Laferronays, que estaba muy enfermo y que ofreció su vida por la conversión del “joven judío”.  Ese mismo día entró en la Iglesia y rezó 20 Memorares por esa intención, sufrió un ataque al corazón, recibió los sacramentos y murió.

El día siguiente, el 20 de enero de 1842, el Barón se encontró con Ratisbonne cuando iba a la iglesia de Sant Andrea delle Fratte, cerca de la Plaza de España en Roma, para hacer los arreglos de un funeral. Los dos entraron en la iglesia y Ratisbonne se quedó mirando las obras de arte mientras esperaba que  su amigo salga de la rectoría. De pronto, el altar dedicado a San Miguel Arcángel se llenó de luz, y se le apareció, majestuosa, la Virgen María, tal como en la imagen de la medalla que llevaba al cuello. Él se arrodilló y lágrimas caían de sus ojos. Más tarde escribió: «Una fuerza irresistible me llevó hacia ella. Ella me pidió que me arrodillara. Ella no dijo nada pero yo lo entendí todo».  Cuando el barón regresó de la rectoría se encontró a su amigo orando de rodillas con gran fervor frente al altar de San Miguel. Ratisbona entonces le dijo que deseaba prepararse para entrar en la Iglesia. El 31 de enero recibió el bautismo, la confirmación y la comunión de manos del Cardenal Patrizi.

La conversión de Ratisbonne fue muy famosa y tuvo gran impacto en una cultura muy influenciada por el racionalismo, que rechaza las realidades espirituales. En 1847 Alfonso Ratisbonne fue ordenado sacerdote jesuita. Su hermano  inspirado por su conversión fundó la congregación de “Nuestra Señora del Sion”, con sede en Israel, cuyo carisma es la evangelización del pueblo judío (Romanos 11, 25-26).

El San Miguel del altar del milagro en San Adreas de Fratte ha sido reemplazado por una gran pintura de la Virgen según Ratisbonne la describió. (San Miguel fue movido a otro lugar de la misma iglesia) El Papa Juan Pablo II visitó y oró en el altar de la aparición.

Fte:  Aciprensa y Corazones.org

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Examen interior, Judaísmo y bienaventuranzas https://judiaycatolica.com/examen-interior-judaismo-y-bienaventuranzas/ https://judiaycatolica.com/examen-interior-judaismo-y-bienaventuranzas/#respond Mon, 27 Feb 2017 23:39:03 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=280 Todos los días nos miramos al espejo. Algunas personas varias veces al día. Cuántas veces miramos hacia nuestro interior y evaluamos cómo nos vemos? Cada cuánto evaluamos nuestra parte invisible hacia los demás y hasta a veces invisible para nosotros mismos? Hace un tiempo escuché una propuesta sobre hacer un examen de conciencia con la ayuda […]

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Todos los días nos miramos al espejo. Algunas personas varias veces al día.

Cuántas veces miramos hacia nuestro interior y evaluamos cómo nos vemos?

Cada cuánto evaluamos nuestra parte invisible hacia los demás y hasta a veces invisible para nosotros mismos?

Hace un tiempo escuché una propuesta sobre hacer un examen de conciencia con la ayuda de las bienaventuranzas y llamó mi atención.

Ahora bien, para qué publicarlo acá? Qué tiene que ver esto con con mi judaísmo? Con lo Judeo-Católico?

Si bien no todo lo que vaya a publicar en este sitio o blog, tiene que tener una relación directa con el misterio del judaísmo y el catolicismo, en este caso hay una relación más estrecha de la que podría aparentar.

En el judaísmo, en la etapa pre-mesiánica, fue necesario darnos leyes impresas en piedra, que eran tan duras como lo eran quizás nuestros corazones. Estas leyes siguen estando vigentes hoy y son las bases de nuestra libertad (de hecho fueron dadas al pueblo de Israel, como punto culminante de su liberación. Fueron el «moño» que terminaba de empaquetar el regalo de la libertad que Dios le dio a Su pueblo. A su «hijo primogénito«).

