Biblia archivos - Judia & Catolica https://judiaycatolica.com/category/biblia/ Mi Camino Personal y Reflexiones sobre ser Judia y Católica, al mismo tiempo. E intentando hacer Visible algo de lo Invisible Fri, 13 Mar 2026 14:21:00 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.5 https://judiaycatolica.com/wp-content/uploads/2023/11/cruzymagendavid-150x150.jpg Biblia archivos - Judia & Catolica https://judiaycatolica.com/category/biblia/ 32 32 Jesús y el Tikkun Olam definitivo: la reparación del mundo https://judiaycatolica.com/jesus-y-el-tikkun-olam-definitivo/ https://judiaycatolica.com/jesus-y-el-tikkun-olam-definitivo/#respond Fri, 13 Mar 2026 12:15:33 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3632 El concepto judío de Tikkun Olam — “reparar el mundo” — expresa la esperanza de que la creación pueda ser llevada a su plenitud y restaurada mediante la colaboración del ser humano con Dios.La Biblia narra esa historia desde Génesis hasta su cumplimiento en Cristo. En el principio el mundo fue creado bueno. La Biblia […]

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El concepto judío de Tikkun Olam — “reparar el mundo” — expresa la esperanza de que la creación pueda ser llevada a su plenitud y restaurada mediante la colaboración del ser humano con Dios.
La Biblia narra esa historia desde Génesis hasta su cumplimiento en Cristo.

En el principio el mundo fue creado bueno.

La Biblia no presenta la creación como una obra cerrada y terminada. Desde el comienzo, Dios confía al ser humano una misión dentro de ella: cultivar y cuidar el mundo que le ha sido dado. Como dice el Génesis, Dios puso al hombre en el jardín de Edén “para trabajarlo y cuidarlo” (Génesis 2,15).

No somos solo habitantes de la creación. Somos también sus custodios y colaboradores.

No había maldad. No había ruptura. Había armonía entre el hombre y Dios, entre el hombre y la tierra, entre el hombre y su propio interior.

Una armonía que no era conquista ni logro — era don. Era la condición original de la creación: todo en su lugar, todo en su propósito, todo orientado hacia Dios.

El mundo fue creado tov bueno. La palabra aparece siete veces en el primer capítulo del Génesis, como un estribillo que Dios repite mientras contempla su obra.

Pero el ser humano quiso hacer su propio camino, a su modo, sin dejarse guiar por Dios. Su desconfianza lo llevó a la desobediencia y a la toma de decisiones erradas. Y esa elección quebró algo.

El mundo que es ya no es el mundo que debería ser.

La primera promesa de restauración

Sin embargo, desde ese mismo momento, Dios nos tendió la mano para levantarnos, darnos consuelo y para invitarnos a participar en la reparación de este mundo quebrantado.

Ya en el Jardín del Edén, antes de que terminara ese primer día de ruptura, Dios pronunció las primeras palabras de esperanza. Lo que la tradición cristiana llama el protoevangelio — el primer anuncio del Evangelio, escondido en una maldición dirigida a la serpiente:

«Pondré enemistad entre ti y la mujer,
entre tu linaje y el suyo.
Él te aplastará la cabeza
y tú le acecharás el talón.»

(Génesis 3,15)

Una promesa. Pequeña, casi imperceptible. Pero ahí estaba: la primera semilla del plan de Dios.

Y desde ese momento comenzó una nueva historia.

Israel y la tarea de reparar el mundo

Dios fue reuniendo a un pueblo — el pueblo de Israel — y lo fue preparando, formando, acompañando. Le dio los mandamientos, los preceptos, las mitzvot, para que vivieran bien e hicieran el bien. Para que fueran, en medio del mundo roto, una señal de que la reparación era posible.

Esta participación en la restauración del mundo mediante las mitzvot se conoce en el judaísmo como Tikkun Olam, “reparar el mundo”.

La expresión aparece ya en la Mishná, donde se habla de actuar mipnei tikkun ha-olam — “por el bien de la reparación o el orden del mundo”—, y atraviesa toda la tradición judía.

El Aleinu, la plegaria con la que concluye cada servicio judío, expresa esta esperanza con las palabras:

L’takken olam b’malkhut Shaddai
“reparar el mundo bajo la soberanía del Todopoderoso”.

No somos espectadores. Somos colaboradores.

El límite del esfuerzo humano

Sin embargo, hay un límite que ningún ser humano puede saldar.

Toda ofensa que cometemos, toda persona que lastimamos, es en última instancia una ofensa a Dios. Por eso el pecado no es solo un error humano: introduce una ruptura real en nuestra relación con Él.

Y esa ruptura no puede ser sanada únicamente por nuestras propias fuerzas.

Por más obras de justicia y amor que hagamos (tzedaká), el mundo no termina de repararse.

La esperanza anunciada por los profetas

Así lo fueron anunciando los profetas — Ezequiel, Jeremías, Isaías, Amós. Ellos enseñaron que la conversión del corazón humano es necesaria, pero también anunciaron algo más profundo: que Dios mismo intervendría para restaurar la alianza.

Hablaron de un tiempo en que Dios transformaría el corazón humano, derramaría su Espíritu y restauraría la justicia en la tierra.

Un tiempo en que la creación misma sería reconciliada.

Isaías lo describe con imágenes de una paz que alcanza incluso a la naturaleza:

No harán daño ni destruirán en todo mi monte santo,
porque la tierra estará llena del conocimiento del Señor
como las aguas cubren el mar.”

(Isaías 11,9)

Los profetas anuncian así una gran esperanza: un mundo restaurado bajo el reinado de Dios.

La misma esperanza que resuena en el Aleinu cuando se pide reparar el mundo bajo su soberanía.

Pero queda una pregunta abierta.

¿Cuándo?
¿Cómo?
¿De qué manera entraría Dios en la historia para realizar esa restauración?

Dios entra en la historia

La respuesta llegó.

Y llegó de una manera que nadie esperaba — en el silencio de una noche, en la familia menos pensada, en la ciudad menos considerada.

Dios eligió entrar en la historia haciéndose uno de nosotros.

Asumió la condición humana. La habitó desde dentro.

