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	<title>Judia &amp; Catolica</title>
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	<description>Mi Camino Personal y Reflexiones sobre ser Judia y Católica, al mismo tiempo. E intentando hacer Visible algo de lo Invisible</description>
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	<title>Judia &amp; Catolica</title>
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		<title>Video: Del judaísmo al catolicismo: mi historia</title>
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		<pubDate>Wed, 03 Jun 2026 19:59:30 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Nací en una familia judía, crecí entre las tradiciones, festividades y enseñanzas del pueblo de Israel. Nunca imaginé que años después descubriría en Jesús al Mesías prometido y una continuidad inesperada entre el judaísmo y el catolicismo. En este testimonio cuento cómo fue ese proceso, las experiencias que transformaron mi vida y por qué hoy [&#8230;]</p>
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<p>Nací en una familia judía, crecí entre las tradiciones, festividades y enseñanzas del pueblo de Israel. Nunca imaginé que años después descubriría en Jesús al Mesías prometido y una continuidad inesperada entre el judaísmo y el catolicismo. <br><br>En este <strong>testimonio </strong>cuento cómo fue ese proceso, las experiencias que transformaron mi vida y por qué hoy me defino como<strong> judía y católica.</strong></p>



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		<title>Los Salmos: cuando la alabanza nace en medio del dolor</title>
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		<dc:creator><![CDATA[luciana]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 26 May 2026 14:46:14 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Muchas veces pensamos que la alabanza nace cuando todo está bien. Cuando sentimos paz, cuando las cosas salen como esperábamos, cuando la fe se vuelve fácil. Pero los Salmos muestran algo completamente distinto. El libro de los Salmos está lleno de gritos, preguntas, cansancio, lágrimas y silencios de Dios. Está lleno de oraciones que nacen [&#8230;]</p>
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<p>Muchas veces pensamos que la <strong>alabanza</strong> nace cuando todo está bien. Cuando sentimos paz, cuando las cosas salen como esperábamos, cuando la fe se vuelve fácil.</p>



<p>Pero los Salmos muestran algo completamente distinto.</p>



<p><strong>El libro de los Salmos </strong>está lleno de gritos, preguntas, cansancio, lágrimas y silencios de Dios. Está lleno de oraciones que nacen desde la angustia, desde la espera, desde la sensación de abandono. Y, sin embargo, justamente eso es también lo que la tradición de Israel llamó «alabanza».</p>



<p>En hebreo, los Salmos se llaman <em><strong>Tehilim</strong></em>, que significa alabanzas. Y eso resulta sorprendente. Porque muchos de esos textos no parecen himnos alegres ni triunfales. Parecen más bien el corazón de alguien que ya no sabe cómo seguir.</p>



<p>¿Dónde está la alabanza ahí?</p>



<p>Quizás la respuesta sea una de las enseñanzas más profundas de toda la espiritualidad bíblica. La verdadera alabanza no consiste en negar el dolor ni en fingir que todo está bien. Nace cuando, incluso en medio de la oscuridad, el hombre vuelve a recordar quién es Dios.</p>



<p>Por eso los Salmos son tan humanos. El salmista no esconde lo que siente: le habla a Dios desde el miedo, la tristeza, la incertidumbre o el cansancio. Pero en medio de esa oración sucede algo profundamente transformador: hace memoria. Recuerda las obras de Dios, su fidelidad con Israel, todas las veces que sostuvo, liberó, perdonó y acompañó a su pueblo. Y muchas veces, poco a poco, ese corazón que empezó rezando desde la desolación termina descansando nuevamente en la confianza. No porque el sufrimiento desaparezca, sino porque vuelve a apoyarse en una verdad más profunda que sus emociones del momento.</p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong>Los Salmos y la memoria de Dios</strong></h1>



<p>Dios no nos dio estas oraciones porque necesite que lo alabemos. Dios no necesita nada. Los que necesitamos recordar somos nosotros.</p>



<p>Necesitamos volver a escuchar que Dios es nuestra roca, nuestro refugio y nuestra fortaleza. Necesitamos repetir que su amor permanece para siempre, porque lo olvidamos con mucha facilidad, especialmente cuando la vida se vuelve difícil.</p>



<p><strong>Los Salmos nos enseñan a rezar desde la realidad concreta que estamos viviendo, </strong>desde lo que somos y lo que sentimos, pero al mismo tiempo nos enseñan a levantar la mirada hacia Aquel que trasciende nuestras emociones cambiantes. Por eso rezar los Salmos es volver a colocar nuestra vida dentro de una historia mucho más grande que nuestro estado de ánimo del momento.</p>



<h1 class="wp-block-heading"><em>«Porque es eterno su amor»</em></h1>



<p>La esperanza bíblica no es un optimismo vacío. Está apoyada en algo real: un Dios que actuó en la historia, que hizo alianza con su pueblo, que liberó a Israel de Egipto, que sostuvo al hombre en medio del desierto, que corrigió, perdonó y siempre cumplió sus promesas.</p>



<p>Uno de los ejemplos más hermosos de esto aparece en el <strong>Salmo 136</strong>, conocido en la tradición judía como el<strong> Gran Hallel.</strong> Ese Salmo va recorriendo toda la historia de la salvación: la creación, la liberación de Egipto, el paso por el desierto, la fidelidad de Dios con Israel. Y después de cada frase repite lo mismo:</p>



<p><em><strong>«Porque es eterno su amor.»</strong></em></p>



<p>Veintiséis veces.</p>



<p>¿Por qué tanta repetición? Porque necesitamos que esa verdad se nos grabe en el alma y en la mente. Cuando el hombre comienza a repetir una y otra vez esa frase, lentamente empieza a reorganizar la manera en que mira la realidad. No significa que todo lo que sucede sea bueno, ni que Dios quiera el sufrimiento. Significa algo más profundo: que incluso en medio de aquello que no entiendo, puedo recordar que mi vida no está abandonada. <strong>Que existe un amor sosteniendo incluso aquello que hoy todavía no logro comprender.</strong></p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong>La alabanza más profunda</strong></h1>



<p>Ahí <strong>los Salmos nos prestan palabras. </strong>Nos enseñan que podemos presentarnos delante de Dios con todo lo que somos y todo lo que estamos viviendo, no para encerrarnos en nuestra angustia, sino para dejar que Él vuelva lentamente a ordenar nuestra mirada.</p>



<p>Porque a veces la alabanza más profunda nace precisamente en medio de la noche, cuando el hombre puede decir:</p>



<p><em>«No entiendo, pero confío.</em> <em>No veo, pero recuerdo.</em> <em>Me duele, pero sé que tu amor permanece.»</em></p>



<p>La fe bíblica no consiste en no tener miedo. Consiste en aprender a mirar la vida desde una verdad más grande que el miedo: que Dios permanece fiel, que su misericordia no se agota, que su amor no depende de lo que yo sienta hoy.</p>



