Otros JudiosYCatolicos archivos - Judia & Catolica https://judiaycatolica.com/category/otros-judiosycatolicos/ Mi Camino Personal y Reflexiones sobre ser Judia y Católica, al mismo tiempo. E intentando hacer Visible algo de lo Invisible Sat, 19 Jul 2025 22:10:52 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.3 https://judiaycatolica.com/wp-content/uploads/2023/11/cruzymagendavid-150x150.jpg Otros JudiosYCatolicos archivos - Judia & Catolica https://judiaycatolica.com/category/otros-judiosycatolicos/ 32 32 Novena Sta. Edith Stein https://judiaycatolica.com/novena-santa-edith-stein/ https://judiaycatolica.com/novena-santa-edith-stein/#respond Sat, 19 Jul 2025 20:54:26 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3440 Santa Edith Stein –también conocida como Teresa Benedicta de la Cruz– fue filósofa, judía, católica, carmelita, mártir. Su vida desafía toda etiqueta, pero tiene un hilo conductor profundo: la búsqueda incansable de la verdad. Esa búsqueda la llevó desde el ateísmo hasta la fe, desde la cátedra universitaria hasta el silencio del Carmelo, desde la […]

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Santa Edith Stein –también conocida como Teresa Benedicta de la Cruz– fue filósofa, judía, católica, carmelita, mártir. Su vida desafía toda etiqueta, pero tiene un hilo conductor profundo: la búsqueda incansable de la verdad. Esa búsqueda la llevó desde el ateísmo hasta la fe, desde la cátedra universitaria hasta el silencio del Carmelo, desde la seguridad hasta el martirio.

Hoy, su testimonio sigue iluminando a quienes desean unir fe y razón, corazón e inteligencia, judaísmo y cristianismo. Esta novena es una invitación a caminar con ella, a dejarnos tocar por su pensamiento, su oración y su entrega.

Prefacio

La novena fue compuesta por Elias Friedman, O.C.D., fundador de la Asociación de Católicos Hebreos (AHC), quien la recomienda a todos los devotos de Santa Edith. El momento más adecuado para rezarla es del 1 al 9 de agosto, en memoria anual de los días que nuestra santa mártir pasó en el tren de la muerte, acompañada por su hermana Rosa y muchos otros católicos de origen judío, camino a las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau.

Presentamos esta Novena al público con la esperanza de fomentar la devoción a nuestra santa carmelita y como modelo a imitar para los católicos hebreos. Edith Stein se ofreció, como Jesús, nuestro Señor y Mesías, como víctima de expiación por la redención de su pueblo y de toda la humanidad.

Que nuestros esfuerzos apresuren el día en que todo Israel proclame:

¡Bendito el que viene en el Nombre del Señor!
(Baruj Haba BeShem Adonai)

David Moss, Presidente
Asociación de Católicos Hebreos


Novena – Día 1, sábado 1 de agosto de 1942

Novena a Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein)

Día 1 – Sábado 1 de agosto de 1942
Carmelo de Echt, Holanda

Fue el último día de libertad para Santa Edith y su hermana Rosa. Para entonces, Santa Edith había alcanzado una clara percepción del carácter escatológico de la crisis que afectaba a los judíos de Alemania y del papel que ella estaba llamada a desempeñar en ese drama, como víctima de expiación por su pueblo y por la humanidad.

Ya el 26 de marzo de 1939, Edith había enviado una petición a su priora en una postal usada (por motivos de pobreza monástica), pidiendo permiso para ofrecerse a Jesús en expiación, para que se rompiera el dominio del Anticristo y se alcanzara la paz.

“Lo pido hoy porque ya es la duodécima hora. Sé que no soy nada, pero Jesús lo quiere, y Él llamará a muchos más a este mismo sacrificio en estos días.”

El manuscrito de su libro La Ciencia de la Cruz yacía sobre su mesa; nunca se terminaría, porque al día siguiente, la Gestapo vendría a sacarla del convento. Lo que leemos en él es prueba de la claridad y el valor con que comprendió su llamado a la expiación, clave de su destino terrenal.

A su alrededor, la atmósfera se volvía cada vez más pesada, llena de miedo y presagios. Unos días antes (el 28 de julio), su hermano Paul, su esposa Eva y su hija habían sido enviados al campo de Theresienstadt. Hede Spiegel, su ahijada, deprimida y angustiada, se acercó a la reja del convento para desahogar sus temores por el futuro, temores que compartían también las hermanas del Carmelo de Echt, donde Edith había sido enviada por sus superiores para refugiarse de la persecución a los judíos que azotaba Alemania. Edith, en cambio, mantenía una compostura y una fe en Dios sólidas como una roca, que impresionaban a todos los que la rodeaban. La Iglesia ha definido desde entonces su virtud como heroica.

Lectura del Evangelio

“Mientras iban de camino para subir a Jerusalén, Jesús se adelantaba a sus discípulos; ellos estaban asombrados y los que lo seguían tenían miedo. Entonces reunió nuevamente a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder: «Ahora subimos a Jerusalén; allí el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos”


— Marcos 10:32-34

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

(Puede añadirse aquí cualquier oración adecuada)

¡Santa Edith, ruega por nosotros!

Novena – Día 2, domingo 2 de agosto de 1942

Día 2 – Domingo 2 de agosto de 1942
Carmelo de Echt, Holanda

Lo que ocurrió ese día en el Carmelo de Echt es hoy conocido en todo el mundo; pero conviene recordar las circunstancias.

Los obispos católicos de Holanda habían emitido una protesta conjunta contra la deportación de los judíos holandeses por parte de los nazis, y ordenaron que dicha protesta se leyera en todas las Misas de todas las iglesias el domingo 26 de julio. Antes de eso, los obispos habían logrado que las autoridades nazis concedieran una exención de la deportación para los católicos de origen judío, siempre que estas personas hubieran pertenecido a una organización cristiana antes de enero de 1941.

La carta pastoral de los obispos generó inquietud ante la posibilidad de una reacción nazi; y esta no tardó en llegar. El 2 de agosto, todos los cristianos de origen judío, pertenecientes a cualquier comunidad religiosa del país, fueron arrestados y llevados por la Gestapo. El Comisario General Schmidt anunció públicamente que estaba tomando represalias por la carta pastoral del 26 de julio. Especificó, diciendo:

“Nos vemos obligados a considerar a los judíos católicos como nuestros peores enemigos y, en consecuencia, a asegurar su deportación al Este con la mayor rapidez posible.”

La violenta reacción de los nazis ante la carta pastoral de los obispos holandeses fue lo que motivó a Su Santidad, Pío XII, a abstenerse de publicar y destruir su propia protesta, que ya tenía redactada. Si esa era la reacción ante la protesta de los obispos holandeses, razonó él, ¿cuál no sería la reacción ante una protesta del Papa? Por orden suya, los monasterios y conventos de toda Italia habían acogido a refugiados judíos que huían de la persecución alemana. El propio Vaticano estaba repleto de judíos que habían acudido a sus puertas en busca de refugio.

En ejecución de la decisión del Comisario General Schmidt, dos miembros de las SS llegaron al Carmelo de Echt para llevarse a nuestra Santa Edith y a su hermana Rosa en una camioneta policial.

La deportación de nuestra mártir y su hermana fue un acto perpetrado por odio a la fe, como represalia por la condena de la persecución nazi contra los judíos, expresada por la jerarquía católica de Holanda; que nuestra mártir fuera de origen judío no habría sido, por sí solo, causa suficiente para su deportación y muerte.

Lectura del Evangelio

“Después dijo a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido a arrestarlo: «¿Soy acaso un ladrón para que vengan con espadas y palos?. Todos los días estaba con ustedes en el Templo y no me arrestaron. Pero esta es la hora de ustedes y el poder de las tinieblas».

 — Lucas 22:52-53

Padre Nuestro, Ave María, Gloria
(Puede decirse aquí cualquier oración adecuada)
¡Santa Edith, ruega por nosotros!


Novena – Día 3, domingo 2 al lunes 3 de agosto de 1942
Día 3 – Del domingo 2 al lunes 3 de agosto de 1942
De Echt a Amersfoort

La camioneta policial trasladó a nuestra Santa Edith y a su hermana Rosa desde el Carmelo de Echt hasta la jefatura de policía en Roermond, primera estación en su camino de la cruz. Esa misma noche, fueron transportadas al campo de tránsito de Amersfoort.

Ese domingo 2 de agosto, los nazis detuvieron a unos trescientos católicos hebreos en toda Holanda, llevándolos a Amersfoort desde el norte y el sur del país. El transporte desde Roermond, en el sur, estaba compuesto por dos furgones policiales: uno con trece personas y otro con diecisiete. En el vehículo en el que viajaba nuestra Edith, además de Rosa, iban seis religiosas más, todas católicas de origen judío. Entre ellas estaba la hermana Judith Méndez da Costa, monja dominica, y dos trapenses, hermanas de sangre, de la notable familia Löb; de sus tres hermanos, arrestados con ellas, dos eran sacerdotes trapenses y uno era hermano lego de la misma Orden. En ese mismo transporte viajaban también la esposa y los hijos del escritor Herman de Man.

El viaje de Roermond a Amersfoort normalmente tomaba entre tres y cuatro horas; pero en esta ocasión, debido al apagón obligatorio, el conductor se perdió, y llegaron a Amersfoort recién a las tres de la madrugada del lunes 3 de agosto.

Lectura del Evangelio

“Entonces Jesús agregó: «Ustedes beberán el cáliz que yo beberé y recibirán el mismo bautismo que yo.”
— Marcos 10:39

Padre Nuestro, Ave María, Gloria
(Puede decirse aquí cualquier oración adecuada)
¡Santa Edith, ruega por nosotros!