El Emmanuel — “Dios con nosotros” — anunciado por Isaías no era solo un símbolo de consuelo. Era el anuncio de algo real: Dios mismo entrando en la historia humana.

Ahí se abre la gran bisagra de la historia.

El Tikkun Olam definitivo

En Jesús, Dios no solo enseña cómo reparar el mundo.
Él mismo comienza la reparación desde dentro de la creación.

En la encarnación, Dios entra en el mundo herido.
En la cruz, carga con la ruptura del pecado.
Y en la resurrección inaugura algo nuevo: la nueva creación.

La historia que comenzó en un jardín marcado por la desobediencia encuentra su punto de inflexión en otro jardín — el del sepulcro vacío, donde comienza la vida nueva.

Lo que ningún ser humano podía reparar por sí mismo, Dios lo comenzó a restaurar desde dentro.

Ese es, en el sentido más profundo, el Tikkun Olam definitivo.

No una reparación parcial, ni solo moral, ni solo social.
Una restauración radical de la relación entre Dios y la humanidad.

Una restauración que comienza en Cristo y que todavía se despliega en la historia.

Porque el mundo aún espera su plenitud.

Pero la obra ya ha comenzado.

Y cada acto de amor, cada obra de justicia, cada gesto de fidelidad a Dios participa — humildemente — en esa gran reparación que Dios mismo ha iniciado en Cristo.

El Tikkun Olam, finalmente, no es solo tarea humana.

Es ante todo la obra de Dios.
Y nosotros somos invitados a participar en ella.

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Navidad: aprender a esperar lo inesperado https://judiaycatolica.com/navidad-aprender-a-esperar-lo-inesperado/ https://judiaycatolica.com/navidad-aprender-a-esperar-lo-inesperado/#respond Thu, 18 Dec 2025 14:48:38 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3596 Desde el principio de todo, en el Génesis, luego de la caída del ser humano —ese momento decisivo en el que Adán y Eva comen del fruto prohibido por no confiar en Dios—, Él promete el envío de un salvador, de un Mesías. Y desde ese momento, fue preparando a un pueblo, al pueblo de […]

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Desde el principio de todo, en el Génesis, luego de la caída del ser humano —ese momento decisivo en el que Adán y Eva comen del fruto prohibido por no confiar en Dios—, Él promete el envío de un salvador, de un Mesías.

Y desde ese momento, fue preparando a un pueblo, al pueblo de Israel, para que de allí naciera el Mesías.
A través de los patriarcas y de los profetas fue revelándose, y mediante su amor y sus enseñanzas fue preparando el corazón del pueblo para esta misión esencial.

Y llegada la plenitud de los tiempos, Dios cumplió sus promesas, enviando a Jesús, el Mesías, nacido en una familia judía en Belén. Esto es lo que celebramos en cada Navidad, como vimos en el video anterior.

¿Por qué no todos lo reconocieron?

Como judía y católica, muchas veces me preguntan por qué los judíos no creyeron en Jesús como el Mesías. Esta es una pregunta muy profunda, cuya respuesta abarca muchos planos y merece ser desarrollada con tiempo.

Pero mi primera respuesta suele ser siempre la misma: en realidad, los judíos sí reconocieron a Jesús como el Mesías. María, José, los apóstoles y los cientos de primeros cristianos eran judíos: judíos que creyeron que Jesús era el Mesías esperado y prometido por Dios.

Es cierto que el judaísmo, en su totalidad, no reconoce a Jesús como el Mesías, por diversos motivos que veremos en otra ocasión.

Un pueblo oprimido, un Mesías esperado

Ahora bien, si nos situamos en ese momento histórico, en la situación concreta que estaba atravesando el pueblo de Israel, vemos que vivían un tiempo muy difícil: una etapa de profunda opresión bajo el dominio del Imperio Romano.

No todos, pero sí la mayoría de los judíos, esperaba un Mesías que los liberara de esa situación tan desesperante. Un nuevo rey David, un descendiente de David que actuara como un rey fuerte, justo, con gran poder terrenal.

Un Mesías que expulsara a los romanos, restaurara la soberanía de Israel y trajera la paz.

Un Salvador que nadie esperaba

Y es en ese contexto tan duro que este acontecimiento, anunciado con fuerza por los profetas y esperado por generaciones durante siglos, llegó una noche, en total silencio.

Jamás hubiéramos imaginado que nuestro Salvador vendría en forma de bebé, bajo la condición más vulnerable de todas, y puesto —literalmente— en nuestras manos.

Durante su vida pública, Jesús realizó milagros: curó a los ciegos y a los paralíticos, y resucitó a muertos. Esto también alimentó, para algunos que lo observaban desde cierta distancia, la expectativa de una salvación terrenal. Sin embargo, quienes escuchaban con profundidad su mensaje comenzaban a sospechar que sus expectativas acerca del Mesías estaban siendo descolocadas. La lógica de Dios es muy distinta de la nuestra, y Jesús intentó mostrarlo una y otra vez a través de sus acciones y de sus parábolas.

El Mesías tan esperado terminó muerto en la cruz: la muerte más indigna que podía existir en ese tiempo.

Muchos quedaron desilusionados.
Otros comprendieron que el Reino de Dios seguía otros caminos.

Una tensión que sigue viva hoy

Pero esa tensión no quedó atrapada en el siglo I.
Sigue viva hoy, quizá con otros nombres, pero con la misma lógica.

¿Acaso no seguimos esperando un Dios que actúe según nuestras propias expectativas?
Que cambie las circunstancias cuando se vuelven difíciles,
que quite los problemas,
que ordene el mundo,
que elimine el dolor?

Queremos un Dios que actúe con inmediatez,
que imponga una justicia visible,
que restablezca el orden
y erradique el mal que existe en el mundo.

Y cuando no lo hace, nos preguntamos si realmente existe, si está allí, si le importa.

¿Y acaso cuando actuamos así, no nos parecemos a quienes estaban al pie de la cruz, diciéndole que, si realmente era el Mesías, se salvara a sí mismo y bajara de ella?