<p><strong>Porque su amor es eterno.</strong></p>
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		<title>¿Qué Pentecostés Celebraban los Apóstoles?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[luciana]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 22 May 2026 16:22:36 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>¿Qué Pentecostés estaban celebrando María, los apóstoles y tantos judíos reunidos en Jerusalén si el Espíritu Santo todavía no había descendido? Para entender Pentecostés en toda su profundidad, es necesario mirar la historia de Israel. No se trata de dos historias separadas, sino de una misma historia de salvación que se ilumina profundamente y nos [&#8230;]</p>
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<p>¿Qué <strong>Pentecostés </strong>estaban celebrando María, los apóstoles y tantos judíos reunidos en Jerusalén si el <strong>Espíritu Santo </strong>todavía no había descendido? Para entender Pentecostés en toda su profundidad, es necesario mirar la historia de Israel. No se trata de dos historias separadas, sino de una misma historia de salvación que se ilumina profundamente y nos muestra la belleza y bondad de Dios. Algunos datos que dejé fuera del video pueden leerlos en este artículo: <br><a href="https://judiaycatolica.com/del-sinai-al-cenaculo/">https://judiaycatolica.com/del-sinai-al-cenaculo/</a><br><br><strong>Del Sinaí al Cenáculo</strong>, vemos cómo Dios fue llevando a su pueblo hacia una intimidad cada vez mayor: de la Ley entregada en piedra a la promesa de una alianza escrita en el corazón, y finalmente al don del Espíritu Santo.</p>



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<p></p>
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		<title>Del Sinaí al Cenáculo: cuando la Ley se vuelve vida en el corazón</title>
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		<dc:creator><![CDATA[luciana]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 18 May 2026 12:40:41 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar.” Con estas palabras, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos introduce en uno de los momentos más importantes de la historia de la Iglesia: la venida del Espíritu Santo. Pero acá hay un detalle que cambia por completo la escena. [&#8230;]</p>
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<p><em><strong>“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar.”</strong></em></p>



<p>Con estas palabras, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos introduce en uno de los momentos más importantes de la historia de la Iglesia:<strong> la venida del Espíritu Santo.</strong></p>



<p>Pero acá hay un detalle que cambia por completo la escena. Cuando los cristianos escuchan «Pentecostés», suelen pensar enseguida en la venida del Espíritu Santo. Y tiene sentido, porque así se celebra hoy en la Iglesia. Sin embargo, en el momento en que comienza el relato de Hechos, eso todavía no había ocurrido.</p>



<p>Entonces uno podría preguntarse: ¿Qué fiesta estaban celebrando María, los apóstoles y tantos judíos reunidos en Jerusalén?</p>



<p>La respuesta nos lleva a <strong>Shavuot, la fiesta judía de las Semanas,</strong> que en griego se llamó Pentecostés porque se celebraba cincuenta días después de la Pascua judía. Y este dato no es una simple curiosidad histórica. Es una puerta inmensa para comprender qué ocurrió ese día y por qué Dios eligió precisamente esa fiesta para enviar el Espíritu Santo.</p>



<p>Para comprender el Nuevo Testamento, y especialmente para comprender a Jesús, es imprescindible conocer el Antiguo Testamento. El Nuevo no aparece de la nada ni comienza de cero: <strong>es la plenitud de una historia que Dios venía escribiendo</strong> desde Abraham, desde Moisés, desde los profetas. Sin ese trasfondo, podemos leer los Evangelios, conmovernos con Jesús y admirar sus palabras. Pero cuando conocemos la historia de Israel, todo adquiere una profundidad inmensa: sus gestos, sus milagros y hasta los lugares donde ocurren las cosas empiezan a brillar dentro de una historia mucho más grande.&nbsp;</p>



<p><strong>Y Pentecostés es uno de los ejemplos más hermosos de esto.</strong></p>



<p>Podemos contemplar este acontecimiento, esta fiesta, como la venida del Espíritu Santo, como el nacimiento visible de la Iglesia, como el fuego que transforma a los apóstoles y los envía al mundo. Y todo eso es verdadero, hermoso y central.</p>



<p>Pero cuando conocemos sus<strong> raíces judías,</strong> cuando comprendemos su relación con Shavuot, con el Sinaí, con la entrega de la Torá y con la alianza de Dios con Israel, Pentecostés se abre ante nosotros con una belleza todavía más profunda.</p>



<p>Y no se trata solo de saber más. Se trata de<strong> contemplar cómo Dios fue preparando la historia de la salvación con una delicadeza impresionante</strong>. Nada aparece de golpe. Nada está desconectado. Cada fiesta, cada promesa, cada alianza y cada acontecimiento parecen ir dejando una huella que, con el tiempo, se ilumina en Jesús.</p>



<h1 class="wp-block-heading">Shavuot: la fiesta de las semanas</h1>



<p>Shavuot significa «semanas». Se celebra siete semanas —cincuenta días— después de Pesaj, la Pascua judía. Por eso en griego se la llamó Pentecostés, que significa precisamente «quincuagésimo». En su origen, estaba también vinculada a la cosecha y a la presentación de las primicias: una fiesta de agradecimiento en la que el pueblo ofrecía a Dios los primeros frutos de la tierra.</p>



<p>Pero con el tiempo, Shavuot quedó especialmente asociada a uno de los acontecimientos más importantes de la historia de Israel: la entrega de la Torá en el monte Sinaí.</p>



<p>Dios había liberado a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Pero esa liberación no terminaba simplemente con salir físicamente de allí. Dios no libera a Israel para dejarlo perdido en el desierto, sin identidad ni misión. <strong>Lo libera para constituirlo su pueblo</strong>. En el Sinaí le entrega la Ley, le enseña cómo vivir, cómo relacionarse con Él y con los demás, y le da su identidad más profunda:</p>



<p><em><strong>«Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo.»</strong></em></p>



<p>Esta frase atraviesa toda la historia bíblica. Y es muy importante entenderla bien: en el Sinaí Dios no está dando simplemente un conjunto de normas. Está haciendo <strong>alianza</strong>. Está educando a un pueblo que venía de siglos de esclavitud, que había vivido bajo opresión, bajo dominio extranjero, sin decidir por sí mismo. De pronto, Dios lo libera. Pero esa libertad tenía que ser aprendida, porque <strong>se puede salir de Egipto y seguir pensando como esclavo. </strong>Se puede cruzar el Mar Rojo y seguir teniendo miedo de la libertad.</p>



<p>Por eso la Ley no es un castigo ni una carga absurda. Es un don. El regalo de Dios a un pueblo que todavía está aprendiendo a vivir como hijo.</p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong>La pedagogía de Dios y la promesa de una alianza más profunda</strong></h1>



<p>Dios va formando a su pueblo paso a paso: primero lo libera, luego le da una Ley, después lo acompaña, lo corrige, lo perdona y lo vuelve a levantar. Por medio de los profetas le recuerda su alianza y despierta en Israel la esperanza de una plenitud todavía mayor.</p>



<p>Algo parecido ocurre con los hijos. Cuando son pequeños reciben indicaciones que todavía no comprenden del todo.Y esa obediencia puede ser una profunda respuesta de amor, aunque todavía no entienda todo. Obedece porque confía. Porque sabe, de algún modo, que quien lo guía lo ama.&nbsp; Con el tiempo esa relación cambia: ya no se trata solo de cumplir una palabra de autoridad, sino de una comprensión más profunda, un diálogo más íntimo, una confianza más madura.</p>



<p>Con Dios ocurre algo semejante en la historia de la salvación. En el Sinaí escribe su Ley en tablas de piedra. Pero ya desde los profetas aparece una promesa más profunda. Jeremías anuncia:</p>