Novena – Día 5, Martes 4 al Miércoles 5 de agosto de 1942

Del Amersfoort a Westerbork

En la noche del martes 4 de agosto, los prisioneros fueron cargados en un vagón de tren y llevados a la estación ferroviaria de Amersfoort, bajo estrictas órdenes de no levantar las cortinas de sus compartimentos. Por los gritos del jefe de estación dedujeron que su tren se dirigía a Westerbork. Pasando por Apeldoorn, Zwolle, Meppel y Hoogeveen, el tren llegó a Hooghalen, en el norte de Holanda: tantos nombres nuevos en su camino de la cruz.

El campo de concentración de Westerbork se encuentra a unos cinco kilómetros de la estación de tren de Hooghalen. El tren que transportaba a nuestros prisioneros se detuvo en un tramo abierto del campo, donde descendieron de los vagones; debía de ser alrededor de las tres de la mañana. Un destacamento de veinte hombres con brazaletes los esperaba para ayudarlos a trasladar su equipaje a dos carros tirados por caballos, en los que también subieron los enfermos, los ancianos y los religiosos. Los demás fueron conducidos en la oscuridad a través de campos, bosques y setos durante una hora hasta llegar al campo. Ya era la mañana del miércoles 5 de agosto.

Lectura del Evangelio

“Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo. Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: «Salud, rey de los judíos». Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza. Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar.”

Mateo 27:27-31

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

(Se puede rezar aquí cualquier oración adecuada)

¡Santa Edith, ruega por nosotros!


Novena – Día 6, Miércoles 5 al Jueves 6 de agosto de 1942
En el campo de concentración de Westerbork

El campo consistía en miles y miles de barracas, rodeadas por una alta cerca de alambre de púas, con numerosas torres de vigilancia ocupadas por gendarmes armados con ametralladoras y reflectores para impedir cualquier intento de fuga. En ese momento, se encontraban reunidos allí mil doscientos católicos de origen judío, entre los cuales había una docena de religiosos. Estos aún vestían sus hábitos religiosos, en los que estaba cosida una estrella amarilla en forma de parche, signo de su infamia ante los ojos de los nazis. Santa Edith encontró en el campo a conocidos e incluso a miembros de su familia.

Los prisioneros eran atendidos por un Consejo Judío, que mostró particular amabilidad hacia los católicos hebreos, ayuda de la que pronto fueron privados cuando el comandante del campo ordenó que fueran aislados del resto.

La mañana comenzó con un rápido examen médico, tras el cual una enfermera condujo a las religiosas a su barraca, una choza sucia y llena de barro. Las hermanas se lavaron en un pequeño lavabo. Rezaron sus oraciones matutinas, seguidas de una meditación, mientras los guardias patrullaban afuera de su recinto. Las dos carmelitas rezaron el Oficio completo, mientras que las otras recitaban el Oficio Parvo de la Virgen, como estaban acostumbradas.

A las 7 a.m. se les permitió caminar dentro del recinto por un breve período. Después del desayuno, podían conseguir café en la cocina. Luego se les ordenó limpiar sus alojamientos.

Al mediodía, los prisioneros fueron despojados de todos sus objetos de valor —oro, plata, dinero, incluso el cambio más pequeño— y fueron llevados a un enorme edificio de madera para registrar sus datos personales. Durante las siguientes cuatro horas, desfilaron de mesa en mesa llenando formularios sobre sus pertenencias y circunstancias. En el mismo edificio había una cocina, usada en ocasiones para conciertos. Una vez finalizado el registro, cada uno fue fotografiado sentado en un taburete, sosteniendo una pizarra en la que estaba escrito su número de prisionero. En ese momento, el sentimiento de estar en prisión se volvió abrumador.

Las comidas consistían invariablemente en papas y zanahorias. A las religiosas se les permitía distribuir su ración desde una sopera traída a su barraca; los demás debían hacer fila en la cocina.

Los hombres fueron finalmente separados de las mujeres. La hermana Judith Mendez da Costa, dominica, cuya familia de origen portugués se había establecido en Holanda siglos atrás, tuvo la serenidad de comentar en una carta que escribió desde el campo a su superiora, que el clima era hermoso.

Del 5 al 7 de agosto – En el campo de concentración de Westerbork

Somos afortunados de contar con varios testimonios sobre el comportamiento de Santa Edith durante su permanencia en el campo de Westerbork.

Antes de dejar Westerbork, Santa Edith logró enviar dos notas a su priora, escritas con lápiz en dos hojas arrancadas de un bloc de notas. En la primera nota hay una frase que refleja su actitud interior durante la prueba:

“Solo se puede aprender la Scientia Crucis si se siente la Cruz en carne propia. Yo estuve convencida de eso desde el principio y he dicho con todo mi corazón: Ave Crux, spes unica” (¡Salve, oh Cruz, única esperanza!).

La señora Bromberg, quien junto a su familia —todos católicos de origen judío— acompañó a Edith desde Amersfoort hasta Westerbork, estuvo en estrecho contacto con la carmelita. Como mencionamos, la familia sobrevivió a la guerra y la señora Bromberg dio el siguiente testimonio, escrito por su hijo, el P. Ignacio Bromberg, O.P.:

“La gran diferencia entre Edith Stein y las otras hermanas residía en su silencio. Mi impresión personal es que estaba profundamente afligida, pero sin ansiedad. No puedo expresarlo mejor que diciendo que daba la impresión de cargar con un dolor tan inmenso que, incluso cuando sonreía, su sonrisa la hacía parecer aún más dolida. Casi nunca hablaba, pero miraba a su hermana Rosa con un dolor indescriptible. Pensaba en el sufrimiento que preveía que vendría para los demás, no en el suyo. Toda su apariencia, tal como la recuerdo sentada en aquella barraca, me sugería un solo pensamiento: una Piedad sin Cristo, una Raquel llorando por sus hijos.”

Otro testimonio igualmente impactante proviene de un hombre de negocios judío de Colonia, Julius Markan, quien fue puesto a cargo de los prisioneros en Westerbork y, junto a su esposa, se salvó de la deportación. Él escribió:

“Entre los prisioneros que llegaron el 5 de agosto, la hermana Benedicta destacaba por su calma y compostura. La confusión en las barracas y el alboroto causado por los nuevos llegados eran indescriptibles. La hermana Benedicta era como un ángel, yendo de mujer en mujer, consolándolas, ayudándolas, calmándolas. Muchas madres estaban al borde del colapso; no habían prestado atención a sus hijos en todo el día, simplemente se sentaban en desesperación muda. La hermana Benedicta cuidaba de los niños pequeños, los lavaba, les peinaba el cabello, se ocupaba de su comida y de otras necesidades. Durante toda su estancia allí, lavó y limpió por los demás, realizando una obra de caridad tras otra, hasta que todos se maravillaron de su bondad.”

Nuestra Santa pasó el mayor tiempo posible en oración, sin quejarse nunca, ni de la comida ni del comportamiento de los soldados. Todos, comenzando por Rosa, se beneficiaban de su ejemplo inspirador.

El Dr. Wielek, empleado en labores administrativas en el campo de Westerbork cuando llegó el transporte con Edith y su hermana Rosa, fue interrogado durante el proceso canónico diocesano. Dio el siguiente testimonio sobre su comportamiento en el campo:

“Se movía hablando, rezando, como una santa. En una conversación me dijo: ‘El mundo está hecho de opuestos, pero al final nada queda de esos contrastes. Lo único que permanece es el gran amor. ¿Cómo podría ser de otro modo?’ Hablaba con tal seguridad y humildad que conquistaba a todos los oyentes. Conversar con ella era un viaje a otro mundo. En esos momentos, Westerbork dejaba de existir. Ya no había duda de que ella y los demás bautizados (judíos) serían deportados a otro lugar en unas horas. Le pregunté a quién quería que informara de lo que estaba ocurriendo y si podía hacer algo por ella. Ella respondió preguntando por qué se debería hacer una excepción con ella o con su grupo. Era justo, dijo, que el hecho de estar bautizada no le diera ningún privilegio. Su vida estaría arruinada si no pudiera participar en el destino de los demás.”

Lecturas del Evangelio

“De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo: «¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él.”
Mateo 27,41-42

“Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde.”
Marcos 15,33

“Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo, y les dijo: «Ustedes me han traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de ustedes y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan; ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte.”
Lucas 23,13-15

Padre Nuestro, Ave María, Gloria
(se puede rezar aquí cualquier oración adecuada)

¡Santa Edith, ruega por nosotros!

Novena – Día 7

Viernes 7 de agosto de 1942
Salida de Westerbork hacia Auschwitz

El transporte estaba previsto para salir el jueves 6 de agosto, pero la partida fue pospuesta por una u otra razón. El jueves por la tarde, una mujer llegó al campo trayendo ropa de civil para las Hermanas. Se suponía, entonces, que estarían obligadas a cambiarse al llegar a la frontera, aunque no parece que tal cambio de hábito haya tenido lugar.

Durante la tarde del jueves, el Consejo Judío redactó las listas de las personas que debían ser transportadas en el próximo convoy hacia Auschwitz; las listas fueron leídas esa misma noche, para que los afectados pudieran hacer los preparativos que consideraran necesarios. La Gestapo había dado instrucciones estrictas al Consejo de no hacer ninguna excepción en este transporte en particular. Sin embargo, la familia Bromberg y la Hermana Judith fueron dejadas atrás por alguna cuestión técnica. La familia tuvo la fortuna de sobrevivir a la persecución, pero la Hermana Judith moriría más tarde en Auschwitz, en 1944.

El viernes por la mañana, 7 de agosto, a las tres y media, una larga fila de prisioneros —hombres, mujeres y niños— se alineó a lo largo del camino que cruzaba el campo. En esa fila estaban nuestra Santa Edith, Rosa y un millar más de católicos de origen judío. Los barracones habían sido vaciados por completo. Los hombres de las SS reemplazaron a los gendarmes holandeses y dieron con rudeza la orden de comenzar a marchar. A todos los empujaron dentro de vagones de carga, llenos hasta el punto de la asfixia. Santa Edith y las otras Hermanas, todavía vestidas con sus hábitos, estaban en la sección media del tren. Los otros prisioneros llevaban uniformes de prisión, aunque este hecho es debatido. Es conmovedor saber que el tren pasó por Breslau —a solo 50 o 60 kilómetros de Auschwitz—, en su camino hacia la frontera polaca. Breslau era la ciudad natal de nuestra Santa, aunque los vagones estaban tan herméticamente cerrados que tal vez ella ni siquiera se percató.