La lógica inversa de Dios

Jesús no bajó de la cruz, aunque podía hacerlo.
No porque le faltara poder,
sino porque su misión no era evitar el sufrimiento.

No vino a borrar el dolor del mundo,
sino a atravesarlo, a cargarlo, a asumirlo, a transformarlo.
No para glorificar el sufrimiento en sí mismo, sino para darle sentido,
para mostrar que incluso allí donde todo parece perdido, Dios sigue estando presente,
amando hasta el extremo.

Aprender a esperar lo inesperado

En nuestra vida, en general, queremos entender para confiar,
pero Dios nos propone la lógica inversa.
Nos pide entrega, confianza, abandono en sus manos;
hacernos como niños, confiando en quien nos guía.

No por su bien, sino por el nuestro, para que vivamos de un modo más pleno.
Él no nos pide una confianza ciega: a lo largo de toda la Revelación
nos ha dado pruebas tangibles de que Él es digno de nuestra confianza.

Del mismo modo que la llegada del Mesías al mundo, muchas veces los signos de Dios
tienen «apariencia de bebé», o son tan pequeños como un grano de mostaza,
casi imperceptibles, pero capaces de poner en marcha algo inmenso.

Ojalá podamos aprender de nuestra historia, dejar de intentar comprenderlo todo
y aprender a esperar lo inesperado, a dejarnos sorprender.

Ojalá podamos abandonarnos en Él, soltar los remos de la barca,
dejar que Él conduzca y aprender a disfrutar del viaje.

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Adviento: la espera que puede transformarnos https://judiaycatolica.com/adviento-la-espera-que-puede-transformarnos/ https://judiaycatolica.com/adviento-la-espera-que-puede-transformarnos/#respond Thu, 11 Dec 2025 18:54:11 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3592 El Adviento no es solo una preparación para la Navidad. Es una escuela espiritual. Un modo de vivir la vida entera desde la esperanza, la confianza y la promesa. En este video te comparto cómo el Adviento, con sus raíces profundamente bíblicas y también judías, nos enseña a esperar de una forma diferente: no desde […]

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El Adviento no es solo una preparación para la Navidad. Es una escuela espiritual. Un modo de vivir la vida entera desde la esperanza, la confianza y la promesa. En este video te comparto cómo el Adviento, con sus raíces profundamente bíblicas y también judías, nos enseña a esperar de una forma diferente: no desde la ansiedad, sino desde la confianza. No desde la pasividad, sino desde la preparación interior.

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Adviento: la espera que transforma nuestra forma de vivir https://judiaycatolica.com/adviento-la-espera-que-transforma-nuestra-forma-de-vivir/ https://judiaycatolica.com/adviento-la-espera-que-transforma-nuestra-forma-de-vivir/#respond Mon, 08 Dec 2025 19:23:07 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3582 El Adviento es un tiempo de espera… un momento del año que vuelve una y otra vez.Y cada año nos invita a preguntarnos: ¿cómo vivo esta espera hoy?¿En qué punto de mi camino de confianza me encuentra? Más allá de la Navidad y de todo lo que simboliza, si pensamos en la espera en nuestra […]

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El Adviento es un tiempo de espera… un momento del año que vuelve una y otra vez.
Y cada año nos invita a preguntarnos: ¿cómo vivo esta espera hoy?
¿En qué punto de mi camino de confianza me encuentra?

Más allá de la Navidad y de todo lo que simboliza, si pensamos en la espera en nuestra propia vida, vale hacerse una pregunta sencilla pero profunda:
¿Qué estoy esperando?
¿Qué estoy esperando que pase para recién ahí avanzar, decidir, animarme…?

Muchas veces nos decimos:
“Cuando pase tal cosa, voy a hacer tal otra…”
“Cuando se den ciertas condiciones, ahí sí voy a poder…”

Pero ¿por qué esperar?
No existe un “momento ideal” donde todo esté perfectamente alineado para cumplir nuestra misión o nuestro propósito.
Jesús no llamó a sus apóstoles cuando estaban retirados, tranquilos o con todo resuelto, sino que irrumpió en medio de sus vidas, en medio de sus problemas… porque así es la vida.
No existe nadie que no tenga dificultades.

La pregunta que podemos hacernos es:
¿Cómo atravesamos esos problemas?
¿Con enojo, resentimiento o amargura?
¿O como parte del camino?

Entendiendo que no son el fin, sino solo momentos.
Momentos que podemos vivir desde la confianza: sabiendo que Dios quiere lo mejor para nosotros y que sus tiempos son perfectos… aunque muchas veces no nos lo parezcan.

Para caminar mejor en los tiempos difíciles es esencial tener presente qué esperamos y hacia dónde vamos.
Cuando eso está claro, nuestra mirada no se queda detenida en el obstáculo de turno, sino que mira más lejos, hacia adelante, con esperanza.

Y es justamente la esperanza la que nos pone en movimiento.
La que nos impide quedarnos estancados en los problemas.
La que nos quita el miedo y esas preocupaciones que nos roban la alegría de vivir.
Porque la esperanza percibe cosas que la razón, por sí sola, no puede ver.

La filósofa Hannah Arendt escribió:
“Las promesas se dan para formar ciertas islas perfectamente delimitadas de previsibilidad en un mar de incertidumbre.”

Es así: del futuro no sabemos nada.
La única certeza real es el presente.
Las promesas, que siempre miran al futuro, nos dan un punto firme en medio de lo incierto.

Sin embargo, cuando las promesas vienen de personas, siempre queda un pequeño margen de duda: porque no todo depende de su voluntad.
En cambio, cuando la promesa viene de Dios, ahí sí aparece esa verdadera “isla de previsibilidad” a la que podemos aferrarnos.
Y eso no es ingenuo optimismo:
es esperanza fundada en la Palabra de Dios, que una y otra vez ha demostrado ser digna de fe.

Cuando Dios nos repite:
“No temas, yo estaré contigo”,
nos entrega una promesa para sostenernos y caminar sobre ella.
Nos da firmeza para apoyar nuestros pasos.

Fue esa Palabra la que hizo que Pedro caminara sobre el agua.
En medio de un mar turbulento, pudo fijar la mirada en Jesús y caminar por un sendero firme que lo conducía hacia Él.
Pero solo cuando eligió mirarlo y creerle.