<p><em><strong>«Pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones.</strong>«</em> (Jr 31,33)</p>



<p>Y Ezequiel agrega:</p>



<p><em>«<strong>Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo.</strong>«</em> (Ez 36,26)</p>



<p>Estas profecías son la clave para comprender Pentecostés. Porque en Pentecostés Dios no elimina el Sinaí: lo lleva a su plenitud. No borra la Ley: la interioriza. En el Sinaí la escribió en piedra. En Pentecostés comienza a escribirla en los corazones.</p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong>Del Sinaí al Cenáculo</strong></h1>



<p>Por eso es tan significativo que el Espíritu Santo descienda precisamente en Pentecostés.</p>



<p>En Shavuot, Israel celebraba la entrega de la Torá, cincuenta días después de la Pascua. En Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua de Jesús, Dios vuelve a descender. Pero esta vez no desciende sobre una montaña: desciende sobre personas. Sobre María y los apóstoles reunidos en el Cenáculo.</p>



<p>En el Sinaí hubo fuego, sonido fuerte, manifestación poderosa de Dios. En Pentecostés también hay viento, fuego y asombro. Pero lo más importante no es el parecido exterior, sino la profundidad de lo que ocurre: Dios no desciende ahora solo para dar una Ley, sino para <strong>habitar en el corazón de los creyentes</strong> y hacer posible una vida nueva.</p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong><em>Yo los llamo amigos</em></strong></h1>



<p>Esto es exactamente lo que Jesús les dice a sus discípulos:</p>



<p><strong><em>«Ya no los llamo siervos, porque el servidor ignora lo que hace su señor. Yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.»</em></strong><strong> </strong>(Jn 15,15)</p>



<p>Jesús no está despreciando la obediencia ni anulando la Ley. Está revelando hasta dónde quería llegar Dios en esa relación: quiere hijos, quiere amigos, quiere intimidad. Y para eso deja un mandamiento nuevo:</p>



<p><em><strong>«Ámense los unos a los otros como yo los he amado.»</strong></em> (Jn 13,34)</p>



<p>El punto está en ese «como». No dice solamente «ámense»: dice «ámense <strong><em>como </em></strong>yo los he amado». Ese amor supera nuestras fuerzas. Amar al enemigo, bendecir al que nos persigue, responder al mal con bien: eso no nace de una buena intención humana. Necesita la gracia de Dios. Necesita al Espíritu Santo.</p>



<p>Por eso Pentecostés es tan central: Dios no nos pide amar como Cristo sin darnos antes el amor de Cristo. San Pablo lo expresa así:</p>



<p><em>«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.»</em> (Rom 5,5)</p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong>Una misma historia de amor</strong></h1>



<p>A mí, como judía y católica, todo esto me conmueve profundamente. Porque cuando uno mira<strong> Pentecostés desde sus raíces judías</strong>, no ve dos historias separadas. Ve una misma historia de amor: el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, que libera, que educa, que hace alianza, que entrega la Ley, que habla por los profetas, que promete un corazón nuevo y que finalmente derrama su Espíritu. El Dios que no abandona su obra sino que la lleva a plenitud.</p>



<p><strong>Pentecostés</strong> <strong>revela hacia dónde Dios venía conduciendo a su pueblo desde el comienzo: </strong>no solo a escuchar su voz, sino a recibir su Espíritu; no solo a caminar según su Ley, sino a dejar que esa Ley se vuelva vida en el corazón.</p>



<p><strong>Es el Sinaí iluminado desde el Cenáculo. Es la Torá llevada al corazón</strong>. Es la alianza hecha vida interior. Es el amor de Dios derramado en nosotros.</p>



<p>Ojalá podamos tener esto presente cada día: que la relación que Dios quiere con nosotros no es lejana ni exterior, sino <strong>libre</strong>, plena y viva.</p>



<p>Que su Espíritu nos transforme desde dentro, nos enseñe a caminar como hijos y nos ayude a convertirnos, cada día un poco más, en las personas que Dios nos creó para ser.</p>



<p>Y que, así como del Sinaí al Cenáculo Dios fue llevando a su pueblo hacia una intimidad cada vez mayor, también nosotros sigamos buscándolo a Él, dejándonos guiar por su Espíritu y permitiendo que siga escribiendo su amor en nuestro corazón.</p>



<p></p>
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		<title>Prestar voz al sufrimiento: Jesús no vino a ignorar el dolor, sino a atravesarlo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[luciana]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 May 2026 00:14:40 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>“La necesidad de prestar voz al sufrimiento es condición de toda verdad.”Theodor Adorno Mientras hacía un trabajo de investigación, me encontré con una frase de Adorno que me quedó resonando: “prestar voz al sufrimiento es condición de toda verdad”. Él la escribe en un contexto filosófico muy distinto al de la fe cristiana, pero al [&#8230;]</p>
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<p><strong><em>“La necesidad de prestar voz al sufrimiento es condición de toda verdad.”</em></strong><br>Theodor Adorno</p>
</blockquote>



<p>Mientras hacía un trabajo de investigación, me encontré con una frase de Adorno que me quedó resonando<strong><em>: “prestar voz al sufrimiento es condición de toda verdad”</em></strong>. Él la escribe en un contexto filosófico muy distinto al de la fe cristiana, pero al leerla no pude evitar llevarla también al ámbito espiritual. Porque hay algo profundamente verdadero en esa intuición: <strong>una verdad que ignora el sufrimiento humano no puede ser una verdad completa.</strong></p>



<p>Adorno reflexiona acerca del dolor afirmando que no es solamente una experiencia privada, psicológica o sentimental.<strong> El sufrimiento revela algo del mundo</strong>. Muestra que la realidad está herida: hay contradicción, violencia, injusticia, enfermedad, exclusión, abandono, humillación, soledad. El sufrimiento <strong>marca aquello que no encaja.</strong> Nos impide aceptar una imagen demasiado armoniosa de la vida. Nos recuerda que algo está roto, que el mundo está quebrado.</p>



<p><strong>Y quizás por eso el sufrimiento es uno de los lugares donde más se nos pone en crisis la fe. </strong>Si Dios es bueno, ¿por qué existe tanto dolor? Si Dios nos ama, ¿por qué permite la injusticia? Si Dios puede todo, ¿por qué no elimina de una vez el sufrimiento del mundo? Estas preguntas no son falta de fe. Muchas veces son la forma más honesta que tiene la fe cuando se encuentra con una herida real.</p>



<p>Porque cuando sufrimos, lo primero que esperamos de Dios es que intervenga. Que alivie. Que cure. Que ordene lo que se rompió. Que haga justicia. Que detenga aquello que nos angustia. Frente al dolor, no buscamos una teoría: buscamos una presencia que salve.</p>



<p><strong>Estas preguntas tampoco son ajenas a la historia de Israel.</strong> El Antiguo Testamento está lleno de hombres y mujeres que no esconden su dolor delante de Dios. Job pregunta, discute, se lamenta. Los salmos gritan: “¿Hasta cuándo, Señor?” El pueblo esclavizado en Egipto clama, y Dios escucha su clamor.<strong> La fe bíblica no niega el sufrimiento ni lo maquilla: lo lleva delante de Dios. Lo convierte en oración, en súplica, en espera.</strong></p>