En Schifferstadt, sin embargo, es posible que una puerta se haya abierto por unos breves instantes, durante los cuales nuestra Edith logró reconocer a una exalumna que se encontraba en el andén y le hizo llegar saludos para sus Hermanas. “Diles”, dijo, “que voy camino al Este”. Tal vez no sabía que su destino era Auschwitz.

Muchos murieron en el trayecto, pero no se permitió retirar los cadáveres. Se puede imaginar la sed, el hambre y el sufrimiento —tanto físico como mental— de los pasajeros en esos “trenes de la muerte”.

Lectura del Evangelio

“Después, Jesús llevó aparte a los Doce y les dijo: «Ahora subimos a Jerusalén, donde se cumplirá todo lo que anunciaron los profetas sobre el Hijo del hombre.Será entregado a los paganos, se burlarán de él, lo insultarán, lo escupirán.”  
Lucas 18, 31–34

Padre Nuestro, Ave María, Gloria
(Cualquier oración apropiada puede añadirse aquí)

¡Santa Edith, ruega por nosotros!


Novena – Día 8, Viernes 7 al Sábado 8 de agosto de 1942

 Día 8 – Del 7 al 8 de agosto de 1942

En el tren de la muerte hacia Auschwitz

Santa Edith y sus compañeros prisioneros pasaron dos días en los vagones de un tren de carga que los llevó desde Westerbork, en Holanda, a través de Alemania hasta Auschwitz, en Polonia. El convoy estaba compuesto por exactamente 987 personas: hombres, mujeres y niños. Cada vagón estaba abarrotado con entre cincuenta y ochenta prisioneros. Las condiciones dentro de los vagones eran horribles.

El tren llegó a Auschwitz a las diez de la noche del sábado 8 de agosto, y fue registrado como un cargamento de pacientes psiquiátricos. Dos obreros que vieron a nuestra Santa Edith en el andén, vestida con su hábito carmelita, murmuraron entre sí que, al menos ella, no parecía estar loca. Cualquier comunicación con las víctimas estaba estrictamente prohibida.

Lectura del Evangelio

Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del Cráneo», en hebreo «Gólgota».”
(Juan 19:17)

Padre Nuestro, Ave María, Gloria
(Puede añadirse aquí cualquier oración apropiada)

¡Santa Edith, ruega por nosotros!


Novena – Día 9, Domingo 9 de agosto de 1942
Día 9 – Domingo, 9 de agosto de 1942

El Campo de Exterminio de Auschwitz

Auschwitz era, en ese tiempo, una pequeña ciudad provincial polaca, que acabaría dando su nombre al tristemente célebre campo de concentración abierto en sus cercanías por orden de Himmler, el 27 de abril de 1940, para prisioneros políticos. El primer campo era relativamente pequeño y fue llamado posteriormente Auschwitz I. En octubre de 1941, se instaló un campo mucho más extenso, nombrado según un pueblo cercano: Auschwitz II-Birkenau (Enciclopedia Judaica, Vol. 3, col. 854-871). Desde marzo de 1942, los judíos eran dirigidos al segundo campo.

Las matanzas masivas de prisioneros judíos con gas Zyklon B (ácido prúsico) comenzaron en Birkenau en enero de 1942, por instigación de Adolf Eichmann, quien tenía el mando general de la ejecución de la “Solución Final” del problema judío, decidida por los nazis en la conferencia de Wannsee en 1941. Las cámaras de gas operaron durante dos años y diez meses, en los cuales pereció un millón de judíos.

Los convoyes llegaban a razón de tres o cuatro por día; eran recibidos, por lo general, en el andén por el comandante del campo, Rudolf Hoess —posteriormente ejecutado por crímenes de guerra—, y por el infame Dr. Mengele, quien realizaba la “selección”: los prisioneros fuertes eran enviados a trabajos forzados en minas y fábricas, y el resto era destinado a la “eliminación” inmediata.

El primer transporte de prisioneros desde Holanda llegó en julio de 1942; el que llevaba a nuestra Santa fue, quizás, el tercero, precedido por un transporte de hombres que había llegado al campo esa misma tarde.

A los recién llegados se les llevaba a los barracones y se les indicaba dejar su ropa en un gancho numerado, con la falsa promesa de recuperarla después de la ducha. A las mujeres, por lo general, se les cortaba el cabello. Luego, los prisioneros debían caminar unos cuatrocientos metros por un sendero hasta llegar a una gran sala con tubos en el techo. Se usaba la fuerza para hacerlos entrar, si era necesario. Las puertas metálicas eran cerradas, se accionaban las palancas y se introducía el gas en las salas. De veinte a veinticinco minutos después, bombas eléctricas evacuaban el gas, permitiendo que unidades especiales entraran a vaciar las cámaras. No todas las víctimas estaban muertas. Se extraían los dientes de oro y los cadáveres eran arrojados a fosas comunes. Aún no se habían instalado crematorios en Auschwitz; pero más adelante, para borrar las huellas de sus crímenes, los nazis exhumaron los cadáveres y los incineraron.

Desde la llegada de un convoy hasta la exterminación de las víctimas solía pasar, por regla general, no más de una hora y media. El asesinato de seres humanos se convirtió en una rutina monótona.

Santa Edith, sus compañeras y un millar de otros católicos hebreos murieron en las cámaras de gas de Auschwitz II-Birkenau en la mañana del 9 de agosto, por asfixia con vapores de ácido prúsico. Así entró en su gloria, acompañada —como nos gusta creer— por muchos otros…


Epílogo de la traductora

Edith Stein cumplió su misión. Como todo ser humano, somos creados con un propósito. Y ella supo descubrirlo y animarse a vivirlo a pesar de las grandes dificultades que esto le ocasionó. 

Antes de subir al tren que la llevaría al campo de exterminio, Edith tomó a su hermana Rosa de la mano y le dijo con serenidad:
“Vamos, vayamos por nuestro pueblo.”

No era solo un gesto de entrega. Era el eco final de una vida que había sido toda ella un «sí» a la Verdad. Había buscado la verdad filosóficamente, la había recibido como gracia, la había abrazado como cruz.

La cruz no fue para ella un absurdo, sino la forma más alta de unión con Dios, con el Ser Eterno. 

Que hoy, más que nunca, judíos y cristianos podamos reconocer que no somos extraños, sino que compartimos una misma raíz, una misma promesa y un mismo llamado: ser miembros de un mismo pueblo, el Pueblo de Dios.

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El cardenal Judío Jean-Marie Aron Lustiger https://judiaycatolica.com/el-cardenal-judio-jean-marie-aron-lustiger/ https://judiaycatolica.com/el-cardenal-judio-jean-marie-aron-lustiger/#comments Sat, 09 Feb 2019 12:22:37 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=816 Aaron Lustiger nació el 17 de septiembre de 1926 en París, en una familia de comerciantes judíos de origen polaco que sufrieron la persecución nazi. Su abuelo fue rabino y su infancia rigurosa, y por eso, «feliz», según él mismo explicaba. Cuando el ejército alemán invadió Francia, sus padres lo enviaron, a él y a […]

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Aaron Lustiger nació el 17 de septiembre de 1926 en París, en una familia de comerciantes judíos de origen polaco que sufrieron la persecución nazi. Su abuelo fue rabino y su infancia rigurosa, y por eso, «feliz», según él mismo explicaba.

Cuando el ejército alemán invadió Francia, sus padres lo enviaron, a él y a su hermana, con una familia católica de Orleáns, quienes los escondieron. La madre fue capturada y enviada al campo de concentración de Auschwitz.

Tenía exactamente 13 años, escondido de los nazis, cuando se «convirtió» al Catolicismo, no para escapar de ellos, ya que los judíos no podían librarse convirtiéndose, ni tampoco por razones traumáticas. Sino por convicción de que era la verdad.

Entre sus más controversiales observaciones, manifestaba que “nací judío y permanezco judío, incluso si esto es inaceptable para muchos”.

Para mí, manifestaba, la vocación de Israel es traer luz a los no judíos. Esa es mi esperanza y creo que el cristianismo es el medio para lograrlo. Un gran número de rabinos consideraban su conversión como una traición.

El Cardenal Lustiger replicó, que decir que él “no es más un judío, es lo mismo que negar a mi padre y mi madre, a mis abuelas y abuelos… Soy tan judío como todos los otros miembros de mi familia que fueron asesinados en Auschwitz y otros campos de concentración.

«Ni por un momento olvido la historia que represento«, aseguró tras su nominación a la Academia francesa. Para él, además, su conversión no significa de ninguna manera el abandono de su identidad judía, y será un actor privilegiado del acercamiento entre ambas religiones.

Entre los judíos, la reacción a su conversión va desde quienes consideran un orgullo hasta quienes piensan que cometió una traición al convertirse. Sin embargo, siempre huye de toda ambigüedad y recalca que es judío por lo eran «todos sus antepasados», algo que no impide, desde su punto de vista, ser «discípulo de Cristo y miembro de la Iglesia».

Tenía una sólida amistad con el Papa Juan Pablo II. Compartían un conservadurismo doctrinario. Peleaban contra del fanatismo, intolerancia y totalitarismo.

En 1954, Lustiger es nombrado sacerdote y será, durante 15 años, capellán de la Sorbona y las grandes escuelas. En 1979, Juan Pablo II le hace obispo de Orleans, y es en 1981 cuando alcanza el cargo de arzobispo de París, también con el Papa Wojtyla.

Dos años después, en 1983, es designado cardenal, en una carrera que seguirá a la de Juan Pablo II, con quien comparte gustos como la filosofía y pensamientos similares en la doctrina y la liturgia. También realizó numerosas misiones eclesiásticas por países como la URSS, Israel o Estados Unidos, así como un fugaz regreso a Auschwitz por el conflicto de las carmelitas (en agosto de 1989).