La Navidad celebra el cumplimiento de las promesas de Dios hechas al Pueblo de Israel durante siglos.
Es el cumplimiento del envío del Mesías prometido por Dios desde el inicio mismo de la historia, desde Génesis 3, pasando por los patriarcas y los profetas.
Celebramos que ha nacido un Salvador, y una vez más confirmamos que la Palabra de Dios es fiel y digna de confianza.

Entonces, ¿Qué nos quiere enseñar Dios en el Adviento, cada año, celebrando siempre lo mismo?
Esperamos la venida de Jesús sabiendo exactamente el día y la hora en que acontecerá…
El Adviento nos recuerda la realidad de la espera, pero al mismo tiempo nos revela algo más grande:
una espera fundada en la certeza que dan sus promesas, en la fidelidad de Su Palabra.

Dios nos enseña —en ese breve período del año— una pequeña muestra de cómo debemos vivir toda la vida:
confiando en que su Palabra es digna de fe, que sus promesas son reales y que se cumplen.

No porque Él necesite que confiemos,
sino porque nosotros lo necesitamos.
Porque eso cambia por completo nuestro modo de vivir y de enfrentar lo que nos pasa.

Por eso Dios nos “entrena” año tras año.
Para que podamos trasladar esta experiencia a toda nuestra vida:
vivir siempre como en un Adviento, en movimiento, con la mirada puesta en una promesa segura, en una Palabra firme que se cumple.

Creer y confiar en esa Palabra que nos dice:
“Alégrate, yo ya he vencido al mundo.”
y que una y otra vez nos repite:
“No temas, yo estoy contigo.”

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Video: ¿Se puede ser judío y creer en Jesús? https://judiaycatolica.com/video-se-puede-ser-judio-y-creer-en-jesus/ https://judiaycatolica.com/video-se-puede-ser-judio-y-creer-en-jesus/#respond Mon, 13 Oct 2025 22:41:29 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3535 En este video hablo sobre una pregunta clave: ¿Se puede ser judío y creer en Jesús? O…¿Se puede creer en Jesús y seguir siendo judío ? Según muchas perspectivas religiosas, creer en Jesús implicaría renunciar al judaísmo. Pero ¿y si fuese posible conjugar ambas realidades de fe? En este video lo explico brevemente:

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En este video hablo sobre una pregunta clave: ¿Se puede ser judío y creer en Jesús? O…¿Se puede creer en Jesús y seguir siendo judío ? Según muchas perspectivas religiosas, creer en Jesús implicaría renunciar al judaísmo. Pero ¿y si fuese posible conjugar ambas realidades de fe? En este video lo explico brevemente:

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¿Qué significa que el velo del templo se rasgó? https://judiaycatolica.com/que-significa-que-el-velo-del-templo-se-rasgo/ https://judiaycatolica.com/que-significa-que-el-velo-del-templo-se-rasgo/#respond Sat, 11 Oct 2025 12:56:24 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3496 Entonces Jesús, dando un grito, expiró. El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo. (Mc.15:37-38; Mt, 27:51; Lc. 23:45) ¿Qué es este velo del Templo? ¿Y por qué tres de los cuatro Evangelios nos relatan que se rasgó en dos en el momento de la muerte de Jesús? El origen del velo […]

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Entonces Jesús, dando un grito, expiró. El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
(Mc.15:37-38; Mt, 27:51; Lc. 23:45)

¿Qué es este velo del Templo? ¿Y por qué tres de los cuatro Evangelios nos relatan que se rasgó en dos en el momento de la muerte de Jesús?

El origen del velo

Luego de que el pueblo de Israel fuera sido liberado de la esclavitud en Egipto, caminó en el desierto durante 40 años.
Dios los eligió para que fueran Su pueblo, y durante su andar por el desierto los acompañó en todo momento:

Y el Señor iba delante de ellos de día en una columna de nube, para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego, para alumbrarles, a fin de que anduvieran de día y de noche.»
(Éx. 13:21–22)

Dios, para profundizar aun más su presencia, y no sólo estar con ellos, sino habitar en medio de ellos, le pidió a Moisés que le construyera un santuario:

Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos.
(Éx. 25:8)

Así se levantó lo que se conoce como el Tabernáculo, un templo portátil o móvil, el espacio donde el pueblo contaba con la presencia de Dios en medios de ellos, y donde Moisés podía ingresar y hablar «cara a cara» con Dios (Éx. 33:11).
En este templo, lo más sagrado de todo era el Arca de la Alianza, porque representaba la presencia misma de Dios en medio de su pueblo. Era el signo visible de la Presencia divina acompañando al pueblo en su caminar.

Dentro del Arca se colocaron los objetos más sagrados:

  • Las tablas de la Ley, escritas “con el dedo de Dios” (Éxodo 31:18).
  • La vara de Aarón, que floreció como signo de elección divina (Números 17:10).
  • Un vaso de maná, símbolo del alimento celestial (Éxodo 16:33–34; Hebreos 9:4).

Por eso se llamaba también “Arca del Testimonio”, ya que contenía los signos concretos de la alianza entre Dios y su pueblo.

El Arca de la Alianza se colocó dentro del Tabernáculo, y para separar este espacio sagrado del resto se puso un velo en el medio:

Harás, asimismo, un velo de púrpura violeta y escarlata, de carmesí y de lino fino reforzado, con figuras de querubines diseñadas artísticamente. Lo colgarás de cuatro columnas de madera de acacia revestidas de oro, que estarán provistas de unos ganchos del mismo metal y sostenidas por cuatro bases de plata. Pondrás el velo debajo de los ganchos, y detrás de él colocarás el Arca del Testimonio. Así el velo marcará la división entre el Santo y el Santo de los Santos.
(Éx. 26:31–33)

El velo en el Templo de Jerusalén:

Años después, cuando el rey Salomón construye el Templo de Jerusalén —ya no un templo móvil, sino fijo—, coloca allí el Arca de la Alianza, manteniendo esta separación del Santo de los Santos, por medio del velo.

