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	<title>Nostra Aetate archivos - Judia &amp; Catolica</title>
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	<description>Mi Camino Personal y Reflexiones sobre ser Judia y Católica, al mismo tiempo. E intentando hacer Visible algo de lo Invisible</description>
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	<title>Nostra Aetate archivos - Judia &amp; Catolica</title>
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		<title>¿Los judíos deben convertirse?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[luciana]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 11 Jun 2026 15:18:46 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>¿Deben convertirse los judíos al catolicismo? Es una pregunta incómoda. Y siempre lo fue. Después de tantos siglos de heridas, persecuciones y malos entendidos, hablar de este tema no es fácil. A mí, cuando vivía mi fe únicamente desde el judaísmo (antes de abrazar también la fe católica), no me gustaba escuchar que alguien dijera [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>¿Deben convertirse los judíos al catolicismo? Es una pregunta incómoda. Y siempre lo fue.</p>



<p>Después de tantos siglos de heridas, persecuciones y malos entendidos, hablar de este tema no es fácil.</p>



<p>A mí, cuando vivía mi fe únicamente desde el judaísmo (antes de abrazar también la fe católica), no me gustaba escuchar que alguien dijera que rezaba por mi conversión. El judío ama profundamente su religión, sus tradiciones y su identidad. Y, aunque detrás de esas palabras pueda haber una buena intención, no deja de sentirse como si alguien quisiera quitarle algo muy valioso.</p>



<p>Pero para mí la pregunta esencial, la que lo cambia todo, es esta.</p>



<p><strong>¿Es Jesús el Mesías prometido a Israel?</strong></p>



<p>Porque, en realidad, respondiendo eso se responde todo. Si Jesús no es el Mesías, ningún judío debería seguirlo. </p>



<p>Pero <strong>si Jesús es el Mesías esperado por el pueblo de Israel,</strong> entonces un judío que lo reconoce no abandona el judaísmo, sino que continúa el camino de la promesa en su etapa mesiánica. </p>



<p>Eso es, justamente, lo que hicieron los primeros discípulos. Eran judíos. Los apóstoles eran judíos. San Pablo era judío. No sintieron que estuvieran traicionando a su pueblo, sino <strong>descubriendo que Dios había cumplido aquello que había prometido desde Abraham y los profetas.</strong></p>



<p>Por eso me gusta decir que <strong>un judío que abraza la fe católica no deja de ser judío.</strong> Comprende su judaísmo desde una profundidad nueva. Descubre que la promesa y su cumplimiento forman una única historia, plena completa.</p>



<h3 class="wp-block-heading">¿Qué pasa con quienes no llegaron a reconocerlo?</h3>



<p>La Iglesia enseña algo que muchas veces se cita sin contexto: <strong><em>«Fuera de la Iglesia no hay salvación».</em></strong></p>



<p>Durante siglos esta frase generó muchas discusiones y, a veces, se interpretó de una manera demasiado simple, como si significara que Dios hubiera cerrado las puertas de su misericordia a todos los que no pertenecen visiblemente a la Iglesia.</p>



<p>Pero el Catecismo explica que esta afirmación debe entenderse de un modo positivo. Toda salvación viene de Cristo y de la Iglesia:   Jesús mismo dijo:</p>



<p><em>«Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.»</em> (Jn 14,6)</p>



<p>Sin embargo, la misma Iglesia reconoce que <strong>no podemos poner límites a la acción de Dios en el corazón humano.</strong> Por eso enseña, y vale la pena leerlo con atención:</p>



<p><em>«Los que, sin culpa propia, desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con corazón sincero y se esfuerzan por cumplir su voluntad, conocida mediante el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna.»</em> (CIC 847)</p>



<h3 class="wp-block-heading">El peso de dos mil años de heridas</h3>



<p>Y pienso que, en el caso del pueblo judío, y quizás de otras personas con otras historias, existe una realidad todavía más profunda.</p>



<p><strong>Muchas veces no se trata simplemente de desconocer a Jesús.</strong></p>



<p>Hay casi dos mil años de heridas, persecuciones, expulsiones, acusaciones injustas y violencias cometidas por <strong>hombres que utilizaron el nombre de Cristo para hacer exactamente lo contrario de lo que Él enseñó.</strong></p>



<p>Todo eso fue construyendo una<strong> imagen distorsionada de Jesús y abriendo un abismo entre el judaísmo y el cristianismo.</strong></p>