Y Jesús, que no viene a abolir «ni una I ni una coma de la ley«, sino que viene a cumplirla y a darle un sentido más profundo aun, sube nuevamente al monte y nos da las bienaventuranzas. Ya no impresas en piedra sino en su propio corazón.

Las bienaventuranzas son ventanas hacia el interior de nuestro Mesías, que nos invitan a conocerlo y a imitarlo.

Quien quiera seguirlo, puede conocer un poco más de su interior a través de ellas. Y seguir estas vías, estos trazos de ruta que son como faros en este camino que queremos y felizmente elegimos transitar.

A continuación detallo un análisis propio sobre las bienaventuranzas y qué implican para mi hoy. Quizás más adelante adquieran otro significado según las experiencias que haya tenido o la situación que me toque transitar.

«Felices los que tienen alma de pobres»: No es buscar la pobreza sino ser conscientes de que sólo en Él todo se puede. Y que todas las riquezas, tanto materiales como espirituales, familiares, talentos y otros, son un don.

«Felices los pacientes«:  en lo micro y en lo macro. Paciencia en Dios y con Dios. Sus planes no son siempre los mismos que los nuestros. Y hay momentos que la paciencia es el desafío más grande cuando atravesamos eso que no entendemos, eso que no podemos comprender  y nos preguntamos por qué nos está pasando a nosotros, por qué Dios lo permite?

Paciencia con las personas. La parte más obvia, lo familiar, los hijos, la pareja. Pero también paciencia con quienes no comprenden a Dios, no comprenden nuestros caminos, nuestras decisiones.

Paciencia con quienes hoy eligen otra cosa, diferentes a las que uno considera que son buenas o adecuadas.

Paciencia en escuchar lo que no nos interesa. En pasar tiempo con personas que no nos atraen.

Paciencia para entender que no todo se puede hacer ahora, y que cargarse de tareas, sean por obligación o por gusto, sólo nos genera ansiedad a insatisfacción con lo que tenemos para disfrutar ahora.

Paciencia con gestos de otros que no nos gustan, o tics, o sonidos que nos molestan. Uno da la vida por ciertas personas pero no tolera cosas tan simples en el día a día. Será más fácil morir por alguien que estar toda la vida a su servicio? Qué nos pide Dios? Dar la vida por nuestros amigos. No sólo estar dispuesto a morir, sino dar nuestra vida al servicio de quienes amamos. No sólo en situaciones extremas sino en cosas pequeñas. Hacer extraordinarias las cosas ordinarias

«Felices los que tienen hambre y sed de justicia»: Dios dice «felices lo que tienen hambre y sed de justicia» porque ve toda la película completa, fuera del tiempo. No sólo determinado momento.  Porque hay tantas injusticias y tantos mueren sin ver la justicia realizada.  Debemos tener la esperanza puesta y también con paciencia, en saber que nosotros no estamos viendo el panorama completo y lo que para nosotros puede ser el final, seguramente no lo es, hay más. Y  serán saciados…

«Felices los afligidos»: no buscar el problema o la tristeza, pero saber que esos momentos dificiles, cuando llegan, tenemos a alguien que nos acompaña en ese sufrimiento, nos consuela mientras lo atravesamos. Como a un padre le duele cuando un hijo sufre pero sabe que su hijo debe afrontar esa situacion por algún motivo y no debe resolvérselo.

También afligirse por quienes sufren. Ponerse en sus zapatos, en su mente, en su pasado, en sus esperanzas, sus lamentaciones, y tratar de entender su sufrimiento, no en forma superficial sino carnal, sentimental.

«Felices los misericordiosos»: aumentarla, siempre. Sobre todo hacia los que uno no tiene tantas ganas.
Perdonar como queremos ser perdonados, sin recordar esos malos actos. Sin sacarlos a relucir cada tanto. Sin resentimientos.
Un ejercicio para poder aumentar el amor hacia los demás es intentar ver los hechos desde el punto de vista del otro, pero lo más completo posible. Desde su historia personal, su realidad hoy, sus bases de pensamiento, sus condiciones. Y además en ese contexto evaluar las buenas obras y actitudes de esa persona.