El Templo tenía diferentes sectores: en algunos podían ingresar judíos y gentiles; en otros, solo judíos; en otro, solo mujeres; y en otro, hombres. Luego estaba el Lugar Santo, al que solo podían entrar los sacerdotes.
Por último, el sector más importante de todos: el Santo de los Santos, al que solo podía acceder el sumo sacerdote una vez al año. El día de Yom Kippur, el sumo sacerdote podía pasar detrás del velo para ofrecer expiación por los pecados del pueblo. (Levítico 16:2, 11–17)

Y el velo se rasgó en dos…

En los evangelios se describe con detalle que, en el momento de la muerte de Jesús el velo se rasgó:

El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
(Mateo 27:51; Marcos 15:38; Lucas 23:45)

Como vimos, el velo marcaba la separación del espacio sagrado —la presencia de Dios— del resto de los espacios. Sin embargo, con la redención que trajo Jesús, por medio de su muerte y resurrección, el acceso a la presencia de Dios cambió radicalmente:

Tenemos plena libertad para entrar en el Santuario por la sangre de Jesús, por el camino nuevo y vivo que Él nos abrió a través del velo, es decir, de su carne.
Hebreos 10:19–20

Ya no hay más separación entre Dios y los hombres. Por eso, la función del velo pierde su sentido: se rasga, porque el acceso a Dios queda definitivamente abierto.

En la plenitud de los tiempos se cumple, una vez más, lo que estaba profetizado:

He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo,
y lo llamará con el nombre de Emanuel. (Isaías 7:14)

Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros, puso su morada entre nosotros (Jn. 1:14). Él es Emanuel, que significa “Dios con nosotros” (Mt 1:23).

En esta etapa Mesiánica, Dios nos da una nueva relacion con él, más cercana, corporal, con su culmen en la Eucaristía, en su Presencia Real.

Ojalá que cada dia de nuestras vidas podamos ser conscientes de este don tan maravilloso que tenemos: un Dios que quiere habitar en medio de cada uno de nosotros y acompañarnos en cada momento de nuestra vida.

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“No temas” https://judiaycatolica.com/no-temas/ https://judiaycatolica.com/no-temas/#respond Tue, 30 Sep 2025 16:56:00 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3472 La Palabra de Dios como bálsamo en nuestra vida. Se dice que en la Biblia la frase “No temas” aparece 365 veces, una para cada día del año. Más allá de si esto es exacto o no, lo cierto es que la mayoría de nosotros necesitamos escuchar esas palabras todos los días de nuestra vida. […]

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La Palabra de Dios como bálsamo en nuestra vida.

Se dice que en la Biblia la frase “No temas” aparece 365 veces, una para cada día del año. Más allá de si esto es exacto o no, lo cierto es que la mayoría de nosotros necesitamos escuchar esas palabras todos los días de nuestra vida.

Tenemos miedo. Vivimos con ansiedad. Nos preocupamos por tantas cosas.
El miedo se opone a la fe, a la confianza, a la esperanza.

Pasamos tanto tiempo pensando en el futuro que terminamos descuidando el presente —la única realidad que verdaderamente existe.
El momento presente es el único lugar del encuentro con Dios: allí Él actúa, nos da la gracia y las fuerzas para afrontar lo que hoy tenemos que atravesar.

No la de mañana. La de hoy.

“No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo.
A cada día le basta su aflicción.”
(Mateo 6, 34)

El maná en el desierto

Cuando el pueblo de Israel atravesaba el desierto, Dios le envió maná del cielo para alimentarlo y les dio una indicación muy clara:

“Que nadie reserve nada para el día siguiente”.
Algunos no le hicieron caso y guardaron una parte; pero se llenó de gusanos y produjo un olor nauseabundo…
(Éxodo 16, 19-20)

Posiblemente muchos de nosotros hubiéramos hecho lo mismo.
Estando en medio del desierto, sin recursos, y viendo alimento caer del cielo, lo más lógico parecería acumularlo “por las dudas” de que mañana no vuelva a haber.

Pero aunque Dios les pidió que no reservaran nada, el miedo a no tener a algunos los llevó a desobedecer. En lugar de confiar, actuaron por temor.

Ser como niños

Jesús nos invita a hacernos como niños: a confiar en Él, a dejar en sus manos nuestras preocupaciones y nuestras cargas.
Como los niños que confían en sus padres y se suben al auto sin saber adónde van; juegan tranquilos, sin pensar si habrá algo para la cena, porque confían en que sus padres se encargarán de eso.

“Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados,
y yo los aliviaré.”
(Mateo 11, 28)

Y nosotros, creemos en Dios… pero ¿le creemos a Dios?
¿Le creemos cuando nos dice “No temas”, “Yo estoy contigo”?

Dios no quiere que carguemos el peso de nuestra vida solos.
Cuando intentamos hacerlo con nuestras fuerzas, terminamos agotados.
¿Acaso no estamos exhaustos?

¿Y si eligiéramos creerle?
¿Confiar realmente en su Palabra y entregarnos a Él?

Cada mañana, al despertar, antes de mirar el celular o pensar en todo lo que tenemos que hacer,
podemos hablar con Dios.
Pedirle que nos acompañe, que cargue con lo que nos supera.
Que se encargue, que nos dé esa caricia, ese alivio y la esperanza de saber que no todo depende de nosotros.

Solo nos pide hacer lo mejor que podamos, pero recordando que no todo es controlable.

“Confía en el Señor de todo corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia;
reconócelo en todos tus caminos y Él allanará tus senderos.”
(Proverbios 3, 5-6)

No es fácil abandonarnos en Él, dejar de preocuparnos tanto, dejar de tener miedo.
Por eso, tantas veces nos repite:

“No temas, Yo estoy contigo.”

Cambiar la mirada

Aun cuando ya vimos su acción en nuestra vida y experimentamos su ayuda en momentos imposibles, volvemos a temer ante un nuevo desafío.
Por eso necesitamos cambiar la mirada: ver la vida no con nuestra lógica, sino con la de Dios.