<p>Ese abismo no lo creó Jesús. Pero está ahí.</p>



<p>Y creo que Dios, que conoce el corazón de cada persona y la historia de cada pueblo, también conoce el peso de esas heridas.</p>



<p>Hay personas que no rechazan a Jesús. Quizás rechazan la imagen de Jesús que recibieron. Y eso es algo que nosotros no podemos medir.</p>



<h3 class="wp-block-heading">La historia de Hermann Cohen</h3>



<p>Hay una historia que, para mí, ilustra muy bien todo esto: la de un judío del siglo XIX llamado Hermann Cohen.</p>



<p>Su vida reúne, de alguna manera, las dos caras de esta reflexión. Por un lado, la de un judío que descubre en Jesús al Mesías prometido y comprende que abrazar el cristianismo no significa abandonar a Israel, sino encontrar el cumplimiento de la promesa.</p>



<p>Hermann era un brillante pianista, discípulo de Liszt. Después de una profunda experiencia espiritual con la eucaristía, abrazó la fe católica y terminó entregando toda su vida a Dios como monje carmelita.</p>



<p>Pero, al mismo tiempo, su vida muestra el misterio de aquellas personas que, por las circunstancias de su camino, de su herencia familiar o incluso del peso acumulado por su pueblo, no pueden dar ese mismo paso.</p>



<p>Su madre nunca pudo aceptar el camino que había tomado su hijo.</p>



<p>Hermann rezó durante años por ella. Deseaba que también pudiera reconocer al Mesías. Pero su madre murió sin que él viera cumplido ese deseo.</p>



<p>Tiempo después, Hermann recibió una carta contando un hecho extraordinario. Un sacerdote relataba que una religiosa había tenido una gracia especial relacionada con la muerte de su madre y había comprendido que, en el último instante de su vida, aquella mujer había recibido una luz de Dios y había respondido a ella.</p>



<p>No sabemos con certeza histórica todos los detalles de este relato. Pero sí nos deja una enseñanza muy profunda.</p>



<p><strong>La misericordia de Dios supera siempre nuestras categorías.</strong></p>



<p>¿Quién puede conocer lo que sucede en el último diálogo entre un alma y su Creador?</p>



<p>¿Quién puede medir el peso de las heridas, de la historia, de los miedos o de las falsas imágenes que una persona recibió durante toda su vida?</p>



<h3 class="wp-block-heading">¿Entonces hay que rezar por la conversión de los judíos?</h3>



<p>La fe es un don. No se puede imponer.</p>



<p>Se puede anunciar, se puede compartir, se puede testimoniar. Pero, sobre todo, se puede <strong>demostrar con la propia vida.</strong></p>



<p>¿Qué imagen de Dios transmitimos? ¿Qué imagen de Jesús mostramos a los demás? ¿Cómo nos cambia la vida creer en Él?</p>



<p>Porque muchas veces las personas no se acercan a una idea, sino a un <strong>testimonio</strong>.</p>



<p>Se escucha mucho decir que hay que rezar por la conversión de los judíos para salvar su alma. Y sí, la salvación importa. Pero pienso que hay algo todavía más hermoso:<br><br>Por cómo transforma nuestro presente.</p>



<p>Por cómo ilumina nuestra historia.</p>



<p>Por cómo nos ayuda a atravesar todo lo que nos sucede.</p>



<p>Conocer que Dios cumple sus promesas.</p>



<p>Descubrir que el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob no abandonó a su pueblo.</p>



<p>Comprender que nos amó tanto que envió a su Hijo al mundo, no para condenarlo, sino para que el mundo se salve por Él. (Jn 3,16-17)</p>



<p>Por eso, personalmente, pienso que no se trata de rezar por la conversión de los judíos, sino de rezar para que puedan descubrir que el Mesías prometido a Israel ya vino y es Jesús.</p>



<p>Porque estoy convencida de que un judío que encuentra a Jesús no pierde su identidad. Encuentra la plenitud de la promesa divina.</p>



<p>Ojalá todos pudieran conocer a Jesús no solamente por el destino eterno de su alma, sino por el tesoro que significa tenerlo en la propia vida. </p>