«Felices los que tienen el corazón puro»: Limpio, libre de maldad. Honesto. «Crea en mi, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu» (Salmo 51). Un corazón limpio, nuevo, como dice Ezequiel. Siempre siendo purificado por Dios, no por nuestra fuerza de voluntad. Permitiendo que Dios obre en nosotros y logre lo que por nuestra cuenta no podemos hacer.
Un corazón puro para poder ver a Dios, no sólo al morir, sino ahora. En su presencia en los sacramentos y en las personas. Cuanto más limpio está nuestro corazón, más aumenta nuestra percepción hacia lo invisible.

«Felices los que trabajan por la paz»: no sólo la paz en contraste con la guerra, que tan lejano a veces nos parece o fuera de nuestro alcance. (siempre rezar por eso igual). Pero aprovechar en todas las oportunidades de nuestra vida cotidiana, en nuestras relaciones y en las de otros, obrar por la paz. Ya sea evitando hablar de otros, decir o repetir chismes, o bien intentar decir algo bueno sobre otro cuando alguien lo está criticando. Intentar buscar que otras personas se amiguen entre sí.
Este aspecto está tan relacionado con el modo en que usamos nuestra palabra, más de lo que podríamos pensar.       Herimos más con nuestras palabras que con nuestros actos. La forma en que hablamos hacia los demás, o las críticas mal hechas, sin amor. Hablamos sobre otros a sus espaldas, creamos realidades que quizás no son como parecen, y no damos derecho a defensa antes de formarnos opiniones sobre otros.
Buscamos aliados en una pelea en lugar de buscar la paz directa con nuestro opositor?

Rendir cuentas hacia el otro no trae paz. Ni llevar cuentas sobre quién hizo qué y qué debe hacer el otro por lo tanto. Quizás sea bueno alguna vez hacer algo demás, aunque no sea lo más justo, aunque nuestro derecho diga que le tocaba al otro. Sobre todo en nuestra vida familiar, y sobre todo con nuestra pareja. En mi experiencia las veces que lo hice calladamente, me trajo más beneficios de los que creía, más paz y alegría que si el otro lo hubiera hecho.

Trabajar por la paz implica acción no sólo reacción. A veces estamos llamados a meternos en situaciones que preferimos evitar porque no son nuestras. Y no nos damos cuenta que por omisión estamos obrando mal y nos «lavamos las manos» por no comprometernos. Hay que tratar de estar atentos y pedirle a Dios que nos despierte y abra los ojos cuando debemos intervenir en situaciones que no son directamente nuestras y ayudar a llevar paz.

Esto tiene relación directa con la proxima bienaventuranza «Felices los que son perseguidos por practicar la justicia«: aunque muchas veces no sea lo políticamente correcto.

El mundo de hoy está tan resentido con la Iglesia que perciben todo como un todo. Indefinido, homogéneo. No se distingue quién obró mal, cuándo, cómo ni por qué, sino que parece ser todo lo mismo y estar todo afectado. Y si bien es verdad que a un nivel sobrenatural está todo afectado, un hecho malo afecta a todo el cuerpo de la Iglesia, no significa que todo esté mal o corrompido. Pero lamentablemente muchos no lo ven de ese modo y condenan, insultan y persiguen a cualquiera que siga a Jesús.

En definitiva, sólo Dios puede darnos la fortaleza de no buscar la gloria de los hombres sino sólo la de Dios.  Siempre poniendo la mirada en su profundo amor. Y ser conscientes siempre y profundamente sobre quién es nuestro creador, padre y amigo y eso, nos hará imparables.

Esa es nuestra recompensa, no sólo en el cielo, sino aquí y ahora en la tierra.  En mi caso, descubrir que tengo semejante amigo tan cerca, a mi lado, me eleva, me completa, me fortalece, me impulsa y lleva por caminos desconocidos, sorprendentes. Caminos que si uno estuviese solo no se atrevería a transitar, pero con semejante compañía, cómo no hacerlo?