Como Pedro, que pudo caminar sobre el agua mientras su mirada estaba fija en Jesús. Pero cuando intentó comprender desde su razón lo que ocurría, se hundió.
Así también nos pasa a nosotros: cuando nos regimos por la lógica del mundo, corremos el riesgo de hundirnos.

Cuando lo imposible sucede

Pensemos en el Mar Rojo.
El pueblo de Israel había sido liberado y avanzaba hacia el desierto. Detrás venía el ejército del faraón.
Delante, el mar.
No podían avanzar ni retroceder. La situación era desesperante. Muchos gritaron, lloraron, y acusaron a Moisés de haberlos llevado allí para morir.

Imaginemos que en ese momento alguien les hubiera dicho:
“No se preocupen, el mar se abrirá en dos, pasaremos por tierra seca, y cuando los egipcios intenten seguirnos, las aguas caerán sobre ellos.”

¿Quién le habría creído? Seguramente nadie.

Lo mismo con Sara, esposa de Abraham, contándole a sus amigas que, en su vejez, iba a tener un hijo.
O María, diciendo a sus familiares que había concebido por obra del Espíritu Santo.
O Pedro, relatando que caminó sobre el agua.
O los discípulos, cuando Jesús les pidió alimentar a más de cinco mil personas con solo cinco panes y dos pescados.

Estas no son historias de ficción. Nosotros creemos que son reales.
Entonces, ¿por qué no creemos que lo imposible puede suceder también en nuestra vida?

“Si tuvieran fe como un grano de mostaza, nada les sería imposible.”
(Mateo 17, 20)

No somos de este mundo

Nosotros no somos de este mundo (Jn. 15, 19).
Y cuando vivimos bajo los criterios de este mundo,
sentimos angustia, nos sentimos perdidos, sobre cargados.

Hay una frase que me encanta que dice:

“Los que bailan son llamados locos por quienes no pueden escuchar la música.”

Pidámosle a Dios que nos dé esa confianza que Él nos pide que tengamos,
esa confianza de locura que tienen los santos,
las personas que atraviesan situaciones imposibles
y que, a los ojos del mundo, parecen locas
porque no pueden escuchar la música que ellos sí escuchan.

Pidámosle a Dios que nos de la fe del salmista, capaz de decir:

“Aunque camine por valle de sombra de muerte,
no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo.”
(Salmo 23, 4)

Pidámosle la confianza de Moisés, de Abraham, de Sara, de María,
y de todos los locos de Dios que escucharon su música
y bailaron al compás de ella,
haciendo cosas maravillosas con sus vidas.

Dios, dame esa confianza de locura.
Muéstrame tu música y enséñame a bailar al compás de ella.

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¿Cómo reconocer una prueba de fe? https://judiaycatolica.com/como-reconocer-una-prueba-de-fe/ https://judiaycatolica.com/como-reconocer-una-prueba-de-fe/#comments Fri, 01 Aug 2025 14:33:31 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3447 A veces atravesamos momentos que parecen demasiado duros para ser parte de un camino bendecido:  soledad, injusticia, puertas cerradas, caminos que parecen no tener salida. ¿Dónde están los signos de Dios cuando todo se oscurece? La Dei Verbum nos recuerda:“En los sagrados libros, el Padre que está en los cielos se dirige con amor a […]

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A veces atravesamos momentos que parecen demasiado duros para ser parte de un camino bendecido:  soledad, injusticia, puertas cerradas, caminos que parecen no tener salida.

¿Dónde están los signos de Dios cuando todo se oscurece?

La Dei Verbum nos recuerda:
En los sagrados libros, el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos.”

Veamos entonces qué nos dice Dios sobre cómo —y dónde— buscar señales de su presencia en esos momentos en que parece estar ausente… en estas noches oscuras de la fe. Y cuáles son los signos con los que Él nos habla, para que podamos reconocer que lo que estamos atravesando son solo una prueba de fe.

La Biblia nos ofrece una clave poderosa: muchas veces, las mayores crisis en la vida de quienes caminan con Dios son pruebas.

Y estas pruebas tienen una característica especial: parecen poner en juego el cumplimiento de la promesa divina.

Y es ahí, precisamente, donde se esconde la pista para reconocerlas como lo que son: pruebas, no finales.

Cuando podemos verlas así, se abre un modo nuevo de atravesarlas —con paciencia y esperanza.

Veamos algunos ejemplos:

Abraham recibe la promesa de una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo. Y sin embargo, un día se le pide que sacrifique a su hijo Isaac, el único por medio del cual esa promesa podría cumplirse. ¿Cómo puede morir aquel por quien vendría la gran descendencia? Esa sola pregunta contiene la clave: si Dios ha hecho una promesa, entonces aquello que parece llevarnos a la destrucción no puede ser el final, por lo tanto comprendemos que es solo una prueba.

Jacob lucha en Peniel con un misterioso hombre y queda cojo… justo cuando se dirige al encuentro con Esaú, el hermano que juró matarlo. Pero Jacob lleva sobre sí la bendición. Ha sido llamado Israel. No puede perecer. El enfrentamiento con su hermano tendrá un desenlace muy diferente al que teme.

El pueblo de Israel camina por el desierto, sin agua ni comida. Atraviesa crisis profundas donde temen morir allí mismo. Pero, ¿Cómo puede terminar así la historia de un pueblo elegido para ser luz de las naciones? Es solo una prueba.

Incluso José, vendido como esclavo, acusado falsamente, encarcelado injustamente… no podía morir en el olvido. A través de él —descendiente de Abraham— se salvaría el futuro de toda la nación. Era parte del plan. Era parte de la promesa.

Estos momentos de oscuridad, de temor y de aparente abandono, pueden ser iluminados a la luz de estos relatos.

A veces se nos conduce al límite —como a Abraham, a Jacob, al pueblo en el desierto, a José— no para destruirnos, sino para que descubramos allí algo que de otro modo permanecería oculto: la fidelidad de Dios, y lo que hay de verdadero en nuestra fe, revelar lo que hay en lo más profundo de nuestro corazón.

Quizás hoy no entendemos lo que estamos atravesando. Pero la Escritura nos invita a no quedarnos en la superficie de los acontecimientos. Lo que parece una crisis, puede ser una oportunidad para crecer en fidelidad. Lo que parece pérdida, puede ser preparación. Lo que parece el final… puede ser el umbral de un nuevo comienzo.