Esta misión es uno de sus grandes orgullos, ya que logró que abandonaran un edificio en el antiguo campo de concentración —provocando un conflicto con el judaísmo y entre la Iglesia de Polonia y las de la Europa occidental— en el que estaban instaladas. Después de ello, firmó el acuerdo de Ginebra, que prohibió la apropiación religiosa de lugares destacados para una confesión

Por años el nombre del Cardenal Lustiger estuvo entre los que eran considerados para suceder a Juan Pablo II. Muchas veces, el Cardenal bromeaba que pocas cosas habrían confundido más a los prejuiciosos que un papa judío.

“A ellos no les gusta admitirlo, decía, pero la creencia de los cristianos, la obtuvieron de los judíos”.

Falleció de cáncer el 6 de Agosto de 2007. El funeral del Cardenal Lustiger comenzó en la Catedral de Notre Dame de París, con el canto litúrgico del Kaddish, la oración judía para los muertos.

Una historia hermosa de otro judío que comprendió que el catolicismo no contradice su identidad si no que la completa. Y comprendiendo esto encontró su verdadera esencia como judío y una misión que fue única.

Fuentes:
https://www.enlacejudio.com/2015/03/09/la-increible-historia-del-cardenal-judio-de-paris-jean-marie-lustiger-2/

https://www.elmundo.es/elmundo/2007/08/05/obituarios/1186350397.html

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Roy Schoeman https://judiaycatolica.com/roy-schoeman/ https://judiaycatolica.com/roy-schoeman/#comments Mon, 20 Jun 2016 21:17:36 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=74 Roy Schoeman es una persona que tuvo directa influencia en mi camino al catolicismo. Su clara forma de mostrar la continuidad que tiene el judaísmo hacia catolicismo; cómo el judaísmo precede al catolicismo, y como éste es la consecuencia y cumplimiento de las promesas de Dios a su Pueblo. Ya voy a citar en otros […]

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roy-schoemanRoy Schoeman es una persona que tuvo directa influencia en mi camino al catolicismo. Su clara forma de mostrar la continuidad que tiene el judaísmo hacia catolicismo; cómo el judaísmo precede al catolicismo, y como éste es la consecuencia y cumplimiento de las promesas de Dios a su Pueblo.

Ya voy a citar en otros posts algunos de sus escritos o explicaciones sobre estos temas que da en sus audios y conferencias.

Acá solo copio la historia y su camino de plenitud desde su relato en su libro «La Salvación viene de los judíos»

Crecí como judío en un suburbio de clase media en la ciudad de Nueva York; soy un hijo de refugiados judíos que habían huido de Alemania a comienzos del régimen de Hitler. Mis padres eran activos en la congregación “conservadora” local y, comparado con el promedio americano, tuve una educación judía bastante religiosa. Asistí a estudios de religión después de la escuela, desde el primer grado hasta que llegué a la universidad. Tuve un Bar Mitzvah, y frecuentemente aunque no siempre, asistía a los servicios del Sabbath y a las fiestas religiosas
judías.
Crecí en contacto cercano con rabinos extraordinarios, quienes por la gracia de Dios me fueron dados para mi formación religiosa. Hasta luché con la idea de que yo pudiese tener una “vocación
religiosa”. Durante las vacaciones de verano después de terminar mis estudios secundarios y antes de comenzar la universidad, me la pasé viajando por todo Israel con un rabino hasídico carismático y “místico”,
el Rabino Shlomo Carlebach; éste todas las noches ofrecía un “concierto” que era en realidad una arrobadora sesión de adoración y alabanza hasídica. Por un momento pensé en quedarme en Israel para estudiar en alguna de las yeshivas ultra ortodoxas que allí existen (y que constituyen lo más cercano a la “vida religiosa” dentro del judaismo)
pero regresé para iniciar mis estudios en M.I.T. [Massachusetts Institue of Technology] en matemáticas y ciencias de la computación.
En la universidad traté inicialmente de mantener mi fervor religioso, y participaba activamente en una congregación neo-hasídica local, pero pronto caí en la moral y en la mentalidad más típicas de M.I.T. Existe
una estrecha relación entre la intimidad con Dios y el mantenimiento de la pureza de mente y de conducta. Aunque al principio Él no parezca estricto en sus reglas – como forma que Dios utiliza para atraernos hacia
Él – tarde o temprano no podremos experimentar la consolación que proviene de una intimidad con Él sino si no se juega según Sus reglas. A medida que abandoné Sus reglas, perdí tal intimidad. Al final de la universidad, la alegría de la oración se había vuelto un recuerdo abstracto, y me había sumergido casi completamente en los caminos del
mundo.
Después de algunos años trabajando como diseñador de sistemas de computación, decidí entrar a la Escuela de Negocios de Harvard para hacer una maestría en Administración de Empresas (M.B.A.). Merced a
un desempeño excepcional, fui invitado a formar parte de la facultad con el fin de dictar clases, a la vez que para continuar mis estudios con miras al doctorado; todo ello estaba en últimas encaminado a obtener la
designación como profesor permanente de Harvard.
Mientras que sucedía todo ésto, había no obstante en mi vida una dimensión más profunda sin resolver. Al perder contacto con Dios, también perdí el sentido de propósito y dirección en mi vida. En cada disyuntiva escogía el camino de menor resistencia, el camino que a los ojos del mundo constituía el éxito (y el estar en mis treintas, en la
facultad de la Escuela de Negocios de Harvard era visto como “tener éxito”). Sin embargo, a medida que alcanzaba cada logro me encontraba con un sentimiento cada vez más profundo de vacío, de falta de sentido
en lo que lograba.
Ya para ese entonces, después de cuatro años de haber iniciado el camino hacia la obtención de la designación como profesor permanente, me sentía interiormente abrumado por una carencia de propósito que rayaba en la desesperación. (Yo no era el único que me sentía así. Un colega en la facultad, profesor permanente y
jefe de departamento, me confió que al día siguiente de recibir la tan anhelada designación, como culminación a más de una década de esfuerzos, casi renunció, abrumado por un sentimiento de vacío y de
carencia de sentido en aquello por lo cual había luchado tanto.)
A pesar de que hacía mucho tiempo yo había abandonado la vida de oración, mi fuente primaria de consuelo durante este periodo consistía en largas caminatas solitarias en medio de la naturaleza. Fue en una de estas
caminatas que recibí la gracia más especial de mi vida. Era temprano en una mañana a principios de junio, durante un descansoque me había tomado entre semana para pasar dos o tres días junto al
mar en Cape Cod antes que llegaran las multitudes del verano. Estaba caminando por la playa, en las dunas entre Provincetown y Truro, solitario, junto a las aves que cantaban antes de que el resto del mundo
despertara, cuando, a falta de mejores palabras, “caí en el cielo”. Me sentí, casi consciente y físicamente en la presencia de Dios. Vi pasar mi vida frente a mí, viéndola como si estuviera repasándola en la presencia
de Dios después de la muerte. Vi todo lo que me agradaría y todo lo  que me pesaría de mi mismo. Me dí cuenta en un instante, que el significado y el propósito de mi vida era amar y servir a mi Señor y Dios. Vi cómo Su amor me envolvía y me sostenía en cada momento de mi existencia. Vi cómo cada cosa que hacía tenía un contenido
moral, para bien o para mal, y conllevaba una importancia muchísimo mayor de lo que me hubiese imaginado. Vi cómo todo lo que había acontecido en mi vida había sido lo mejor que me hubiera podido
suceder, y que había sido preparado para mi bien por un Dios todo bien y todo amor -especialmente aquellas cosas que me habían causado más sufrimiento en el momento en que sucedieron.
Vi que los dos mayores remordimientos al momento de mi muerte serían, por un parte todo el
tiempo y la energía desperdiciadas pensando que no era amado –cuando en realidad a todo momento de mi existencia me encontraba sumergido en el insondable mar del amor de Dios – y por la otra cada una de las horas que había desperdiciado sin hacer nada de valor a los ojos de Dios. La respuesta a cualquier pregunta que me hacía
mentalmente me era respondida instantáneamente. Es más, no podía preguntarme nada sin que no supiera en seguida la respuesta; ello sucedía tan solo con una excepción de gran importancia: el nombre de
este Dios que se me revelaba como el significado y el propósito de mi vida. No pensé en Él como el Dios del Antigüo Testamento a quien llevaba en mi imaginación desde mi infancia.
Oré para que me revelara su nombre, para saber qué religión debía seguir, para poder servirlo y
adorarlo debidamente. Recuerdo haber orado diciendo: “Permíteme conocer tu nombre – no me importa si eres Buda y tengo que hacerme budista; no me importa si eres Apolo y tengo que convertirme en un pagano romano; no me importa si eres Krishna y tengo que convertirme en hinduista; ¡mientras que no seas Cristo y tenga que volverme cristiano!” Esta profunda resistencia hacia al cristianismo estaba basada en un sentimiento de que el cristianismo era el “enemigo”, la
perversión del judaísmo, la causa de sufrimiento de los judíos durante dos mil años. Como resultado, este Dios que se había revelado a mí en la playa y que había escuchado mi oración acerca de conocer su
nombre, también había escuchado – y respetaba – mi rechazo a
conocerlo. De modo que en aquel momento no me dió respuesta alguna
a dicha pregunta.
Volví a mi casa en Cambridge y a mi vida ordinaria. Sin embargo todo
había cambiado. Pasaba todas mis horas libres en búsqueda de este
Dios, en silencio en medio de la naturaleza, leyendo, y preguntando a
otros sobre estas experiencias “místicas”. Como me encontraba en
Cambridge, en la década de 1980, era inevitable el caer en algunas de
las sendas de la Nueva Era; terminé leyendo primordialmente escritos
espirituales hinduistas y budistas. Sin embargo, un día, caminando en la
plaza Harvard, me llamó la atención la carátula de un libro en la vitrina
de una tienda. Sin saber nada del libro ni de su autor compré dicho
libro: “El Castillo Interior”, escrito por Santa Teresa de Avila. Lo
devoré, encontrando en él un gran alimento espiritual; más sin embargo
aún no creía en lo que allí se proclamaba como verdades del
cristianismo.