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Hermann Cohen https://judiaycatolica.com/hermann-cohen/ https://judiaycatolica.com/hermann-cohen/#respond Wed, 15 Jun 2016 01:42:50 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=61 La vida y obra de esta persona me conmueve siempre que la leo y releo. Entiendo totalmente su profundo amor por Dios y la mayoría de sus sentimientos tan fuertes con la Eucaristía. Es un honor para mi poder entender y compartir sentimientos con una persona que vivió tan intensamente y sentir que sus palabras […]

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hermann_cohenLa vida y obra de esta persona me conmueve siempre que la leo y releo. Entiendo totalmente su profundo amor por Dios y la mayoría de sus sentimientos tan fuertes con la Eucaristía. Es un honor para mi poder entender y compartir sentimientos con una persona que vivió tan intensamente y sentir que sus palabras expresan emociones tan profundas de mi alma.

Copio la biografía completa desde Catholic.net para quien no lo conoce aun. Y recomiendo leer sus escritos, cartas,  pensamientos y homilías.

Fuente: http://es.catholic.net/op/articulos/22806/cat/708/hermann-cohen-fundador.html

Nacido en una poderosa familia judía de Hamburgo, Hermann Cohen (1820-1871) es educado en la religiosidad de un judaísmo ilustrado, y en el desprecio de todo lo cristiano: sacerdotes, cruz, sacramentos, etc.

A los cuatro años inicia Hermann su formación musical, y a los once da ya conciertos al piano. Un año después, como discípulo predilecto de Franz Liszt (1811-1886), inicia en París y desarrolla después por toda Europa una carrera muy brillante como pianista, profesor de piano y compositor.

Los personajes más brillantes y anticatólicos de su tiempo fueron los más íntimos amigos de Hermann en su adolescencia y juventud. Felicité de Lamennais (1782-1854), sacerdote que acabó en la apostasía, fue su maestro. George Sand (1804-1876), escritora casada, que abandonó a su familia, y vivió sucesivamente con Mérimée, Musset, Chopin y con algún otro, tenía en Hermann, su Puzzi, su pajecito inseparable, que a veces incluso le acompañaba en los viajes. Admirador de Voltaire y de Rousseau, lo mismo se relacionaba con el anarquista Bakunine (1814-1876), que brillaba en los salones de la aristocracia europea.

Hermann Cohen es un triunfador famoso, viaja por toda Europa, conoce bien varias lenguas -alemán y francés, italiano y español-, gana mucho dinero con sus conciertos, lo pierde también cuantiosamente en el juego, y llega a conocer todos los vicios. Así vive, así malvive hasta los veintiséis años, hasta 1847.

Una conversión eucarística

El propio Hermann relata su conversión al sacerdote Alfonso María de Ratisbona (1814-1884), otro judío converso, como antes lo fue el hermano de éste, Teodoro, también sacerdote.

Un viernes de mayo de 1847, en París, el príncipe de Moscú le pide a su amigo Hermann que le reemplace en la dirección de un coro de aficionados en la iglesia de Santa Valeria. Hermann, que vive en la vecindad, va allí con gusto. Y en el acto final de la bendición con el Santísimo, experimenta

«una extraña emoción, como remordimientos de tomar parte en la bendición, en la cual carecía absolutamente de derechos para estar comprendido». Sin embargo, la emoción es grata y fuerte, y siente «un alivio desconocido».

Vuelve Hermann a la misma iglesia los viernes siguientes, y siempre en el acto en que el sacerdote bendice con la custodia a los fieles arrodillados, experimenta la misma conmoción espiritual. Pasa el mes de mayo, y con él las solemnidades musicales en honor de María. Pero él cada domingo vuelve a Santa Valeria para asistir a Misa.

En la casa de Adalberto de Beaumont, donde vive entonces, toma un viejo devocionario de la biblioteca, y con él inicia su instrucción en el cristianismo. En seguida, recibe la ayuda del padre Legrand, de la curia arzobispal de París. También el vicario general, Mons. de la Bouillerie, muy interesado en las obras eucarísticas, se interesa por él. Pero pronto Hermann tiene que partir a Ems, en Alemania, donde ha de dar un concierto.