<p>Por eso, cuando miramos la historia de Israel, podemos entender mejor la <strong>esperanza mesiánica</strong>. En un mundo marcado por la opresión, el exilio, la injusticia, la enfermedad y la muerte, era profundamente humano esperar que Dios interviniera, que liberara, que restaurara, que hiciera justicia. El corazón del pueblo esperaba un Mesías que trajera salvación no como idea abstracta, sino como respuesta concreta al dolor de la historia.</p>



<p><strong>Y, sin embargo, Jesús hizo algo inesperado.</strong> No empezó eliminando el sufrimiento desde afuera. Eligió primero atravesarlo. No vino a explicar el dolor desde una distancia segura, sino a entrar en él, a padecerlo, a hacerlo suyo.</p>



<h1 class="wp-block-heading">Dios no miró nuestro dolor desde lejos</h1>



<p>El cristianismo no anuncia a un Dios que mira el sufrimiento desde afuera. No anuncia a un Dios que observa la historia desde una distancia segura, intacto, indiferente, protegido de todo lo que nos duele. El centro de nuestra fe es mucho más escandaloso: <strong>Dios se hizo hombre.</strong></p>



<p><strong>No se hizo idea, no se hizo explicación, no se hizo teoría sobre el dolor. Se hizo uno de nosotros.</strong> En Jesús, Dios entró en nuestra historia como hombre verdadero. La fe cristiana afirma que Cristo fue semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado. Eso significa que no esquivó la fragilidad humana. No evitó el cansancio, el hambre, la tristeza, la angustia, la traición, la soledad, la humillación ni la muerte.</p>



<p><strong>Jesús no subestimó nuestras angustias. Las vivió en carne propia. </strong>Y esto me parece central, porque muchas veces, cuando sufrimos, buscamos una explicación que cierre todo. Una frase que ordene el caos. Una respuesta que nos haga entender por qué pasó lo que pasó. Pero el Evangelio no empieza dándonos una teoría del sufrimiento, nos muestra a Dios entrando en él.</p>



<h1 class="wp-block-heading">Jesús también lloró</h1>



<p>Hay una frase del Evangelio que siempre me deja pensando: “<strong><em>Jesús lloró” </em></strong>(Jn 11,35). Él  sabe que va a resucitar a Lázaro. Sabe que la muerte no tendrá la última palabra. Y aun así, llora.</p>



<p>No dice: “No lloren, no es para tanto”. No dice: “Tranquilos, todo pasa por algo”. No dice: “Tengan más fe”. Llora. <strong>Se deja afectar por el dolor de los que ama.</strong></p>



<p>Y ahí hay algo muy importante. <strong>Jesús no niega el sufrimiento porque sabe que hay resurrección. No usa la esperanza para tapar el dolor. No adelanta el final feliz para evitar atravesar el duelo</strong>. Llora primero. Y después llama a Lázaro fuera del sepulcro.</p>



<h1 class="wp-block-heading">El dolor no debe taparse demasiado rápido</h1>



<p>Adorno tiene una intuición muy fuerte:<strong> el sufrimiento no debe integrarse demasiado rápido en una explicación. </strong>Y esto, llevado a la fe, me parece muy necesario. Porque a veces los creyentes también podemos apurarnos a explicar el dolor. A veces decimos frases que parecen sabias, pero que pueden lastimar: “por algo será”, “Dios sabe por qué”, “ofrecelo”, “tenés que ser fuerte”.</p>



<p>Tal vez algunas de esas frases puedan tener algo de verdad en algún momento. Pero dichas demasiado pronto pueden sonar como una forma de callar el dolor del otro<strong>. Pueden tapar el llanto en lugar de acompañarlo.</strong></p>



<p>Jesús no hizo eso. <strong>Jesús no silenció el dolor: </strong>lo escuchó, lo tocó, se acercó a los enfermos, se dejó interrumpir por los que gritaban, se conmovió ante la muerte, miró a los excluidos. Y finalmente cargó sobre sí el dolor humano hasta el extremo.</p>



<p>En Getsemaní, Jesús no aparece como alguien invulnerable. Se angustia, suda, ruega: “Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mt 26,39). Y en la cruz, no oculta su sentimiento de abandono. <strong>Jesús toma en sus labios el grito del justo sufriente</strong>. Reza con las palabras de Israel. Su <em>“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?</em>” es el comienzo del Salmo 22, una oración atravesada por el dolor, pero también por la confianza.<strong> En la cruz, Jesús une su sufrimiento al clamor de su pueblo y al clamor de todos los que alguna vez sintieron que Dios parecía callar. Ahí el dolor no queda silenciado. Tiene voz. Tiene cuerpo. Tiene rostro</strong>.</p>



<h1 class="wp-block-heading">La cruz no embellece el dolor</h1>



<p>A veces se puede malinterpretar la cruz, como si el cristianismo dijera que sufrir es bueno. Pero no. <strong>El sufrimiento no es bueno en sí mismo.</strong> No hay que buscarlo. No hay que romantizarlo. Dios no se complace en el dolor de sus hijos.</p>



<p>Jesús cura, consuela, libera, perdona, levanta. Allí donde encuentra sufrimiento, no lo celebra: lo toma en serio. Pero tampoco lo niega. La cruz no embellece el dolor. Lo revela.</p>



<p>La cruz muestra hasta dónde puede llegar la injusticia humana. Muestra la humillación, la violencia del poder, la soledad, la traición, el abandono. Muestra lo que muchas veces preferimos no mirar.</p>



<p><strong>Jesús no vino a explicar el sufrimiento desde lejos. Lo habitó.</strong></p>



<h1 class="wp-block-heading">El dolor como señal de que algo está roto</h1>



<p><strong>El sufrimiento tiene algo que incomoda. Nos despierta.</strong> Nos saca de la ilusión de que este mundo, tal como está, ya está completo.<strong> El dolor muestra que algo está roto:</strong> que todavía hay injusticia, que todavía hay muerte, que todavía hay heridas que esperan ser sanadas.</p>



<p>Jesús no eliminó todo dolor de nuestra vida presente. Esta es una de las cosas más difíciles de aceptar. Él venció la muerte, pero nosotros todavía lloramos a nuestros muertos. Él venció el pecado, pero nosotros todavía vemos el mal actuar en el mundo. </p>



<p>Y entonces <strong>el</strong> <strong>dolor nos deja con una pregunta abierta: </strong>¿por qué todavía?, ¿por qué así?, ¿por qué tanto? No siempre tenemos respuesta. Pero sí tenemos una certeza: <strong>el dolor no le es indiferente a Dios.</strong></p>



<p><strong>Tal vez el sufrimiento también nos recuerda que no fuimos hechos para conformarnos con este mundo tal como está</strong>. No fuimos hechos para la injusticia, ni para la separación, ni para la violencia, ni para la muerte. Fuimos hechos para la comunión, para la vida, para Dios. El dolor, sin ser bueno en sí mismo, <strong>denuncia algo de esta realidad. Nos recuerda que<strong> la <em>creación entera todavía gime esperando su plena restauración.</em></strong></strong></p>



<h1 class="wp-block-heading">Una sociedad que no quiere sufrir</h1>



<p>Como sostiene Byung-Chul Han en <em>La sociedad paliativa</em>, vivimos en una cultura que tiende a rechazar el dolor. Una sociedad que quiere eliminar toda incomodidad, toda negatividad, todo conflicto. Y es verdad: queremos anestesia, distracción, respuestas rápidas, bienestar permanente. Queremos estar bien todo el tiempo. Queremos que nada nos duela.</p>