Y cuando logramos atravesarlos y mirar en retrospectiva, podemos comprender por qué debíamos pasar por allí… y todo lo que ese paso nos dejó.

Como dijo el filósofo Kierkegaard:
“La vida solo puede ser entendida mirando hacia atrás,
pero ha de vivirse mirando hacia adelante.”


No es fácil. Por eso es importante contar con herramientas que nos ayuden a atravesar esas noches oscuras.

Y sostenernos —aunque sea con una pequeña luz de fe— de esa línea invisible pero poderosa que Dios nos extiende.

Para poder identificar que lo que estamos viviendo no es una derrota, sino una prueba para recobrar la esperanza y fortalecer nuestra paciencia.

Y comprender que ese tipo de acontecimientos no buscan destruirnos, sino sacar a la luz lo más profundo de nuestra fe… y de nuestro llamado. Purificar nuestro corazón, revelar nuestra fortaleza, nuestra valentía.

Para que podamos experimentar «…que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». (Dt.8.3)

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El lenguaje silencioso de la Creación https://judiaycatolica.com/el-lenguaje-silencioso-de-la-creacion/ https://judiaycatolica.com/el-lenguaje-silencioso-de-la-creacion/#respond Tue, 01 Jul 2025 12:06:40 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3407 ¿Hay algún artista que haya creado su obra por puro azar? ¿Que no haya tenido ninguna intención detrás? Tal vez quiso hacer catarsis, o manifestar sentimientos que brotaban de lo más profundo de su ser. Expresar emociones que superan el lenguaje verbal. Su obra, única y auténtica, transmite algo irrepetible, algo que ninguna otra podría […]

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¿Hay algún artista que haya creado su obra por puro azar? ¿Que no haya tenido ninguna intención detrás? Tal vez quiso hacer catarsis, o manifestar sentimientos que brotaban de lo más profundo de su ser. Expresar emociones que superan el lenguaje verbal. Su obra, única y auténtica, transmite algo irrepetible, algo que ninguna otra podría decir del mismo modo.

Cuando contemplamos la obra de la creación, las maravillas de la naturaleza, los atardeceres llenos de colores que despiertan en nosotros emociones indescriptibles… ¿nos detenemos a pensar en su Creador? ¿Puede una obra tan armónica nacer del caos? ¿Pueden estos mares y montañas, esta belleza innegable, existir sin un sentido?

El salmista lo dice con claridad: “El cielo proclama la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmo 19,1). Y el Libro de la Sabiduría lo expresa aún más profundamente:
“Porque por la grandeza y hermosura de las criaturas, se llega, por analogía, a contemplar a su Autor.” (Sab. 13,5)

Si toda obra revela algo de quien la crea, ¿no estamos llamados también nosotros a buscar el propósito que hay detrás de esta creación? ¿No cambia radicalmente nuestra vida si descubrimos que detrás de lo creado, y de nuestra propia existencia, hay una intención, un propósito?

A veces le pedimos a Dios respuestas… y sentimos que guarda silencio. Pero ¿y si estuviera hablando en otro lenguaje? ¿Y si su respuesta no tuviera forma de palabra, sino de brisa, de cielo estrellado, de belleza gratuita que se revela sólo en el silencio y la contemplación?

Job, el personaje bíblico que encarna el dolor humano más profundo, en su búsqueda angustiosa de sentido, encontró finalmente una respuesta cuando Dios le habló desde la tormenta. Pero no le explicó por qué sufría. Le habló sobre la creación, sobre el mar, el cielo, los animales salvajes, las estrellas… ¿Qué tenía eso que ver con su dolor? Y, sin embargo, en esa inmensidad, en ese lenguaje de la belleza, Job encontró consuelo. Tal vez no el que esperaba , o el que nosotros como lectores queríamos tener—no uno lógico, racional, tranquilizador—, pero sí uno que lo envolvió, que lo superó y lo llevó a la confianza.

Porque hay vivencias —el sufrimiento, el amor, la belleza— que desbordan las palabras. Es allí donde el arte encuentra su vocación, y donde la creación se convierte en lenguaje: un lenguaje que no se pronuncia, pero que dice muchísimo.

Y me pregunto: ¿acaso el Artista por excelencia, Dios mismo, no usará también ese lenguaje para hablarnos? ¿Para expresar su dolor ante nuestro dolor, su Amor extremo que se derrama una y otra vez sobre nuestros corazones?

Quizás la próxima vez que nos sintamos perdidos por el aparente silencio de Dios, podríamos simplemente contemplar sus obras, mirar el cielo, la montaña o al mar… y tal vez allí entendamos algo de lo que nos quiere decir. Quizás tengamos la suerte del salmista, y podamos decir también nosotros:

“¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!…
Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos,
la luna y las estrellas que has creado,
¿Qué es el hombre para que pienses en él,
el ser humano para que lo cuides?”
(Salmo 8. 1-5)

Y en esa contemplación simple y silenciosa, volver a sentirnos amados, cuidados, tenidos en cuenta. Volver a descubrir que no estamos solos.

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Los salmos que Jesús rezó en la cruz https://judiaycatolica.com/los-salmos-que-jesus-rezo-en-la-cruz/ https://judiaycatolica.com/los-salmos-que-jesus-rezo-en-la-cruz/#respond Thu, 17 Apr 2025 15:48:45 +0000 https://judiaycatolica.com/?p=3397 Los salmos han acompañado a generaciones enteras del pueblo de Israel… y siguen haciéndolo hasta hoy.Son cantos de celebración, de súplica, de dolor.Nos ayudan a atravesar tanto los momentos más luminosos de la vida como esos otros en los que parece reinar el silencio de Dios. Jesús, como judío, también los rezó durante toda su […]

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Los salmos han acompañado a generaciones enteras del pueblo de Israel… y siguen haciéndolo hasta hoy.
Son cantos de celebración, de súplica, de dolor.
Nos ayudan a atravesar tanto los momentos más luminosos de la vida como esos otros en los que parece reinar el silencio de Dios.