«Apenas hube llegado a dicha ciudad, visité al párroco de la pequeña iglesia católica, para quien el sacerdote Legrand me había dado una carta de recomendación. El segundo día después de mi llegada, era un domingo, el 8 de agosto, y, sin respeto humano, a pesar de la presencia de mis amigos, fui a oír Misa.

«Allí, poco a poco, los cánticos, las oraciones, la presencia -invisible, y sin embargo sentida por mí- de un poder sobrehumano, empezaron a agitarme, a turbarme, a hacerme temblar. En una palabra, la gracia divina se complacía en derramarse sobre mí con toda su fuerza. En el acto de la elevación, a través de mis párpados, sentí de pronto brotar un diluvio de lágrimas que no cesaban de correr a lo largo de mis mejillas… ¡Oh momento por siempre jamás memorable para la salud de mi alma! Te tengo ahí, presente en la mente, con todas las sensaciones celestiales que me trajiste de lo Alto… Invoco con ardor al Dios todopoderoso y misericordiosísimo, a fin de que el dulce recuerdo de tu belleza quede eternamente grabado en mi corazón, con los estigmas imborrables de una fe a toda prueba y de un agradecimiento a la medida del inmenso favor de que se ha dignado colmarme…

«Al salir de esta iglesia de Ems, era ya cristiano. Sí, tan cristiano como es posible serlo cuando no se ha recibido aún el santo bautismo…»

Vuelto a París, se dedica Hermann apasionadamente a la oración y a su instrucción religiosa. Pero todavía se ve obligado durante unos meses a dar clases y conciertos, pues ha de pagar considerables deudas de juego a sus acreedores.

Llega por fin el día de su bautismo: el 28 de agosto de 1847. «Estaba tan emocionado, escribe, que aun hoy no recuerdo, sino muy imperfectamente, las ceremonias que se hicieron». Ingresa en las Conferencias de San Vicente de Paúl. Pero donde mejor se halla siempre es en la iglesia, en oración ante el Santísimo. El 10 de noviembre hace voto, ante el altar de la Virgen, de ordenarse sacerdote y de prepararse a ello en cuanto se vea libre de sus acreedores. Cambia su vida totalmente, y sus antiguos compañeros de bohemia y de fiesta no lo entienden. Piensan que, quizá por sus excesos, anda trastornado. Algunos, como Adalberto de Beaumont, le vuelven la espalda, y él ha de buscarse nuevo domicilio.

Proyecto de Hermann aprobado por Mons. de la Bouillerie

Hermann alquila un modesto cuarto en la calle de la Universidad, número 102 -casa que ya no existe-, y que se puede considerar como la cuna de la Adoración Nocturna. Un amigo suyo, el señor Dupont, uno de sus primeros seguidores, refiere los datos de esta fundación:

«Habiendo entrado un día por la tarde en la capilla de las Carmelitas, [Hermann] que se complacía en visitar las iglesias en que se hallaba expuesto el Santísimo Sacramento, se puso a adorar a Nuestro Señor manifiesto en la custodia, sin contar las horas y sin advertir que la noche se acercaba. Era en noviembre. Una Hermana tornera llega y da la señal de salir. Fue necesario un segundo aviso. Entonces Hermann dijo a la religiosa: «Ya saldré cuando lo hagan esas personas que se hallan al fondo de la capilla». Y ella: «Pues no saldrán en toda la noche».

«Semejante respuesta de la Hermana era más que suficiente, y dejaba una preciosa semilla en un corazón bien dispuesto. Hermann sale del oratorio y se dirige precipitadamente a casa de Monseñor de la Bouillerie: «Acaban de hacerme salir de una capilla, exclama, en la que unas mujeres estarán toda la noche ante el Santísimo Sacramento»… Monseñor de la Bouillerie responde: «Bien, encuéntreme hombres y les autorizo a imitar a esas buenas mujeres, cuya suerte ante Nuestro Señor envidia usted». Pues bien, ya desde el día siguiente, con el favor de los ángeles buenos, Hermann hallaba la necesaria ayuda en varias almas».