<p>Pero una vida que no se anima a mirar el dolor también puede volverse superficial. Porque <strong>hay dolores que revelan. </strong>Hay heridas que nos muestran algo. Hay sufrimientos que nos obligan a preguntarnos por el sentido, por Dios, por el amor, por la vida eterna.</p>



<p>La sociedad actual muchas veces quiere silenciar el dolor. Jesús, en cambio, lo mira de frente. No vino a ofrecernos una anestesia espiritual, ni a decirnos que la herida no existe, ni a maquillar la muerte. Vino a atravesarla. Y al atravesarla, le abrió un sentido nuevo: no un sentido fácil, no una frase hecha, no una explicación que borre las lágrimas, sino un sentido nuevo. <strong>El dolor no tiene la última palabra. </strong>La injusticia no tiene la última palabra. La muerte no tiene la última palabra.</p>



<h1 class="wp-block-heading">La resurrección no esconde el dolor</h1>



<p>Jesús resucitado no aparece como si nada hubiera pasado. No borra sus heridas. Las conserva. Cuando se aparece a Tomás, le muestra sus manos y su costado: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado” (Jn 20,27). Sus cicatrices son memoria transfigurada. Son la prueba de que el amor fue más grande que la violencia.</p>



<p>Y quizás ahí haya una respuesta silenciosa al problema del sufrimiento. Dios no nos salva haciendo como si la herida nunca hubiera existido.<strong> Nos salva entrando en la herida.</strong> No nos promete una vida sin cruz. Nos promete que la cruz no será el final.</p>



<h1 class="wp-block-heading">Prestar voz al sufrimiento</h1>



<p>Adorno decía que prestar voz al sufrimiento es condición de toda verdad. Desde la fe cristiana, podríamos decir que <strong>Jesús </strong>hizo algo todavía más radical: <strong>no solo prestó voz al sufrimiento, sino que le prestó su cuerpo, sus lágrimas, su sangre, su silencio, su grito y su vida entera.</strong></p>



<p>Y al hacerlo, reveló una verdad que ninguna teoría puede alcanzar del todo: <strong>Dios no es indiferente al sufrimiento humano</strong>. Dios no mira el dolor desde una distancia cómoda. En Cristo, Dios entra en la historia herida y la abre desde dentro hacia la resurrección.</p>



<p>Por eso el dolor no debe ser negado ni maquillado. Tiene que poder ser llorado. Tiene que poder ser dicho. Tiene que poder ser llevado ante Dios con honestidad. Como Job. Como los Salmos. Como María a los pies de la cruz.</p>



<p><strong>La esperanza cristiana no es optimismo superficial. </strong>No es decir “todo está bien” cuando algo está roto. Es creer que incluso ahí, en lo roto, podemos encontrar consuelo, sentido, presencia de Dios.</p>



<p>Quizás esa sea una de las formas más profundas de la esperanza: no negar la herida, sino descubrir que Jesús ya estuvo allí. Y que allí, incluso allí, puede comenzar la vida nueva.</p>



<p></p>



<p></p>



<h2 class="wp-block-heading">Referencias</h2>



<ul class="wp-block-list">
<li>Adorno, Theodor W. <em>Dialéctica negativa</em>.</li>



<li>Han, Byung-Chul. <em>La sociedad paliativa. El dolor hoy</em>.</li>



<li>Biblia: Jn 11,35; Mt 26,39; Mt 27,46; Sal 22; Jn 20,27; Heb 4,15.</li>
</ul>



<p></p>



<p></p>



<p></p>
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		<title>De escándalo a sacramento: el discurso del Pan de Vida</title>
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		<dc:creator><![CDATA[luciana]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 28 Apr 2026 22:33:26 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>«Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. [&#8230;]</p>
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<p><em>«Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. <strong>El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna,</strong> y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. <strong>El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él»</strong></em></p>



<p>Quizás a los católicos hoy en día, cuando escuchamos el <strong>discurso de Jesús del pan de vida,</strong> nos parece muy evidente a qué se refiere, qué nos quiere decir. Escucharlo decir <em>«El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él»</em> nos puede parecer algo <strong>bellísimo</strong>… o escucharlo decir <em>«El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día»</em> puede ser una fuente de <strong>esperanza, consuelo y alegría.</strong></p>



<p>Sin embargo, si nos situamos en el momento en que Jesús da este discurso, las cosas no parecen ser tan bellas, tan claras y simples de entender. Sus palabras no resultan un consuelo, sino una fuente de <strong>controversia</strong>, de <strong>confusión </strong>e <strong>incertidumbre </strong>para la mayoría de los presentes.</p>



<p><em>«¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?»</em> Juan 6,60</p>



<p>Para una persona que no conocía las Sagradas Escrituras, escuchar esto podría haber sido desconcertante. ¿Qué está diciendo este hombre? ¿Se refiere a practicar canibalismo? ¿Qué significa comer de su carne y beber de su sangre? Suena macabro, hasta repugnante.</p>



<p>Quien escucha Sus palabras en ese momento no visualiza, como nosotros hoy, al <strong>pan y el vino transubstanciados en Su cuerpo y sangre</strong>. No tiene esta interpretación. Ni siquiera aún Jesús había pronunciado las palabras de consagración de la última cena.</p>



<p>Y no todos pudieron aceptar estas palabras. Después de escuchar esto, muchos dejaron de seguirlo. No fue un malentendido menor.<strong> Fue un punto de quiebre.</strong></p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong>El escándalo de la Ley</strong></h1>



<p>Asimismo, para los judíos que sí conocían las escrituras, esto era aún más escandaloso.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p><em>«¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»</em> Juan 6,52</p>
</blockquote>



<p><strong>Jesús pide que beban su sangre, cuando en la Torá esto está explícitamente prohibido.</strong> El pueblo de Israel recibió por parte de Dios muchas restricciones alimenticias, y entre ellas la prohibición de beber la sangre de los animales:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p><em>«Si un hombre de la casa de Israel o alguno de los extranjeros que residen en medio de ustedes come cualquier clase de sangre, yo volveré mi rostro contra esa persona y la excluiré de su pueblo.»</em> Levítico 17,10-14</p>
</blockquote>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p><em>«Pero no comerán la sangre, sino que la derramarás en la tierra, como si fuera agua.»</em> Deuteronomio 12,16</p>
</blockquote>



<p>Hasta el día de hoy, los judíos practicantes comen carne Kosher, que entre otras características es una carne sin sangre.</p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong>La lógica detrás de sus palabras</strong></h1>



<p>Pero hay una clave que lo cambia todo, y está escondida dentro de la propia prohibición. Para entender por qué Jesús nos pide que bebamos su sangre, hay que <strong>entender primero por qué estaba prohibido hacerlo.</strong> La sangre no era intocable por una norma arbitraria ni por un simple rito de pureza:</p>



<p><em>«…<strong>porque la vida de la carne está en la sangre, </strong>y yo mismo les he puesto la sangre sobre el altar, para que les sirva de expiación, ya que la sangre es la que realiza la expiación, en virtud de la vida que hay en ella.»</em> Levítico 17,11</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p><em>«…porque <strong>la sangre es la vida,</strong> y tú no debes comer la vida junto con la carne.»</em> Deuteronomio 12,23</p>
</blockquote>