 

Continué en esta búsqueda ecléctica e indiscriminada por espacio de un
año. El día exacto en que se cumplió un año de mi experiencia en la
playa, recibí la segunda gracia extraordinaria de mi vida. Admito con
franqueza que, en cuanto a los aspectos externos, lo que me aconteció
fue un sueño. No obstante, cuando me quedé dormido sabía muy poco
de lo que era el cristianismo y tampoco profesaba simpatía alguna por
él. Pero cuando desperté, me sentía completamente enamorado de la
Santísima Virgen María y no deseaba otra cosa que volverme tan
cristiano como fuera posible. En el “sueño”, fui conducido a una
habitación y se me concedió una audiencia con la joven más bella que
jamás hubiese podido imaginar. Sin cruzar palabra, sabía que era la
Santísima Virgen María. Ella estuvo de acuerdo en contestar cualquier
pregunta que le hiciera; recuerdo que me encontraba allí, barajando en
mi mente varias posibles preguntas, y haciéndole cuatro o cinco de
ellas. Me las contestó; entonces me habló por varios minutos y luego
terminó la audiencia. Mis recuerdos y mi sensación de lo sucedido son
como si aquello hubiese sucedido estando completamente despierto.
Recuerdo todos los detalles, incluyendo naturalmente las preguntas y
las respuestas; pero nada se compara con lo más bello de aquella
vivencia: el sentimiento de éxtasis que experimenté al estar en
presencia de Ella, en la pureza e intensidad de su amor.
Cuando desperté, como ya mencioné, me sentía completamente
enamorado de la Santísima Virgen María y sabía que el Dios que se me
había revelado en la playa era Cristo. Todavía no sabía casi nada del
cristianismo, y no tenía ni idea de la diferencia entre protestantes y
católicos. Mi primera incursión en el cristianismo fue en una iglesia
protestante, pero cuando toqué el tema de María con el pastor, su
rechazo hacia ella me hizo pensar: ¡me voy de aquí! Mientras tanto, mi
amor por María me inspiraba a pasar el tiempo en santuarios marianos,
especialmente los de Nuestra Señora de La Salette (en el de Ipswich,
Massachusetts y en el de la aparición original en los Alpes franceses)

 

Por fuerza me encontré con frecuencia en misas, y aunque todavía no
creía en la iglesia católica, sentía un intenso deseo de recibir la
Comunión. Cuando me acerqué por primera vez a un sacerdote y le
pedí que me bautizara, todavía no tenía ninguna creencia católica.
“¿Por qué quieres ser bautizado?” Molesto, contesté: “¡porque quiero
recibir la Comunión y ustedes no me dejan si no estoy bautizado!”
Pensé que me agarraría de la oreja y me echaría de allí; pero por el
contrario, me dijo: “Ajá, ese es el Espíritu Santo en acción”.

Todavía tuve que esperar varios años y madurar en mi fe antes del bautismo, pero durante ese tiempo mi amor por María y mi sed por la Eucaristía me guiaron como una brújula, hacia mi meta. Le estoy infinitamente agradecido a Dios por mi conversión.

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Israel Zoller -Eugenio Zolli – La conversión del Gran Rabino de Roma https://judiaycatolica.com/israel-zoller-eugenio-zolli-la-conversion-del-gran-rabino-de-roma/ https://judiaycatolica.com/israel-zoller-eugenio-zolli-la-conversion-del-gran-rabino-de-roma/#comments Wed, 15 Jun 2016 02:28:14 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=70 Lo mejor es que leas el libro de su propia autobiografía: «Antes del alba» o el libro que escribió Judith Cabau «El Rabino que se Rindió a Cristo«. Pero copio aquí una pequeña biografía para que te introduzcas en esta increíble persona, que no puedo imaginar cuántos desafíos y dificultades tuvo que atravesar por su […]

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israel-zoller-eugenio-zolliLo mejor es que leas el libro de su propia autobiografía: «Antes del alba»

o el libro que escribió Judith Cabau «El Rabino que se Rindió a Cristo«.

Pero copio aquí una pequeña biografía para que te introduzcas en esta increíble persona, que no puedo imaginar cuántos desafíos y dificultades tuvo que atravesar por su honestidad…

Sacado de: http://es.catholic.net/op/articulos/60029/-eugenio-zolli-la-conversin-del-gran-rabino-de-roma.html

Israel Zoller (Zolli es la italianización del apellido) nació en la Galizia polaca en 1881, último de una familia de cinco hijos. En 1904, el joven marcha a Viena para seguir la carrera de rabino, fiel a la tradición familiar, ya que por vía materna se habían sucedido antepasados rabinos durante más de dos siglos. Acabará los estudios en Florencia y conseguirá la plaza de vicerrabino de Trieste. En 1918, es nombrado rabino jefe de la ciudad, cargo que ocupará hasta su traslado a Roma y que hará compatible con su tarea docente como profesor de lengua y literatura semíticas en la Universidad de Padua.

En aquellos años, la idea de la conversión no se le pasaba ni tan siquiera por la cabeza. Todas las tardes se limitaba a abrir por donde cayera la Escritura, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, para meditar. Fue así como la persona de Jesús y sus enseñanzas se le hicieron familiares, sin que ningún prejuicio se interpusiera ni le diera el gusto de lo prohibido. El fruto fundamental de sus años de Trieste será la obra El Nazareno (1938), un estudio lingüístico y etimológico en el que realiza una exégesis metódica del Evangelio a la luz del Antiguo Testamento.

“Nadie ha tratado de convertirme -relataba algunos años después-. Mi conversión ha sido una lenta evolución interior. Desde hace años, y yo mismo lo ignoraba, mis escritos tenían ya un carácter tan cristiano que un arzobispo dijo de El Nazareno: ‘todos podemos equivocarnos, pero por cuanto puedo juzgar, pienso que podría firmar yo mismo ese libro’”.

Los rumores de guerra hicieron que el eco del libro fuera limitado. Durante esos años, Zolli había ayudado a los hebreos que dejaban la Europa central para trasladarse al futuro Israel. Sus contactos y el conocimiento de la lengua alemana favorecían que contara con informaciones de primera mano sobre el peligro que se acercaba. En 1935 envió una carta al rabino jefe de Roma, Angelo Sacerdoti, sobre los “actos inhumanos” cometidos contra los hebreos en Alemania, para que informara a Mussolini. El Duce dijo que protestaría ante el embajador alemán. Sea lo que fuere, lo cierto es que en 1938, cediendo a las presiones nazis, también en Italia se introdujeron leyes racistas. Zolli protestó públicamente y el gobierno como represalia le quitó la nacionalidad italiana.

Fue en ese contexto en el que le ofrecieron el puesto de rabino jefe de Roma. La comunidad hebrea de la capital (de la que el rabino era un empleado a sueldo) estaba dividida entre filofascistas y sionistas. Tal vez la fama de persona independiente y profundamente religiosa que se había ganado Zolli en esos años influyó en la elección. Sus dos interlocutores fueron Dante Almansi, presidente de las comunidades israelitas de Italia, que había sido jefe de la policía fascista y tenía buenos contactos con el régimen, y Ugo Foà, presidente de la comunidad hebrea de Roma.

Los primeros meses de la estancia de Zolli en Roma se caracterizaron por la defensa de los hebreos ante las leyes antisemitas. La situación, sin embargo, precipitó en septiembre de 1943 con la llegada de las tropas alemanas a la capital italiana. Después de los años pasados en Trieste, Zolli tiene experiencia: advierte a Almansi de que es preciso proteger a la población judía, pero éste sostiene que el día anterior un ministro le había asegurado que no había de qué preocuparse y que no convenía alarmar a la gente.

La respuesta vino pocos días después. El 10 de septiembre, el ejército nazi controla Roma. Un comisario de policía, de sentimientos antifascistas, aconseja a Zolli que se esconda, ya que -como se vio en Praga en esas mismas fechas- la primera víctima entre los hebreos solía ser el rabino.

El 26 de septiembre, el comandante Herbert Kappler impone a los judíos de Roma el pago de cincuenta kilos de oro, en un plazo de 24 horas, como rescate para no deportar a una lista de trescientas personas. La comunidad hebrea consigue reunir treinta y cinco kilos. Los presidentes Almansi y Foà piden a Zolli que acuda al Vaticano para pedir ayuda. Así lo hace -aunque sobre su cabeza pesaba una recompensa de 300.000 liras-, y recibe una respuesta positiva. Al final, los quince kilos del Vaticano no harán falta porque se habían conseguido por otras vías (incluidas, según se escribe, las de algunas casas religiosas y párrocos).

En esas semanas Zolli tuvo un encuentro con Foà en el que presentó un plan práctico para dispersar a los judíos de Roma. La acogida no pudo ser más fría: “Si hay que tomar decisiones, las tomaré yo con mi consejo -respondió Foà-. De momento no se ha decidido nada. Vaya a comprar un poco de valentía en la farmacia”. Años después escribirá Zolli: “Se me había concedido el don de ver sin poder actuar; y a otros, el poder de actuar sin poder ver”.

El oro, desde luego, no sirvió para nada, pues el 16 de octubre comenzaron las deportaciones, que sólo se frenaron por intervención de Pío XII. Zolli, que podía haberse exiliado fuera de Italia, vivió nueve meses en la clandestinidad, huésped de familias amigas, al igual que su mujer Emma y su hija Miriam (la otra hija, Dora, fruto de su primer matrimonio, no corría peligro por estar casada con un “ario”).

En febrero de 1944, la comunidad hebrea lo destituye como rabino, pero en junio los aliados lo ponen de nuevo al frente de la sinagoga. Allí permanecerá solo unos meses, pues en otoño presenta la dimisión por motivos personales. Y es que el día de Yom Kippur, durante la ceremonia en la sinagoga, había oído una voz interior que le dijo: “Estás aquí por última vez. Desde ahora, me seguirás”. Ya en los meses anteriores había meditado dar el paso del bautismo, pero no quiso hacerlo durante la persecución nazi.