Monseñor de la Bouillerie había establecido ya anteriormente en París, en 1844, una pequeña asociación para la Adoración nocturna en casa, cuyos miembros, hombres o mujeres, se levantaban por turnos durante la noche una vez al mes, a hora fijada de antemano, para adorar a Nuestro Señor. También había contribuído a fundar la Adoración nocturna del Santísimo Sacramento, asociación femenina establecida por la señorita Debouché, que iba a ser el núcleo de las religiosas Reparadoras.

Nace la Adoración Nocturna

Hermann, muy contento con la autorización de Monseñor de la Bouillerie, se puso inmediatamente en busca de hombres de fe, ávidos como él de agradecer al Jesús de la Eucaristía todos sus beneficios, entregándole sacrificio por sacrificio.

Los primeros inscritos en la lista fueron el caballero Aznarez, antiguo diplomático español, que había enseñado el castellano a Hermann en los tiempos de su vida artística, y el conde Raimundo de Cuers, capitán de fragata, muy amigo.

Pronto se presentaron otros, y el 22 de noviembre de 1848, Hermann los reunía a todos en su cuartito de la calle de la Universidad. Sólo diecinueve miembros se hallaban presentes; cuatro inscritos no habían podido acudir. Monseñor de la Bouillerie presidía la pequeña reunión, cuyos miembros se habían juntado

«con la intención, dice el acta de esta primera sesión, de fundar una asociación que tendrá por objeto la Exposición y Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento, la reparación de los ultrajes de que es objeto, y para atraer sobre Francia las bendiciones de Dios y apartar de ella los males que la amenazan».

¡Un programa inmenso para tan pequeño número de hombres, casi todos de la más humilde condición! Aparte del promotor de la reunión, pianista famoso, además de Mons. de la Bouillerie y de dos oficiales de marina, los asociados no eran casi más que empleados oscuros, obreros y criados.

Éstos fueron los instrumentos de que el Señor se sirvió para establecer la asociación de la Adoración Nocturna, que pronto había de extenderse por casi todos los países católicos.

Obra providencial para tiempos duros de la Iglesia

Al saber que la revolución había triunfado en Roma, y que el papa Pío IX había tenido que refugiarse en Gaeta, puerto al sur de Roma, animó a aquellos primeros asociados a poner en práctica inmediatamente su proyecto. Y así la primera vigilia nocturna de Adoración se celebró el 6 de diciembre de 1848.

La segunda y tercera noches se verificaron los días 20 y 21 del mismo mes, con ocasión de las rogativas de Cuarenta Horas ordenadas con esa ocasión, en favor del Papa, por el arzobispo de París.

En Francia, pues, esta fundación se relaciona con una de las fases más dolorosas del Papado. Y coincide en ello con la obra de Adoración fundada en Roma, en 1809, cuando Napoleón hace cautivo a Pío VII.

Primeras vigilias de la Adoración Nocturna

Las primeras vigilias se efectuaron en el famoso santuario de Nuestra Señora de las Victorias. Más tarde, los socios de la Adoración Nocturna y de las Conferencias de San Vicente de Paúl perpetuaron el hecho con una lápida de mármol, en testimonio de agradecimiento:

A Nuestra Señora de las Victorias,

nuestra protectora,

en homenaje de gratitud y de amor

de las Conferencias

de San Vicente de Paúl

y de la asociación

de la Adoración Nocturna de parís.

31 de mayo de 1871

La asociación de la Exposición y

Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento, en París,

ha tenido su origen en esta iglesia,

el 6 de diciembre de 1848,

debido al celo del Rdo. padre Hermann

y de Mons. Francisco de la Bouillerie,

obispo de Carcasona,

entonces vicario general de la diócesis de París.

Las vigilias no pudieron continuarse en Nuestra Señora de las Victorias, y se escogió para lugar de reunión el oratorio de los Padres Maristas.

El padre Hermann, carmelita

En 1849 Hermann ingresa en el Carmelo, que en esos años, tras las persecuciones de la Revolución Francesa, estaba siendo refundado en Francia bajo la dirección del carmelita español Domingo de San José. Una vez ordenado presbítero, el padre Hermann, con muchos viajes y trabajos, fue la fuerza más eficaz tanto para la extensión del Carmelo como para la difusión de la Adoración Nocturna en Francia y fuera de ella.