<p>Estaba prohibido ingerir la sangre porque <strong>en ella habitaba la vida misma, y la vida es de Dios.</strong> Y es justamente desde esa lógica que Jesús habla: no para romper la Ley,<strong> sino para llevarla a su punto más alto</strong>.</p>



<p>Y entonces se entiende todo. Lo que Jesús hace no es una transgresión, sino el gesto más radical de la historia: no es el hombre tomando la vida que le pertenece a Dios, sino <strong>Dios entregando la suya libremente</strong>.</p>



<p>En la tradición bíblica, comer no es solo alimentarse, sino asimilar, hacer propio. Jesús no propone un acto simbólico vacío, sino una <strong>unión real: que su vida pase a ser nuestra vida.</strong></p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong>De la palabra al gesto</strong></h1>



<p>Asimismo este discurso no queda en el aire. Un año después, en el contexto de Pésaj, en la Última Cena, Jesús toma pan y vino y dice:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>«<strong>Tomen y coman, esto es mi Cuerpo</strong>»&#8230;<strong> «Beban todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados.</strong>.» Mateo 26,26</p>
</blockquote>



<p>Ahí deja de ser una idea difícil para convertirse en un gesto real, concreto, visible, donde todo cuadra perfecto. <strong>Lo que había sido escándalo, ahora se vuelve sacramento.</strong></p>



<p>Él nos entrega todo su ser —cuerpo, sangre, alma y divinidad— y al recibirlo, recibimos Su Vida. Por eso, en Él, podemos tener Vida Eterna.</p>



<h1 class="wp-block-heading"><strong>Donde lo incomprensible se vuelve encuentro</strong></h1>



<p>Por eso <strong>la Eucaristía no es un símbolo</strong>. No es un recuerdo, no es una representación, no es una metáfora.</p>



<p><strong>Es el lugar donde esa promesa se vuelve presente.</strong> Donde lo que parecía incomprensible se vuelve <strong>encuentro</strong>. Donde no solo recordamos a Jesús, sino que lo recibimos. Y al recibirlo, algo cambia, ya no somos los mismos.<strong> Su Vida entra en la nuestra</strong>. Su sangre corre donde corría la nuestra. <strong>Y así permanecemos en Él, y Él, en nosotros.</strong></p>



<p>No como una idea. Como una realidad viva.</p>



<p>Y entonces sí, la pregunta de Pedro deja de ser solo una respuesta… y se vuelve una decisión que cada uno tiene que tomar:</p>



<p><em><strong>«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna.»</strong></em></p>



<p></p>
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		<title>¿Son posibles los matrimonios mixtos, entre judíos y católicos?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[luciana]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 24 Apr 2026 13:24:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Pensamientos Visibles]]></category>
		<category><![CDATA[matrimonio entre judios y catolicos]]></category>
		<category><![CDATA[matrimonios mixtos]]></category>
		<category><![CDATA[se puede casar un judio con un catolico]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Esta es una pregunta que me hicieron muchas veces y yo lo viví en mi propia historia, siendo judía, casándome con un chico católico. La respuesta a la pregunta si son posibles los matrimonios mixtos, entre&#160;judíos y católico corta es: depende. Depende de qué tradición hablemos, de cómo cada uno vive su fe y, sobre [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>Esta es una pregunta que me hicieron muchas veces y yo lo viví en mi propia historia, siendo judía, casándome con un chico católico. </p>



<p>La respuesta a la pregunta si son posibles los matrimonios mixtos, entre&nbsp;judíos y católico corta es: depende. Depende de qué tradición hablemos, de cómo cada uno vive su fe y, sobre todo, de qué estén dispuestos a dialogar como pareja. </p>



<h1 class="wp-block-heading">La perspectiva del judaísmo bíblico y ortodoxo</h1>



<p>Desde el<strong> judaísmo bíblico</strong> y, en particular, desde el judaísmo ortodoxo, el matrimonio está pensado exclusivamente entre judíos. Esto no es simplemente una norma social, sino que tiene un<strong> sentido profundamente teológico dentro de la historia de la salvación.</strong></p>



<p>A lo largo de toda la Escritura vemos cómo <strong>Dios elige al pueblo de Israel con una misión específica: ser el pueblo a través del cual vendrá el Mesías</strong>, el salvador del mundo. Para preservar esa misión, <strong>Israel fue llamado a vivir de manera diferenciada entre las naciones</strong>. Por eso recibió leyes concretas sobre alimentación, pureza, vestimenta y vida comunitaria, orientadas a evitar la idolatría y las prácticas paganas de los pueblos vecinos. (Esdras 9, Deuteronomio 7)</p>



<p><strong><em>La prohibición de los matrimonios mixtos no nace del rechazo al otro, sino de la necesidad de preservar la identidad y la fidelidad a la alianza.</em> </strong></p>



<p>De hecho, en varios momentos de la historia bíblica se ve cómo el matrimonio con pueblos vecinos llevó al pueblo de Israel a apartarse de Dios y a perder esa identidad que debía custodiar. La exogamia no era un asunto privado: <strong>tenía consecuencias teológicas y comunitarias concretas.</strong></p>



<p>Por eso, dentro del judaísmo ortodoxo, que se entiende como continuidad viva de esa tradición, el matrimonio solo es válido entre dos judíos. No habría <em>ketuváh</em> (el contrato matrimonial judío), ni ceremonia reconocida. Sencillamente, desde esa visión, no sería un matrimonio legítimo.</p>



<h1 class="wp-block-heading">La diversidad dentro del judaísmo contemporáneo</h1>



<p>Es importante matizar que hoy <strong>existen corrientes dentro del judaísmo donde los matrimonios mixtos sí se dan con naturalidad, aunque esto no significa que haya una única postura homogénea. </strong>El judaísmo reformista, en muchos casos, ha abierto la puerta a este tipo de uniones, e incluso puede acompañarlas con una bendición rabínica, entendiendo la identidad judía de un modo más amplio y menos ligado exclusivamente a la observancia de la ley tradicional. El judaísmo conservador, por su parte, suele tener una posición intermedia: en general no promueve el matrimonio mixto, pero en la práctica muchas comunidades lo acompañan pastoralmente, sobre todo cuando hay un compromiso de mantener una vida judía en el hogar o de educar a los hijos dentro del judaísmo.</p>



<p>Al mismo tiempo, hay muchas personas que se reconocen como judías desde lo cultural, familiar o identitario, más que desde la práctica religiosa estricta. En esos casos, al no regirse por las normas de la halajá,<strong> el matrimonio con alguien de otra religión no se vive como una transgresión</strong>, sino como una elección personal dentro de una identidad más flexible.</p>



<h1 class="wp-block-heading">La perspectiva de la Iglesia Católica</h1>



<p><strong>Desde el lado católico, en cambio, sí es posible el matrimonio con una persona no bautizada</strong>, aunque requiere ciertas condiciones y una <strong>dispensa</strong> especial conocida como <em>disparitas cultus</em>. La Iglesia reconoce la profundidad de este tipo de unión y no la prohíbe, pero establece requisitos claros. ” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1633-1635)</p>