La noticia del bautismo de Zolli causó enorme estupor (su mujer se bautizó el mismo día y su hija Miriam, que superaba ya la veintena, lo hizo un año después). La sinagoga de Roma decretó varios días de ayuno como expiación. El paso había dejado a Zolli literalmente en la calle: a los 65 años y sin casa ni sueldo. El futuro cardenal Dezza le ofreció un puesto de docente en el Pontificio Instituto Bíblico, de la Universidad Gregoriana.

Tal vez el mensaje principal de Zolli que se desprende de la lectura de su vida es precisamente la conexión que existe entre la Sinagoga y la Iglesia: “La Sinagoga era una promesa y el Cristianismo es el cumplimiento de esa promesa. La Sinagoga indicaba el Cristianismo; el Cristianismo presupone la Sinagoga”. Por eso, a pesar de la hostilidad que encontró en ambientes judíos, se preocupó por mejorar las relaciones entre hebreos y católicos: es suya, por ejemplo, la primera iniciativa que llevaría a suprimir de la liturgia del Viernes Santo, en 1961, la expresión “pérfidos judíos”: dio como razón que pocos entendían ya su significado original de “judíos incrédulos”.

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Edith Stein https://judiaycatolica.com/edith-stein/ https://judiaycatolica.com/edith-stein/#comments Wed, 15 Jun 2016 02:01:15 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=66 Judía, filósofa, Carmelita, Doctora de Iglesia. Santa. Si todavía no la conoces, te invito a leer su vida. Fuente: https://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=231 Edith Stein nació en Breslau, Alemania, (hoy Broklaw, Polonia) el 12 de octubre de 1891. Fue la última de 11 hermanos de una familia judía devota. Ella murió en una cámara de gas de Auschwitz […]

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edithsteinJudía, filósofa, Carmelita, Doctora de Iglesia. Santa. Si todavía no la conoces, te invito a leer su vida.

Fuente: https://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=231

Edith Stein nació en Breslau, Alemania, (hoy Broklaw, Polonia) el 12 de octubre de 1891. Fue la última de 11 hermanos de una familia judía devota. Ella murió en una cámara de gas de Auschwitz el 9 de agosto de 1942.

Fue una estudiante brillante, quien en un comienzo se incorporó a la Universidad de Breslau en 1911 y luego se trasladó a la Universidad de Göttingen para continuar sus estudios bajo la tutela del famoso fundador de la fenomenología Edmund Husserl. El filósofo escogió a Edith Stein para ser su asistente de cátedra en la Universidad de Freiburg y declaró que ella era la mejor estudiante de doctorado que nunca había tenido, incluso fue más capaz que Heidegger quien también fue su pupilo al mismo tiempo que Edith. En 1916, culminó su tesis y obtuvo el Doctorado en Filosofía con el grado de summa cum laude.

Luego de que muchos de sus amigos fueran enrolados para servir en la Primera Guerra Mundial, Edith se enroló de voluntaria junto con otras estudiantes mujeres para trabajar en hospitales militares. Así, obtuvo trabajo en hospitales de enfermedades infecciosas y cuidó caritativamente del ejército austríaco, donde campeaba la tifoidea, la disentería y el cólera. Al término de su período como voluntaria en el hospital militar obtuvo la medalla de valor en reconocimiento a su servicio generoso.

Tras retornar de la experiencia de la guerra, retomó su vida de estudiante, pero las dudas profundas, el insaciable hambre de verdad volcado a la filosofía y el testimonio de muchos cristianos comenzaron a socavar en ella su hasta entonces radical ateísmo. Los diálogos con el filósofo Max Scheller -que paradójicamente se había apartado de la Iglesia-, pero sobre todo la lectura de la vida de Santa Teresa de Jesús, terminaron completando la obra que Dios había iniciado en ella: su conversión al catolicismo. El 1 de enero de 1922 recibió el bautismo.

Por este tiempo, Edith dejó su carrera como estudiante y aceptó el puesto de profesora de Alemán en el Colegio de las Hermanas Dominicas en Speyer. Allí, trabajó por 8 años como profesora y dividía su día entre el trabajo y la oración. Era conocida por ser una benévola y servicial profesora que trabajaba duro por trasmitir su material de manera clara y sistemática y su preocupación iba más allá de trasmitir conocimientos, incluía la formación a toda la persona, pues estaba convencida que la educación era un trabajo apostólico.

A lo largo de este período, Edith continuó sus escritos y traducciones de filosofía y asumió el compromiso de dar conferencias, que la llevó a Heidelberg, Zurich, Salzburg y otras ciudades. En el transcurso de sus conferencias, frecuentemente abordaba el papel y significado de la mujer en la vida contemporánea, hablando de temas como: «Ethos de las mujeres que trabajan», «Diferentes vocaciones de hombres y mujeres de acuerdo con Dios y la naturaleza» , «La Espiritualidad de la mujer cristiana», «Los principios fundamentales de la Educación de la mujer», «Problemas en la Educación de la Mujer», «La Iglesia, la mujer y la juventud» » y «El significado intrínseco del valor de la mujer en la vida nacional». Una lectura de sus textos revela claramente su oposición radical al feminismo y su fuerte compromiso al reconocimiento y desarrollo de la mujer, así como al valor de la madurez de la vida cristiana en la mujer como una respuesta para el mundo.

En 1931, Edith deja la escuela del convento para dedicarse a tiempo completo a la escritura y publicación de sus trabajos. En 1932, aceptó la cátedra en la Universidad de Münster, pero un año después le dijeron que debería dejar su puesto por su antecedente judío. Una caritativa universidad de administración le sugirió que trabajase en sus proyectos hasta que la situación de Alemania mejore, pero ella se negó. También recibió otra oferta de América del Sur, pero después de pensar bien la situación, Edith se convenció que había llegado el tiempo de entrar al convento. El 14 de octubre de 1933, a la edad de 42 años, Edith Stein ingresa al convento carmelita en Cologne tomando el nombre de Teresa Benedicta y reflejando su especial devoción a la pasión de Cristo y su gratitud a Teresa de Avila por su amparo espiritual.

En el convento, Edith continuó sus estudios y escritos completando los textos de su libro «La Finitud y el Ser», su obra cumbre.

En 1938 la situación en Alemania empeoró, y el ataque de las temidas S.S. el 8 de noviembre a las sinagogas (la Kristallnacht o «Noche de los Cristales») despejó toda duda acerca del estado verdadero de los ciudadanos judíos. El convento de los priores preparó el traslado de Edith al convento de Dutch en Echt y en Año Nuevo, el 31 de diciembre de 1938, Edith Stein fue llevada a Holanda. Allá en el convento de Echt, Edith compuso 3 hermosos actos de oblación, ofreciéndolos por el pueblo judío, por el evitamiento de la guerra y por la santificación de la Familia Carmelita. Después, reorganizó su vida enseñando Latín a las postulantes y escribiendo un libro acerca de San Juan de la Cruz.

Como la incineración y los cuartos de gas aumentaron en el Este, Edith, como miles de judíos en Holanda, empezó a recibir citaciones de la S.S. en Maastricht y del Consejero para los Judíos en Amsterdam.

Edith pidió una visa a Suiza junto con su hermana Rosa, con quien había vivido en Echt, para ser transferidas al Convento de Carmelitas de Le Paquier. La comunidad de Le Paquier informó a la Comunidad de Echt que podía aceptar a Edith pero no a Rosa.

Para Edith fue inaceptable y por eso se rehusó ir a Suiza y prefirió quedarse con su hermana Rosa en Echt. Decidida a terminar «La Ciencia de la Cruz», Edith usó todo momento para investigar, incluso hasta quedar exhausta.

En la Comunidad Holandesa de Echt, la protección de Edith Stein en contra de la persecución de los judíos fue temporal. Mientras la policía nazi que exterminaba a los judíos era rápidamente implementada cuando Holanda fue ocupada, los judíos que profesaban la fe católica fueron inicialmente dejados en paz. Sin embargo, cuando el Obispo de Netherlands redactó una carta pastoral en donde protestaban severamente en contra de la deportación de los judíos, las reglas nazis reaccionaron ordenando la exterminación de los bautizados judíos.

Por esa razón, el domingo 2 de agosto a las 5 p.m., después de que Edith Stein había pasado su día como siempre, rezando y trabajando en su interminable manuscrito de su libro sobre San Juan de la Cruz, los oficiales de la S.S. fueron al convento y se la llevaron junto con Rosa. Asustada por la multitud y por no poder hacer nada ante la situación, Rosa se empezó a desorientar. Un testigo relató que Edith tomó de la mano a Rosa y le dijo tranquilamente: «Ven Rosa, vamos a ir por nuestra gente». Juntas caminaron hacia la esquina y entraron en el camión de la policía que las esperaba.

Hay muchos testigos que cuentan del comportamiento de Edith durante esos días de prisión en Amersfoort y Westerbork, el campamento central de detención en el norte de Holanda; cuentan de su silencio, su calma, su compostura, su autocontrol, su consuelo para otras mujeres, su cuidado para con los más pequeños, lavándolos y cepillando sus cabellos y cuidando de que estén alimentados.

En medio de la noche, antes del amanecer del 7 de agosto de 1942, los prisioneros de Westerbork, incluyendo a Edith Stein, fueron llevados a los trenes y deportados a Auschwitz. En 1950, la Gazette Holandesa publicó la lista oficial con los nombres de los judíos que fueron deportados de Holanda el 7 de agosto de 1942. No hubo sobrevivientes. He aquí lo que decía lacónicamente la lista de los deportados:Número 44070 : Edith Theresa Hedwig Stein, Nacida en Breslau el 12 de Octubre de 1891, Muerta el 9 de Agosto de 1942.