El padre Hermann era un religioso ejemplar, tan contemplativo y orante como activo y apostólico. Tuvo relación amistosa con muchas de las grandes figuras católicas de su tiempo: el santo Cura de Ars, santa Bernardita, san Pedro-Julián Eymard, el cardenal Wiseman, etc. Tuvo, por otra parte, la alegría de bautizar a diez miembros de su familia judía.

Al fin, agotado por el trabajo y contagiado de viruela, muere en 1871, a los cincuenta años de edad, estando en Spandau, Alemania, al servicio de los prisioneros franceses de la guerra franco-prusiana.

El apóstol de la Eucaristía

El padre Hermann, famoso predicador, hace voto de mencionar la Eucaristía en todos sus sermones. Y no le cuesta nada cumplirlo, pues como su tesoro es la Eucaristía, allí está, pues, su corazón; y de la abundancia del corazón habla su boca (+Mt 6,21; 12,34).

Aunque al entrar en el Carmelo dejó del todo la composición de música, siendo estudiante de teología, le autorizaron en una ocasión sus superiores esa actividad como descanso. Y como no podía ser menos, compuso una colección de Cánticos al Santísimo Sacramento, la más perfecta de todas sus obras. En la introducción, escribe emocionado:

«Jesús, adorado por mí, que me has conducido a la soledad para hablarme al corazón; por mí, cuyos días y noches se deslizan felizmente en medio de las celestiales conversaciones de tu Presencia adorable, entre los recuerdos de la comunión de hoy y las esperanzas de la comunión de mañana... Yo beso con entusiasmo las paredes de mi celda querida, en la que nada me distrae de mi único pensamiento, en la que no respiro sino para amar tu divino Sacramento…

«¡Que vengan, que vengan los que me han conocido en otro tiempo, y que menosprecian a un Dios muerto de amor por ellos!… Que vengan, Jesús mío, y sabrán si tú puedes cambiar los corazones. Sí, mundanos, yo os lo digo, de rodillas ante este amor despreciado: si ya no me veis esforzarme sobre vuestras mullidas alfombras para mendigar aplausos y solicitar vanos honores, es porque he hallado la gloria en el humilde tabernáculo de Jesús-Hostia, de Jesús-Dios.

«Si ya no me veis jugar a una carta el patrimonio de una familia entera, o correr sin aliento para adquirir oro, es porque he hallado la riqueza, el tesoro inagotable en el cáliz de amor que guarda a Jesús-Hostia.

«Si ya no me veis tomar asiento en vuestras mesas suntuosas y aturdirme en las fiestas frívolas que dais, es porque hay un festín de gozo en el que me alimento para la inmortalidad y me regocijo con los ángeles del cielo. Es porque he hallado la felicidad suprema. Sí, he hallado el bien que amo, él es mío, lo poseo, y que venga quien pretenda despojarme de él.

«Pobres riquezas, tristes placeres, humillantes honores eran los que perseguía con vosotros… Pero ahora que mis ojos han visto, que mis manos han tocado, que sobre mi corazón ha palpitado el corazón de un Dios, ¡oh, cómo os compadezco, en vuestra ceguera, por perseguir y lograr placeres incapaces de llenar el corazón!

«Venid, pues, al banquete celestial que ha sido preparado por la Sabiduría eterna; ¡venid, acercaos!… Dejad ahí vuestros juguetes vanos, las quimeras que traéis, arrojad a lo lejos los harapos engañadores que os cubren. Pedid a Jesús el vestido blanco del perdón, y, con un corazón nuevo, con un corazón puro, bebed en el manantial límpido de su amor… «¡Venid y ved qué bueno es el Señor!» [Sal 33,9].