<p>La Iglesia pide, por ejemplo, que el cónyuge católico se comprometa a vivir su fe y a hacer todo lo posible para que los hijos sean bautizados y educados en el catolicismo. Estos puntos suelen ser centrales en el proceso de preparación matrimonial y requieren un acuerdo real y sincero entre ambas partes.</p>



<h1 class="wp-block-heading">Mi experiencia personal en el matrimonio mixto</h1>



<p>En mi caso personal siendo judía me enamoré de un chico católico y charlamos mucho acerca de los desafíos que íbamos a tener que afrontar y aun así elegimos casarnos y hasta el día de hoy confirmamos que fue la decisión correcta. Queríamos tener una boda en la<strong> presencia de Dios</strong>, y lo hicimos en una sinagoga reformista de Buenos Aires, donde el rabino nos dio una bendición y también pedimos en la Iglesia la dispensa necesaria. </p>



<p>Más allá de la posibilidad práctica, este tipo de unión implica necesariamente un<strong> diálogo profundo y sincero </strong>sobre la fe, la identidad y, sobre todo, sobre la transmisión a los hijos. Porque ahí es donde ambas tradiciones expresan con más fuerza lo que consideran esencial.</p>



<p>¿Cómo se criará a los hijos? ¿En qué tradición se iniciarán? ¿En una sola o ambas? ¿Qué festividades se celebrarán en el hogar? Estas preguntas no son secundarias: tocan el núcleo mismo de lo que cada religión considera sagrado e irrenunciable. <strong>No responderlas con honestidad antes de casarse puede ser fuente de conflictos profundos más adelante.</strong></p>



<p>Yo creo que esto es un camino muy personal, no hay respuestas absolutas. &nbsp;No todos afrontamos las diferencias del mismo modo ni tenemos costumbres o familias que nos ayudan a atravesar estas situaciones de la misma forma.</p>



<p>La respuesta debe encontrarla cada pareja, buscando ayuda de personas que puedan aconsejarlos sabiamente y charlando sinceramente todo lo que pasa por su corazón. </p>



<p><em>Un matrimonio interreligioso entre un judío y un católico es posible en ciertos contextos, pero requiere mucho más que voluntad: exige honestidad, respeto mutuo y un diálogo real sobre lo que cada religión considera sagrado.</em></p>



<p></p>
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		<title>Charla en Bs. As. La Pascua Judía y la última Cena</title>
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		<dc:creator><![CDATA[luciana]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 20 Apr 2026 18:19:53 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>En esta charla presencial en Buenos Aires profundizo en una de las conexiones más reveladoras entre el judaísmo y el cristianismo: la relación entre la Pascua judía y la Última Cena de Jesús. A simple vista pueden parecer dos momentos distintos. Dos tradiciones separadas. Pero cuando se las mira desde su raíz, aparece algo mucho [&#8230;]</p>
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<p>En esta charla presencial en Buenos Aires profundizo en una de las conexiones más reveladoras entre el judaísmo y el cristianismo: la relación entre la Pascua judía y la Última Cena de Jesús. A simple vista pueden parecer dos momentos distintos. Dos tradiciones separadas. Pero cuando se las mira desde su raíz, aparece algo mucho más profundo: una continuidad.</p>



<p><strong>La Pascua judía no es solo un recuerdo del pasado.</strong> <strong>Es la celebración viva de la liberación del pueblo de Israel</strong>, el paso de la esclavitud a la libertad, la fidelidad de Dios a su promesa. Y es justamente en ese contexto donde sucede<strong> la Última Cena.</strong></p>



<p><strong>Jesús no celebra cualquier comida. Celebra una cena pascual.</strong> Y en ese marco, cada gesto, cada palabra, cada símbolo adquiere una dimensión completamente nueva. El pan, el vino, la mesa compartida, todo está cargado de una historia previa que no se anula, sino que se ilumina. En esta charla recorro esas dos mesas como una sola historia: la de un Dios que actúa en la historia, que libera, que promete… y que cumple. Porque el cristianismo no aparece como algo separado del judaísmo, sino como su plenitud.</p>



<p>Comprender la Pascua judía permite comprender la Última Cena. Y comprender la Última Cena revela una profundidad aún mayor en la Pascua. Es en ese diálogo donde ambas se iluminan mutuamente. Una invitación a mirar la fe desde sus raíces, y a descubrir que no hay ruptura, sino continuidad. No hay reemplazo, sino cumplimiento.</p>



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		<title>¿Quién mató a Jesús? La pregunta que nos aleja del verdadero sentido</title>
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		<dc:creator><![CDATA[luciana]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Apr 2026 14:26:38 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Muchas veces, en las series o películas, cuando alguien es atacado y queda inconsciente, todo gira en torno a una pregunta:¿quién fue? La tensión está en descubrir al culpable. En el caso de Jesús es diferente, ya que su muerte fue una cuestión pública. Sin embargo, aún parece un misterio sin respuestas claras y directas.¿Quién [&#8230;]</p>
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<p>Muchas veces, en las series o películas, cuando alguien es atacado y queda inconsciente, todo gira en torno a una pregunta:<br>¿quién fue?</p>



<p>La tensión está en descubrir al culpable.</p>



<p>En el caso de Jesús es diferente, ya que su muerte fue una cuestión pública. Sin embargo, aún parece un misterio sin respuestas claras y directas.<br>¿Quién mató a Jesús?<br>¿Fueron los judíos?<br>¿Fueron los Romanos?<br>¿Fue la humanidad?</p>



<p>Y si lo tuviésemos a Jesús frente nuestro y le preguntáramos:<br>¿Quién te ha matado?</p>



<h3 class="wp-block-heading">La respuesta de Jesús</h3>



<p>Tal vez su respuesta no iría en la dirección que esperamos:</p>



<p><em>El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla. <strong>Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. </strong>Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre </em>(Juan 10.17)</p>



<p>Ésta es su respuesta, éstas son sus palabras.</p>



<p>Y entonces, cuando entramos en esta discusión acerca de quién lo mató,<br>¿no actuamos como si fuésemos las personas debajo de la cruz de Jesús cuando le decían<br>“<em>sálvate a tí mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!</em>”.(Mt.27.40)?</p>



<p>Porque, en el fondo, esa exigencia también buscaba una respuesta clara, visible, contundente.<br>Un signo que encaje con nuestra lógica.<br>Un Mesías que actúe como nosotros esperamos.</p>



<p>Pero la cruz no responde a esa lógica.</p>



<p>Jesús no baja.<br>No se defiende.<br>No señala culpables.</p>



<p>Se queda.</p>



<p>Y al quedarnos nosotros en la pregunta por “quién fue”,<br>corremos el riesgo de hacer lo mismo que aquellos que estaban allí:<br>mirar la escena sin comprenderla,<br>esperar otra cosa,<br>perder de vista lo que realmente está sucediendo.</p>



<p>¿No estaremos, entonces, perdiendo de vista el verdadero sentido de su venida?</p>



<h3 class="wp-block-heading">Un Mesías que no esperábamos</h3>



<p>Nos cuesta entenderlo.</p>



<p>La lógica de Dios es muy diferente a la nuestra. De esperar un Mesías poderoso, un nuevo Rey David, lleno de gloria y dominio, recibimos un mesías hijo de un carpintero, montado en un burro, humillado, torturado, crucificado, “<em>escándalo para los judíos y locura para los paganos</em>” (1 Co 1.23).</p>