Jesús, como judío, también los rezó durante toda su vida.
Y en el momento más importante —en la cruz— también los pronunció.

Las “siete palabras” de Jesús en la cruz no son solo frases sueltas.
Son las últimas palabras de alguien que está muriendo.
Y cuando alguien sabe que está muriendo, cada palabra importa.
No son arbitrarias.
Son elegidas. Pensadas.
Y en el caso de un crucificado, donde hablar es una tortura… esas palabras revelan lo hay en lo más profundo de su corazón.

De esas siete frases, dos están tomadas directamente de los salmos.
Jesús los había cantado con sus discípulos en la Última Cena —como vimos en el articulo anterior—, y ahora, en el final de su vida, los vuelve a rezar.

Dos salmos.
Dos oraciones.
Dos momentos clave de la Cruz.

Primero, el Salmo 22:
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Y más tarde, el Salmo 31:
En tus manos encomiendo mi espíritu.”

¿Cómo puede un hombre pasar de decir “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” a decir: “En tus manos encomiendo mi espíritu”?
¿Cómo se transita de la sensación de abandono a la entrega total?

Lo que parece una contradicción es, en realidad, un recorrido.
Un camino interior.
Un tránsito desde el dolor hacia la esperanza.
Que es lo que nos enseña Jesús, y lo que nos enseñaron a hacer los salmos durante siglos.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Estas palabras, recogidas por Mateo y Marcos, resuenan como un grito desgarrador.
Muchos han visto en ellas solo desesperación.
Pero quienes conocen la tradición judía saben que son mucho más que eso.

Son las primeras palabras del Salmo 22.
Y en la tradición de Israel, citar el comienzo de un salmo es evocar todo su contenido.
Es como si Jesús estuviera rezando el salmo entero con una sola frase.

Entonces, si leemos el salmo completo, podemos comprender algo totalmente diferente de lo que estas palabras aparentan expresar…

Y ese salmo, aunque empieza con un clamor de angustia, termina con una alabanza confiada.
Veamos algunos de los versículos.

El salmo comienza así:

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
¿Por qué estás lejos de mi clamor y mis gemidos?
Te invoco de día, y no respondes,
de noche, y no encuentro descanso.”

Pero más adelante, dice:

“En ti confiaron nuestros padres,
confiaron y tú los liberaste;
clamaron a ti y fueron salvados,

confiaron en ti y no quedaron defraudados.”

Ya vimos en otros videos que muchos salmos hacen este ejercicio de rememorar el paso de Dios en la vida del pueblo de Israel y, a la vez, en la propia vida.
Y eso vuelve a fortalecer a quien lo reza, porque entiende que Dios nunca defraudó a su pueblo, ni a quienes lo buscan, y tampoco lo va a defraudar a él.
Entonces, en medio del dolor y la tragedia, el salmista expresa su confianza inquebrantable en Dios.

Este salmo, además, expresa aún mucho más.
Tiene un carácter profético.
Jesús no solo lo reza, sino que lo vive en carne propia.

Leamos en detalle lo que dice el salmo y vamos a verlo en relación a los relatos de la Pasión en los Evangelios:

“Los que me ven, se burlan de mí,
hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo:
‘Confió en el Señor, que él lo libre;
que lo salve, si lo quiere tanto’.
(Salmo 22, 8-9)

Lucas 23 nos dice:
“El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: ‘Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!’
También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: ‘Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!
’”

Y el Salmo continúa (22, 17-19):

“Taladran mis manos y mis pies,
me hunden en el polvo de la muerte.
Yo puedo contar todos mis huesos;
ellos me miran con aire de triunfo,
se reparten entre sí mi ropa
y sortean mi túnica.”

Evangelio de Juan 19, 23-24:

Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo,
se dijeron entre sí: ‘No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca’. Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados.”

Este salmo, escrito siglos antes, parece describir lo que está ocurriendo al pie de la cruz.
Las palabras del salmo se hacen cuerpo en Jesús.
Lo que había sido oración del pueblo, se convierte en experiencia viva del Mesías.

Y el Salmo 22 concluye con esperanza:

Contaré tu nombre a mis hermanos,
te alabaré en medio de la asamblea.”

“Porque no ha mirado con desdén ni desprecio la miseria del pobre,
no le ocultó su rostro y cuando pidió auxilio, lo escuchó.

Jesús empieza con este salmo.
Y con eso, nos muestra que incluso en el abandono… hay un camino hacia la confianza.
Y al final, lo confirma con su última frase del Salmo 31:

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.”

Con esta frase, Jesús se entrega.
Se confía plenamente a su Padre.

No está huyendo del dolor.
Lo está atravesando.
Y lo hace con la misma oración que sostuvo a su pueblo durante siglos.

Jesús muere como vivió: en diálogo con Dios.
Y ese diálogo, aun en la cruz, no está marcado solo por la angustia,
sino también por la certeza de que Dios no abandona.
Que el silencio de Dios no es ausencia.
Que en medio de la noche… la oración nos ilumina.

Y frente a esto, podemos aprovechar estos días para reflexionar también nosotros…

¿Qué palabras brotan de nuestra boca en nuestras propias cruces?
¿Podemos —como Jesús— hacer nuestros los salmos?
¿Dejarnos llevar por ese camino que va del abandono a la confianza?
Del dolor a la esperanza.
De la soledad… a la comunión.

Porque también nosotros, en medio de nuestras noches, podemos recordar como lo hizo Jesús.
Recordar que no estamos solos,
que hay una historia detrás que nos sostiene,
una fidelidad que no falla.

Los salmos no son solo palabras antiguas.
Son el puente entre nuestra fragilidad y la fuerza de Dios.
La voz que nos ayuda a seguir rezando cuando ya no tenemos palabras.

Y así, como lo hizo Jesús, también nosotros podemos confiar.
Incluso en la cruz.
Incluso en la noche.
Incluso cuando todo parece perdido…
podemos seguir confiando, porque su fidelidad no se apaga.

A entregar nuestro espíritu, sabiendo que Dios nos recibe con amor.
Porque su fidelidad es eterna.
Y en cada cruz, Él nos sostiene con sus manos.

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