«¡Oh Jesús, amor mío, cómo quisiera demostrarles la felicidad que me das! Me atrevo a decir que, si la fe no me enseñase que contemplarte en el cielo es mayor gozo aún, no creería jamás posible que existiera mayor felicidad que la que experimento al amarte en la Eucaristía y al recibirte en mi pobre corazón, que tan rico es gracias a ti!»…

No fueron éstos unos pasajeros fervores de novicio. Por el contrario, durante toda su vida -como se comprueba en su diario, en sus cartas y predicaciones- el Espíritu Santo mantuvo su corazón encendido en la llama de un amor inmenso al Jesús de la Eucaristía.

Jesucristo es hoy la Eucaristía

El amor abrasador del padre Hermann a la Eucaristía, es decir, a Jesucristo, hacía que no pudiera comulgar o llevar el Sacramento sin experimentar una emoción tan viva y fuerte que se parecía a la embriaguez. De esta vivencia personal tan profunda reciben sus escritos eucarísticos una vibración tan singular.

«¡Oh, Jesús! ¡oh, Eucaristía, que en el desierto de esta vida me apareciste un día, que me revelaste la luz, la belleza y grandeza que posees! Cambiaste enteramente mi ser, supiste vencer en un instante a todos mis enemigos… Luego, atrayéndome con irresistible encanto, has despertado en mi alma un hambre devoradora por el Pan de vida y en mi corazón has encendido una sed abrasadora por tu Sangre divina…

«Y ahora que te poseo y que me has herido en el corazón, ¡ah!, deja que les diga lo que para mi alma eres…

«¡Jesucristo, hoy, es la sagrada Eucaristía! Jesus Christus hodie [+Heb 13,8]. ¿Es posible pronunciar esta palabra sin sentir en los labios una dulzura como de miel? ¿como un fuego ardiente en las venas? ¡La sagrada Eucaristía! El habla enmudece, y sólo el corazón posee el lenguaje secreto para expresarlo.

«¡Jesucristo en el día de hoy!…

«Hoy me siento débil… Necesito una fuerza que venga de arriba para sostenerme, y Jesús bajado del cielo se hace Eucaristía, es el pan de los fuertes.

«¡Hoy me hallo pobre!… Necesito un cobertizo para guarecerme, y Jesús se hace casa… Es la casa de Dios, es el pórtico del cielo, ¡es la Eucaristía!…

«Hoy tengo hambre y sed. Necesito alimento para saciar el espíritu y el corazón, y bebida para apagar el ardor de mi sed, y Jesús se hace trigo candeal, se hace vino de la Eucaristía: Frumentum electorum et vinum germinans virgines [trigo que alimenta a los jóvenes y vino que anima a las vírgenes: Zac 9,17].

«Hoy me siento enfermo… Necesito una medicina benéfica para curarme las llagas del alma, y Jesús se extiende como ungüento precioso sobre mi alma al entregárseme en la Eucaristía: impinguasti in oleo caput meum; oleum effusum… oleo lætitiæ unxi eum… fundens oleum desuper [Sal 22,5; 44,8; 88,21].

«Hoy necesito ofrecer a Dios un holocausto que le sea agradable, y Jesús se hace víctima, se hace Eucaristía.

«Hoy en fin me hallo perseguido, y Jesús se hace coraza para defenderme: scutum meum et cornu salutis meæ [mi escudo y la fuerza de mi salvación: 2Re 22,3 Vulgata]. Me hace temible al demonio.

«Hoy estoy extraviado, se me hace estrella; estoy desanimado, me alienta; estoy triste, me alegra; estoy solo, viene a morar conmigo hasta la consumación de los siglos; estoy en la ignorancia, me instruye y me ilumina; tengo frío, me calienta con un fuego penetrante.

«Pero, más que todo lo dicho, necesito amor, y ningún amor de la tierra había podido contentar mi corazón, y es entonces sobre todo cuando se hace Eucaristía, y me ama, y su amor me satisface, me sacia, me llena por entero, me absorbe y me sumerge en un océano de caridad y de embriaguez.

«Sí, ¡amo a Jesús, amo a la Eucaristía! ¡Oídlo, ecos; repetidlo a coro, montañas y valles! Decidlo otra vez conmigo: ¡Amo a la Eucaristía! Jesús hoy es Jesús conmigo»…

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