<p></p>
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		<title>¿Quién mató a Jesús?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[luciana]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 16 Jan 2018 14:08:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Pensamientos Visibles]]></category>
		<category><![CDATA[¿Por qué por tanto tiempo se culpó a los judíos de la muerte de Jesús?]]></category>
		<category><![CDATA[Concilio Vaticano II]]></category>
		<category><![CDATA[Nostra Aetate]]></category>
		<category><![CDATA[Quién mató a Jesús?]]></category>
		<category><![CDATA[siervo sufriente Isaías]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Muchas veces en las series o películas, cuando alguien es atacado y queda inconsciente, la policía o los detectives, están a la espera de que esa persona se despierte para que cuente quién fue su atacante y así fácilmente se revele la incógnita. En el caso de Jesús es diferente, ya que su muerte fue [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Muchas veces en las series o películas, cuando alguien es atacado y queda inconsciente, la policía o los detectives, están a la espera de que esa persona se despierte para que cuente quién fue su atacante y así fácilmente se revele la incógnita.</p>
<p>En el caso de Jesús es diferente, ya que su muerte fue una cuestión pública. Sin embargo, aún parece un misterio sin respuestas claras y directas.<strong> Quién mató a Jesús?</strong> Fueron los judíos? Fueron los Romanos? Fue la humanidad?</p>
<p><strong>Si lo tuviésemos a Jesús frente nuestro y le preguntáramos, ¿Quién te ha matado? ¿Qué nos respondería?</strong></p>
<p>¿Es necesario para responder esto indagar en la historia? ¿Poner el dedo en heridas que aún no han sanado? ¿O es suficiente con usar sus propias palabras?</p>
<blockquote><p><em>El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla. <strong>Nadie me la quita</strong>, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre&nbsp;</em>(Juan 10.17)</p></blockquote>
<p>Ésta es su respuesta, éstas son sus palabras. ¿Y nosotros, acaso, al entrar en esta la discusión acerca de quién lo mató, no actuamos como si fuésemos las personas debajo de la cruz de Jesús cuando le decían <em>“sálvate a tí mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!</em>”.(Mt.27.40), perdiendo de vista el real sentido de su venida?</p>
<p>Es que nos cuesta entenderlo. La lógica de Dios es muy diferente a la nuestra. De esperar un Mesías poderoso, un nuevo Rey David, lleno de gloria y dominio, recibimos un mesías hijo de un carpintero, montado en un burro, humillado, torturado, crucificado, “<em>escándalo para los judíos y locura para los paganos</em>” (1 Co 1.23).</p>
<p>Y tratando de encontrar respuestas, a veces las buscamos en los lugares equivocados, y en lugar de poner la mirada en el por qué o el para qué, nos ponemos del lado de los acusadores, buscando a un culpable, a alguien a quien señalar, a un “chivo expiatorio” donde centrar nuestra mirada de forma exterior, evitando el cuestionamiento interior.</p>
<p><strong>El mismo Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) &nbsp;dice:</strong></p>
<p>“<strong><em>La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios</em></strong><em>, como lo explica san Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: «Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios</em>» (<em>Hch</em>&nbsp;2, 23).” (CIC, 598)</p>
<p><em>“</em><em>Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un <strong>designio de amor benevolente</strong> que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados</em>» (<em>1 Jn</em>&nbsp;4, 10; cf.&nbsp;<em>Jn</em>&nbsp;4, 19).” (CIC, 604)</p>
<p>“<em>Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, «los amó hasta el extremo» (Jn&nbsp;13, 1) porque «nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn&nbsp;15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte<strong>, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino</strong> que quiere la salvación de los hombres (cf.&nbsp;Hb&nbsp;2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, <strong>aceptó libremente su pasión y su muerte</strong> por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: «Nadie me quita [la vida]; yo la doy voluntariamente» (Jn&nbsp;10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando Él mismo se encamina hacia la muerte</em> (cf.&nbsp;<em>Jn</em>&nbsp;18, 4-6;&nbsp;<em>Mt</em>&nbsp;26, 53).” (CIC, 609)</p>
<p>Y entonces si es tan claro,<strong> ¿Por qué por tanto tiempo se culpó a los judíos de la muerte de Jesús?</strong>&nbsp;¿Por qué mi papá me cuenta que cuando era chiquito, los lunes los chicos del barrio le pegaban porque habían escuchado en Misa el domingo anterior que los judíos habían matado a Jesús?</p>