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Hermann Cohen https://judiaycatolica.com/hermann-cohen/ https://judiaycatolica.com/hermann-cohen/#respond Wed, 15 Jun 2016 01:42:50 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=61 La vida y obra de esta persona me conmueve siempre que la leo y releo. Entiendo totalmente su profundo amor por Dios y la mayoría de sus sentimientos tan fuertes con la Eucaristía. Es un honor para mi poder entender y compartir sentimientos con una persona que vivió tan intensamente y sentir que sus palabras […]

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hermann_cohenLa vida y obra de esta persona me conmueve siempre que la leo y releo. Entiendo totalmente su profundo amor por Dios y la mayoría de sus sentimientos tan fuertes con la Eucaristía. Es un honor para mi poder entender y compartir sentimientos con una persona que vivió tan intensamente y sentir que sus palabras expresan emociones tan profundas de mi alma.

Copio la biografía completa desde Catholic.net para quien no lo conoce aun. Y recomiendo leer sus escritos, cartas,  pensamientos y homilías.

Fuente: http://es.catholic.net/op/articulos/22806/cat/708/hermann-cohen-fundador.html

Nacido en una poderosa familia judía de Hamburgo, Hermann Cohen (1820-1871) es educado en la religiosidad de un judaísmo ilustrado, y en el desprecio de todo lo cristiano: sacerdotes, cruz, sacramentos, etc.

A los cuatro años inicia Hermann su formación musical, y a los once da ya conciertos al piano. Un año después, como discípulo predilecto de Franz Liszt (1811-1886), inicia en París y desarrolla después por toda Europa una carrera muy brillante como pianista, profesor de piano y compositor.

Los personajes más brillantes y anticatólicos de su tiempo fueron los más íntimos amigos de Hermann en su adolescencia y juventud. Felicité de Lamennais (1782-1854), sacerdote que acabó en la apostasía, fue su maestro. George Sand (1804-1876), escritora casada, que abandonó a su familia, y vivió sucesivamente con Mérimée, Musset, Chopin y con algún otro, tenía en Hermann, su Puzzi, su pajecito inseparable, que a veces incluso le acompañaba en los viajes. Admirador de Voltaire y de Rousseau, lo mismo se relacionaba con el anarquista Bakunine (1814-1876), que brillaba en los salones de la aristocracia europea.

Hermann Cohen es un triunfador famoso, viaja por toda Europa, conoce bien varias lenguas -alemán y francés, italiano y español-, gana mucho dinero con sus conciertos, lo pierde también cuantiosamente en el juego, y llega a conocer todos los vicios. Así vive, así malvive hasta los veintiséis años, hasta 1847.

Una conversión eucarística

El propio Hermann relata su conversión al sacerdote Alfonso María de Ratisbona (1814-1884), otro judío converso, como antes lo fue el hermano de éste, Teodoro, también sacerdote.

Un viernes de mayo de 1847, en París, el príncipe de Moscú le pide a su amigo Hermann que le reemplace en la dirección de un coro de aficionados en la iglesia de Santa Valeria. Hermann, que vive en la vecindad, va allí con gusto. Y en el acto final de la bendición con el Santísimo, experimenta

«una extraña emoción, como remordimientos de tomar parte en la bendición, en la cual carecía absolutamente de derechos para estar comprendido». Sin embargo, la emoción es grata y fuerte, y siente «un alivio desconocido».

Vuelve Hermann a la misma iglesia los viernes siguientes, y siempre en el acto en que el sacerdote bendice con la custodia a los fieles arrodillados, experimenta la misma conmoción espiritual. Pasa el mes de mayo, y con él las solemnidades musicales en honor de María. Pero él cada domingo vuelve a Santa Valeria para asistir a Misa.

En la casa de Adalberto de Beaumont, donde vive entonces, toma un viejo devocionario de la biblioteca, y con él inicia su instrucción en el cristianismo. En seguida, recibe la ayuda del padre Legrand, de la curia arzobispal de París. También el vicario general, Mons. de la Bouillerie, muy interesado en las obras eucarísticas, se interesa por él. Pero pronto Hermann tiene que partir a Ems, en Alemania, donde ha de dar un concierto.

«Apenas hube llegado a dicha ciudad, visité al párroco de la pequeña iglesia católica, para quien el sacerdote Legrand me había dado una carta de recomendación. El segundo día después de mi llegada, era un domingo, el 8 de agosto, y, sin respeto humano, a pesar de la presencia de mis amigos, fui a oír Misa.

«Allí, poco a poco, los cánticos, las oraciones, la presencia -invisible, y sin embargo sentida por mí- de un poder sobrehumano, empezaron a agitarme, a turbarme, a hacerme temblar. En una palabra, la gracia divina se complacía en derramarse sobre mí con toda su fuerza. En el acto de la elevación, a través de mis párpados, sentí de pronto brotar un diluvio de lágrimas que no cesaban de correr a lo largo de mis mejillas… ¡Oh momento por siempre jamás memorable para la salud de mi alma! Te tengo ahí, presente en la mente, con todas las sensaciones celestiales que me trajiste de lo Alto… Invoco con ardor al Dios todopoderoso y misericordiosísimo, a fin de que el dulce recuerdo de tu belleza quede eternamente grabado en mi corazón, con los estigmas imborrables de una fe a toda prueba y de un agradecimiento a la medida del inmenso favor de que se ha dignado colmarme…

«Al salir de esta iglesia de Ems, era ya cristiano. Sí, tan cristiano como es posible serlo cuando no se ha recibido aún el santo bautismo…»

Vuelto a París, se dedica Hermann apasionadamente a la oración y a su instrucción religiosa. Pero todavía se ve obligado durante unos meses a dar clases y conciertos, pues ha de pagar considerables deudas de juego a sus acreedores.

Llega por fin el día de su bautismo: el 28 de agosto de 1847. «Estaba tan emocionado, escribe, que aun hoy no recuerdo, sino muy imperfectamente, las ceremonias que se hicieron». Ingresa en las Conferencias de San Vicente de Paúl. Pero donde mejor se halla siempre es en la iglesia, en oración ante el Santísimo. El 10 de noviembre hace voto, ante el altar de la Virgen, de ordenarse sacerdote y de prepararse a ello en cuanto se vea libre de sus acreedores. Cambia su vida totalmente, y sus antiguos compañeros de bohemia y de fiesta no lo entienden. Piensan que, quizá por sus excesos, anda trastornado. Algunos, como Adalberto de Beaumont, le vuelven la espalda, y él ha de buscarse nuevo domicilio.

Proyecto de Hermann aprobado por Mons. de la Bouillerie

Hermann alquila un modesto cuarto en la calle de la Universidad, número 102 -casa que ya no existe-, y que se puede considerar como la cuna de la Adoración Nocturna. Un amigo suyo, el señor Dupont, uno de sus primeros seguidores, refiere los datos de esta fundación:

«Habiendo entrado un día por la tarde en la capilla de las Carmelitas, [Hermann] que se complacía en visitar las iglesias en que se hallaba expuesto el Santísimo Sacramento, se puso a adorar a Nuestro Señor manifiesto en la custodia, sin contar las horas y sin advertir que la noche se acercaba. Era en noviembre. Una Hermana tornera llega y da la señal de salir. Fue necesario un segundo aviso. Entonces Hermann dijo a la religiosa: «Ya saldré cuando lo hagan esas personas que se hallan al fondo de la capilla». Y ella: «Pues no saldrán en toda la noche».

«Semejante respuesta de la Hermana era más que suficiente, y dejaba una preciosa semilla en un corazón bien dispuesto. Hermann sale del oratorio y se dirige precipitadamente a casa de Monseñor de la Bouillerie: «Acaban de hacerme salir de una capilla, exclama, en la que unas mujeres estarán toda la noche ante el Santísimo Sacramento»… Monseñor de la Bouillerie responde: «Bien, encuéntreme hombres y les autorizo a imitar a esas buenas mujeres, cuya suerte ante Nuestro Señor envidia usted». Pues bien, ya desde el día siguiente, con el favor de los ángeles buenos, Hermann hallaba la necesaria ayuda en varias almas».

Monseñor de la Bouillerie había establecido ya anteriormente en París, en 1844, una pequeña asociación para la Adoración nocturna en casa, cuyos miembros, hombres o mujeres, se levantaban por turnos durante la noche una vez al mes, a hora fijada de antemano, para adorar a Nuestro Señor. También había contribuído a fundar la Adoración nocturna del Santísimo Sacramento, asociación femenina establecida por la señorita Debouché, que iba a ser el núcleo de las religiosas Reparadoras.

Nace la Adoración Nocturna

Hermann, muy contento con la autorización de Monseñor de la Bouillerie, se puso inmediatamente en busca de hombres de fe, ávidos como él de agradecer al Jesús de la Eucaristía todos sus beneficios, entregándole sacrificio por sacrificio.

Los primeros inscritos en la lista fueron el caballero Aznarez, antiguo diplomático español, que había enseñado el castellano a Hermann en los tiempos de su vida artística, y el conde Raimundo de Cuers, capitán de fragata, muy amigo.

Pronto se presentaron otros, y el 22 de noviembre de 1848, Hermann los reunía a todos en su cuartito de la calle de la Universidad. Sólo diecinueve miembros se hallaban presentes; cuatro inscritos no habían podido acudir. Monseñor de la Bouillerie presidía la pequeña reunión, cuyos miembros se habían juntado

«con la intención, dice el acta de esta primera sesión, de fundar una asociación que tendrá por objeto la Exposición y Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento, la reparación de los ultrajes de que es objeto, y para atraer sobre Francia las bendiciones de Dios y apartar de ella los males que la amenazan».

¡Un programa inmenso para tan pequeño número de hombres, casi todos de la más humilde condición! Aparte del promotor de la reunión, pianista famoso, además de Mons. de la Bouillerie y de dos oficiales de marina, los asociados no eran casi más que empleados oscuros, obreros y criados.

Éstos fueron los instrumentos de que el Señor se sirvió para establecer la asociación de la Adoración Nocturna, que pronto había de extenderse por casi todos los países católicos.