<p>Y tratando de encontrar respuestas, muchas veces las buscamos en los lugares equivocados.</p>



<h3 class="wp-block-heading">La tentación de buscar culpables</h3>



<p>En lugar de poner la mirada en el por qué o el para qué, nos ponemos del lado de los acusadores.</p>



<p>Buscamos a un culpable.<br>A alguien a quien señalar.<br>Un “chivo expiatorio” donde centrar nuestra mirada de forma exterior, evitando el cuestionamiento interior.</p>



<p>Pero la fe nos invita a ir más profundo.</p>



<h3 class="wp-block-heading">El designio de Dios</h3>



<p>El mismo Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) dice:</p>



<p>“La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica san Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: «Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios» (Hch 2, 23).” (CIC, 598)</p>



<p>“Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10; cf. Jn 4, 19).” (CIC, 604)</p>



<p>“Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, «los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1) porque «nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: <strong>«Nadie me quita [la vida]; yo la doy voluntariamente» </strong>(Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando Él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53).” (CIC, 609)</p>



<h3 class="wp-block-heading">Una herida histórica</h3>



<p>Y entonces, si es tan claro…<br>¿por qué durante tanto tiempo se culpó a los judíos de la muerte de Jesús?</p>



<p>¿Por qué tantos crecieron escuchando que “los judíos mataron a Jesús”?</p>



<p>Como lamentablemente pasa en muchos otros aspectos, siempre hay malas interpretaciones de los hechos y también de las Sagradas Escrituras.</p>



<p>Sólo la lectura fundamentalista y literal de los textos de los evangelios permite a ciertas personas sostener aun hoy tal acusación.</p>



<p>Pero gracias a Dios que la Iglesia reiteradamente ha clarificado este tema y el Concilio Vaticano II lo dejó muy claro también.</p>



<h3 class="wp-block-heading">La aclaración de la Iglesia</h3>



<p>La Declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticano II iniciado por Juan XXIII afirma que <strong>«no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían ni a los judíos de hoy» desligando de esta forma la responsabilidad colectiva de los judíos en la muerte de Jesús.</strong></p>



<p>Asimismo, en el libro ‘Jesús de Nazaret, el Papa Benedicto XVI exoneró a los judíos por la muerte de Jesús. Entre muchas otras cosas dice:</p>



<p>“San Pablo insiste en este sentido de que Jesús da la vida por nosotros, por amor a nosotros: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella» (Ef 5, 25); «Cristo murió por todos cuando todos estaban muertos» (2 Cor 5, 4); «uno murió por todos» (cfr p.e., Rom 5, 6. 8; 8, 32; 14, 15; 1 Cor 11, 24; Gal 2, 20;1 Tim 2, 6; Tit 2, 14). Esta entrega por nosotros no significa otra cosa sino que Cristo «nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio de suave olor» (Ef 5, 2). En Hebreos, la muerte de Cristo, «más valiosa que todos los sacrificios», sustituye a todos los anteriores sacrificios y es suficiente ella sola para purificar las conciencias de todos los hombres (cfr Hebr 9, 11-28).”</p>



<h3 class="wp-block-heading">El Siervo sufriente</h3>



<p>Son muchos más los textos que hablan de la muerte de Cristo como sacrificio. En realidad estas afirmaciones se encuentran ya en los primeros escritos del Nuevo Testamento y están ligadas a lo que Jesús dijo en torno a la entrega de su vida, al aplicarse a sí mismo los sufrimientos del Siervo del Libro de Isaías:</p>



<p><em>“¿Quién creyó lo que nosotros hemos oído y a quién se le reveló el brazo del Señor? El creció como un retoño en su presencia, como una raíz que brota de una tierra árida, sin forma ni hermosura que atrajera nuestras miradas, sin un aspecto que pudiera agradarnos. <strong>Despreciado, desechado por los hombres</strong>, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada. <strong>Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias</strong>, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él <strong>y por sus heridas fuimos sanados. </strong>Todos andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, y el Señor hizo recaer sobre él las iniquidades de todos nosotros. Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: <strong>como un cordero llevado al matadero</strong>, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca. Fue detenido y juzgado injustamente, y ¿quién se preocupó de su suerte? Porque fue arrancado de la tierra de los vivientes y golpeado por las rebeldías de mi pueblo. Se le dio un sepulcro con los malhechores y una tumba con los impíos, aunque no había cometido violencia ni había engaño en su boca. El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento. Si <strong>ofrece su vida en sacrificio de reparación</strong>, verá su descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él. A causa de tantas fatigas, él verá la luz y, al saberlo, quedará saciado. Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos. Por eso le daré una parte entre los grandes y él repartirá el botín junto con los poderosos. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los culpables, siendo así que llevaba el pecado de muchos e <strong>intercedía en favor de los culpables</strong></em><strong>.”</strong> (Isaías 53)</p>



<h3 class="wp-block-heading">Un nuevo éxodo</h3>



<p><strong>Jesús, el siervo sufriente, por propia voluntad, aunque no sin dificultad, se ofrece a sí mismo como Sacerdote y Víctima de la nueva y eterna alianza.</strong></p>



<p>Nos trae un nuevo éxodo, nos libera, muere por nosotros y a través de compartir nuestra humanidad, nos comparte su divinidad.</p>



<p>Un Dios que nos ama hasta el extremo, y es capaz de hacer locuras que van mucho más allá de nuestra lógica, con tal de no pasar la eternidad lejos de nosotros.</p>



<p><strong>Es la historia de amor más grande que jamás existió</strong>. Ojalá podamos poner nuestra mirada allí y entrar en ese romance que no se extingue nunca.</p>



<h3 class="wp-block-heading"></h3>



<p></p>
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		<title>La Pascua Judía y la Última Cena. Dos mesas, una historia</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Apr 2026 13:55:55 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>En este video te invito a vivir un recorrido profundo y vivencial por la Pascua judía (Pesaj) y su relación con la Última Cena de Jesús. A lo largo de los 15 pasos del Seder de Pesaj, vamos descubriendo que esta celebración no es solo un recuerdo del pasado, sino una experiencia viva que atraviesa [&#8230;]</p>
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<p>En este video te invito a vivir un recorrido profundo y vivencial por<strong> la Pascua judía (Pesaj) y su relación con la Última Cena</strong> de Jesús. A lo largo de los<strong> 15 pasos del Seder de Pesaj</strong>, vamos descubriendo que esta celebración no es solo un recuerdo del pasado, sino una experiencia viva que atraviesa el tiempo… y que encuentra una conexión sorprendente con lo que Jesús vivió en esa última noche con sus discípulos.<br> ¿Por qué Jesús celebró Pesaj? ¿Qué significan los alimentos, los gestos y las bendiciones? ¿Dónde aparece todo esto en los Evangelios? ¿Por qué se bendicen 4 copas en Pesaj? ¿Tomó Jesús la cuarta copa? <br><br>Lejos de ser dos historias separadas, la Pascua judía y la Última Cena revelan una continuidad profunda. Una promesa… y su cumplimiento. Un camino que comienza con la liberación de Egipto… y que se abre hacia algo mucho más grande. Un ejemplo icónico de la unión profunda que tienen el judaísmo con el cristianismo.</p>



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