<p>Como lamentablemente pasa en muchos otros aspectos, siempre hay malas interpretaciones de los hechos y también de las Sagradas Escrituras.</p>
<p>Sólo la lectura fundamentalista y literal de los textos de los evangelios permite a ciertas personas sostener aun hoy tal acusación. Pero gracias a Dios que la Iglesia reiteradamente ha clarificado este tema y el Concilio Vaticano II lo dejó muy claro también.</p>
<p>La Declaración&nbsp;<em>Nostra Aetate</em>&nbsp;del&nbsp;Concilio Vaticano II&nbsp;iniciado por&nbsp;Juan XXIII&nbsp;afirma que <em>«no puede ser imputado ni indistintamente a todos los&nbsp;</em><em>judíos&nbsp;que entonces vivían ni a los judíos de ho</em>y» <strong>desligando de esta forma la responsabilidad colectiva de los judíos en la muerte de Jesús</strong>.</p>
<p>Asimismo, en el libro &#8216;<em>Jesús de Nazaret</em>, el <strong>Papa&nbsp;</strong><strong>Benedicto XVI&nbsp;exoneró a los judíos por la muerte de Jesús</strong>. Entre muchas otras cosas dice:</p>
<p>“San Pablo insiste en este sentido de que Jesús da la vida por nosotros, por amor a nosotros: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella» (<em>Ef</em>&nbsp;5, 25); «Cristo murió por todos cuando todos estaban muertos» (2&nbsp;<em>Cor</em>&nbsp;5, 4); «uno murió por todos» (cfr p.e.,&nbsp;<em>Rom</em>&nbsp;5, 6. 8; 8, 32; 14, 15; 1&nbsp;<em>Cor</em>&nbsp;11, 24;&nbsp;<em>Gal</em>&nbsp;2, 20;1&nbsp;<em>Tim</em>&nbsp;2, 6;&nbsp;<em>Tit</em>&nbsp;2, 14). Esta entrega por nosotros no significa otra cosa sino que Cristo «nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio de suave olor» (<em>Ef</em>&nbsp;5, 2). En&nbsp;<em>Hebreos</em>, la muerte de Cristo, «más valiosa que todos los sacrificios», sustituye a todos los anteriores sacrificios y es suficiente ella sola para purificar las conciencias de todos los hombres (cfr&nbsp;<em>Hebr</em>&nbsp;9, 11-28).</p>
<p>Son muchos más los textos que hablan de la muerte de Cristo como sacrificio. En realidad estas afirmaciones se encuentran ya en los primeros escritos del Nuevo Testamento y están ligadas a lo que Jesús dijo en torno a la entrega de su vida, al aplicarse a sí mismo los<strong> sufrimientos del Siervo del Libro de Isaías:</strong></p>
<p><em>“</em><em>¿Quién creyó lo que nosotros hemos oído y a quién se le reveló el brazo del Señor? El creció como un retoño en su presencia, como una raíz que brota de una tierra árida, sin forma ni hermosura que atrajera nuestras miradas, sin un aspecto que pudiera agradarnos. <strong>Despreciado, desechado por los hombres</strong>, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada. <strong>Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias</strong>, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él <strong>y por sus heridas fuimos sanados. </strong>Todos andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, y el Señor hizo recaer sobre él las iniquidades de todos nosotros. Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: <strong>como un cordero llevado al matadero</strong>, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca. Fue detenido y juzgado injustamente, y ¿quién se preocupó de su suerte? Porque fue arrancado de la tierra de los vivientes y golpeado por las rebeldías de mi pueblo. Se le dio un sepulcro con los malhechores y una tumba con los impíos, aunque no había cometido violencia ni había engaño en su boca. El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento. Si <strong>ofrece su vida en sacrificio de reparación</strong>, verá su descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él. A causa de tantas fatigas, él verá la luz y, al saberlo, quedará saciado. Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos. Por eso le daré una parte entre los grandes y él repartirá el botín junto con los poderosos. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los culpables, siendo así que llevaba el pecado de muchos e <strong>intercedía en favor de los culpables</strong></em><strong>.”</strong> (Isaías 53)</p>
<p>Jesús, el siervo sufriente, por propia voluntad, aunque no sin dificultad, se ofrece a sí mismo como Sacerdote y Víctima de la nueva y eterna alianza. Nos trae un nuevo éxodo, nos libera, muere por nosotros y a través de compartir nuestra humanidad, nos comparte su divinidad. Un Dios que nos ama hasta el extremo, y es capaz de hacer locuras que van mucho más allá de nuestra lógica, con tal de no pasar la eternidad lejos de nosotros.</p>
<p><strong>Es la historia de amor más grande que jamás existió. Ojalá podamos poner nuestra mirada allí y entrar en ese romance que no se extingue nunca.</strong></p>
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