Obra providencial para tiempos duros de la Iglesia

Al saber que la revolución había triunfado en Roma, y que el papa Pío IX había tenido que refugiarse en Gaeta, puerto al sur de Roma, animó a aquellos primeros asociados a poner en práctica inmediatamente su proyecto. Y así la primera vigilia nocturna de Adoración se celebró el 6 de diciembre de 1848.

La segunda y tercera noches se verificaron los días 20 y 21 del mismo mes, con ocasión de las rogativas de Cuarenta Horas ordenadas con esa ocasión, en favor del Papa, por el arzobispo de París.

En Francia, pues, esta fundación se relaciona con una de las fases más dolorosas del Papado. Y coincide en ello con la obra de Adoración fundada en Roma, en 1809, cuando Napoleón hace cautivo a Pío VII.

Primeras vigilias de la Adoración Nocturna

Las primeras vigilias se efectuaron en el famoso santuario de Nuestra Señora de las Victorias. Más tarde, los socios de la Adoración Nocturna y de las Conferencias de San Vicente de Paúl perpetuaron el hecho con una lápida de mármol, en testimonio de agradecimiento:

A Nuestra Señora de las Victorias,

nuestra protectora,

en homenaje de gratitud y de amor

de las Conferencias

de San Vicente de Paúl

y de la asociación

de la Adoración Nocturna de parís.

31 de mayo de 1871

La asociación de la Exposición y

Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento, en París,

ha tenido su origen en esta iglesia,

el 6 de diciembre de 1848,

debido al celo del Rdo. padre Hermann

y de Mons. Francisco de la Bouillerie,

obispo de Carcasona,

entonces vicario general de la diócesis de París.

Las vigilias no pudieron continuarse en Nuestra Señora de las Victorias, y se escogió para lugar de reunión el oratorio de los Padres Maristas.

El padre Hermann, carmelita

En 1849 Hermann ingresa en el Carmelo, que en esos años, tras las persecuciones de la Revolución Francesa, estaba siendo refundado en Francia bajo la dirección del carmelita español Domingo de San José. Una vez ordenado presbítero, el padre Hermann, con muchos viajes y trabajos, fue la fuerza más eficaz tanto para la extensión del Carmelo como para la difusión de la Adoración Nocturna en Francia y fuera de ella.

El padre Hermann era un religioso ejemplar, tan contemplativo y orante como activo y apostólico. Tuvo relación amistosa con muchas de las grandes figuras católicas de su tiempo: el santo Cura de Ars, santa Bernardita, san Pedro-Julián Eymard, el cardenal Wiseman, etc. Tuvo, por otra parte, la alegría de bautizar a diez miembros de su familia judía.

Al fin, agotado por el trabajo y contagiado de viruela, muere en 1871, a los cincuenta años de edad, estando en Spandau, Alemania, al servicio de los prisioneros franceses de la guerra franco-prusiana.

El apóstol de la Eucaristía

El padre Hermann, famoso predicador, hace voto de mencionar la Eucaristía en todos sus sermones. Y no le cuesta nada cumplirlo, pues como su tesoro es la Eucaristía, allí está, pues, su corazón; y de la abundancia del corazón habla su boca (+Mt 6,21; 12,34).

Aunque al entrar en el Carmelo dejó del todo la composición de música, siendo estudiante de teología, le autorizaron en una ocasión sus superiores esa actividad como descanso. Y como no podía ser menos, compuso una colección de Cánticos al Santísimo Sacramento, la más perfecta de todas sus obras. En la introducción, escribe emocionado:

«Jesús, adorado por mí, que me has conducido a la soledad para hablarme al corazón; por mí, cuyos días y noches se deslizan felizmente en medio de las celestiales conversaciones de tu Presencia adorable, entre los recuerdos de la comunión de hoy y las esperanzas de la comunión de mañana... Yo beso con entusiasmo las paredes de mi celda querida, en la que nada me distrae de mi único pensamiento, en la que no respiro sino para amar tu divino Sacramento…

«¡Que vengan, que vengan los que me han conocido en otro tiempo, y que menosprecian a un Dios muerto de amor por ellos!… Que vengan, Jesús mío, y sabrán si tú puedes cambiar los corazones. Sí, mundanos, yo os lo digo, de rodillas ante este amor despreciado: si ya no me veis esforzarme sobre vuestras mullidas alfombras para mendigar aplausos y solicitar vanos honores, es porque he hallado la gloria en el humilde tabernáculo de Jesús-Hostia, de Jesús-Dios.

«Si ya no me veis jugar a una carta el patrimonio de una familia entera, o correr sin aliento para adquirir oro, es porque he hallado la riqueza, el tesoro inagotable en el cáliz de amor que guarda a Jesús-Hostia.

«Si ya no me veis tomar asiento en vuestras mesas suntuosas y aturdirme en las fiestas frívolas que dais, es porque hay un festín de gozo en el que me alimento para la inmortalidad y me regocijo con los ángeles del cielo. Es porque he hallado la felicidad suprema. Sí, he hallado el bien que amo, él es mío, lo poseo, y que venga quien pretenda despojarme de él.

«Pobres riquezas, tristes placeres, humillantes honores eran los que perseguía con vosotros… Pero ahora que mis ojos han visto, que mis manos han tocado, que sobre mi corazón ha palpitado el corazón de un Dios, ¡oh, cómo os compadezco, en vuestra ceguera, por perseguir y lograr placeres incapaces de llenar el corazón!

«Venid, pues, al banquete celestial que ha sido preparado por la Sabiduría eterna; ¡venid, acercaos!… Dejad ahí vuestros juguetes vanos, las quimeras que traéis, arrojad a lo lejos los harapos engañadores que os cubren. Pedid a Jesús el vestido blanco del perdón, y, con un corazón nuevo, con un corazón puro, bebed en el manantial límpido de su amor… «¡Venid y ved qué bueno es el Señor!» [Sal 33,9].

«¡Oh Jesús, amor mío, cómo quisiera demostrarles la felicidad que me das! Me atrevo a decir que, si la fe no me enseñase que contemplarte en el cielo es mayor gozo aún, no creería jamás posible que existiera mayor felicidad que la que experimento al amarte en la Eucaristía y al recibirte en mi pobre corazón, que tan rico es gracias a ti!»…

No fueron éstos unos pasajeros fervores de novicio. Por el contrario, durante toda su vida -como se comprueba en su diario, en sus cartas y predicaciones- el Espíritu Santo mantuvo su corazón encendido en la llama de un amor inmenso al Jesús de la Eucaristía.

Jesucristo es hoy la Eucaristía

El amor abrasador del padre Hermann a la Eucaristía, es decir, a Jesucristo, hacía que no pudiera comulgar o llevar el Sacramento sin experimentar una emoción tan viva y fuerte que se parecía a la embriaguez. De esta vivencia personal tan profunda reciben sus escritos eucarísticos una vibración tan singular.

«¡Oh, Jesús! ¡oh, Eucaristía, que en el desierto de esta vida me apareciste un día, que me revelaste la luz, la belleza y grandeza que posees! Cambiaste enteramente mi ser, supiste vencer en un instante a todos mis enemigos… Luego, atrayéndome con irresistible encanto, has despertado en mi alma un hambre devoradora por el Pan de vida y en mi corazón has encendido una sed abrasadora por tu Sangre divina…

«Y ahora que te poseo y que me has herido en el corazón, ¡ah!, deja que les diga lo que para mi alma eres…

«¡Jesucristo, hoy, es la sagrada Eucaristía! Jesus Christus hodie [+Heb 13,8]. ¿Es posible pronunciar esta palabra sin sentir en los labios una dulzura como de miel? ¿como un fuego ardiente en las venas? ¡La sagrada Eucaristía! El habla enmudece, y sólo el corazón posee el lenguaje secreto para expresarlo.

«¡Jesucristo en el día de hoy!…

«Hoy me siento débil… Necesito una fuerza que venga de arriba para sostenerme, y Jesús bajado del cielo se hace Eucaristía, es el pan de los fuertes.

«¡Hoy me hallo pobre!… Necesito un cobertizo para guarecerme, y Jesús se hace casa… Es la casa de Dios, es el pórtico del cielo, ¡es la Eucaristía!…

«Hoy tengo hambre y sed. Necesito alimento para saciar el espíritu y el corazón, y bebida para apagar el ardor de mi sed, y Jesús se hace trigo candeal, se hace vino de la Eucaristía: Frumentum electorum et vinum germinans virgines [trigo que alimenta a los jóvenes y vino que anima a las vírgenes: Zac 9,17].

«Hoy me siento enfermo… Necesito una medicina benéfica para curarme las llagas del alma, y Jesús se extiende como ungüento precioso sobre mi alma al entregárseme en la Eucaristía: impinguasti in oleo caput meum; oleum effusum… oleo lætitiæ unxi eum… fundens oleum desuper [Sal 22,5; 44,8; 88,21].

«Hoy necesito ofrecer a Dios un holocausto que le sea agradable, y Jesús se hace víctima, se hace Eucaristía.

«Hoy en fin me hallo perseguido, y Jesús se hace coraza para defenderme: scutum meum et cornu salutis meæ [mi escudo y la fuerza de mi salvación: 2Re 22,3 Vulgata]. Me hace temible al demonio.

«Hoy estoy extraviado, se me hace estrella; estoy desanimado, me alienta; estoy triste, me alegra; estoy solo, viene a morar conmigo hasta la consumación de los siglos; estoy en la ignorancia, me instruye y me ilumina; tengo frío, me calienta con un fuego penetrante.

«Pero, más que todo lo dicho, necesito amor, y ningún amor de la tierra había podido contentar mi corazón, y es entonces sobre todo cuando se hace Eucaristía, y me ama, y su amor me satisface, me sacia, me llena por entero, me absorbe y me sumerge en un océano de caridad y de embriaguez.

«Sí, ¡amo a Jesús, amo a la Eucaristía! ¡Oídlo, ecos; repetidlo a coro, montañas y valles! Decidlo otra vez conmigo: ¡Amo a la Eucaristía! Jesús hoy es Jesús conmigo»…

La entrada Hermann Cohen se publicó primero en Judia & Catolica.

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