«Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él»

Quizás a los católicos hoy en día, cuando escuchamos el discurso de Jesús del pan de vida, nos parece muy evidente a qué se refiere, qué nos quiere decir. Escucharlo decir «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» nos puede parecer algo bellísimo… o escucharlo decir «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» puede ser una fuente de esperanza, consuelo y alegría.

Sin embargo, si nos situamos en el momento en que Jesús da este discurso, las cosas no parecen ser tan bellas, tan claras y simples de entender. Sus palabras no resultan un consuelo, sino una fuente de controversia, de confusión e incertidumbre para la mayoría de los presentes.

«¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?» Juan 6,60

Para una persona que no conocía las Sagradas Escrituras, escuchar esto podría haber sido desconcertante. ¿Qué está diciendo este hombre? ¿Se refiere a practicar canibalismo? ¿Qué significa comer de su carne y beber de su sangre? Suena macabro, hasta repugnante.

Quien escucha Sus palabras en ese momento no visualiza, como nosotros hoy, al pan y el vino transubstanciados en Su cuerpo y sangre. No tiene esta interpretación. Ni siquiera aún Jesús había pronunciado las palabras de consagración de la última cena.

Y no todos pudieron aceptar estas palabras. Después de escuchar esto, muchos dejaron de seguirlo. No fue un malentendido menor. Fue un punto de quiebre.

El escándalo de la Ley

Asimismo, para los judíos que sí conocían las escrituras, esto era aún más escandaloso.

«¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?» Juan 6,52

Jesús pide que beban su sangre, cuando en la Torá esto está explícitamente prohibido. El pueblo de Israel recibió por parte de Dios muchas restricciones alimenticias, y entre ellas la prohibición de beber la sangre de los animales:

«Si un hombre de la casa de Israel o alguno de los extranjeros que residen en medio de ustedes come cualquier clase de sangre, yo volveré mi rostro contra esa persona y la excluiré de su pueblo.» Levítico 17,10-14

«Pero no comerán la sangre, sino que la derramarás en la tierra, como si fuera agua.» Deuteronomio 12,16

Hasta el día de hoy, los judíos practicantes comen carne Kosher, que entre otras características es una carne sin sangre.

La lógica detrás de sus palabras

Pero hay una clave que lo cambia todo, y está escondida dentro de la propia prohibición. Para entender por qué Jesús nos pide que bebamos su sangre, hay que entender primero por qué estaba prohibido hacerlo. La sangre no era intocable por una norma arbitraria ni por un simple rito de pureza:

«…porque la vida de la carne está en la sangre, y yo mismo les he puesto la sangre sobre el altar, para que les sirva de expiación, ya que la sangre es la que realiza la expiación, en virtud de la vida que hay en ella.» Levítico 17,11

«…porque la sangre es la vida, y tú no debes comer la vida junto con la carne.» Deuteronomio 12,23

Estaba prohibido ingerir la sangre porque en ella habitaba la vida misma, y la vida es de Dios. Y es justamente desde esa lógica que Jesús habla: no para romper la Ley, sino para llevarla a su punto más alto.

Y entonces se entiende todo. Lo que Jesús hace no es una transgresión, sino el gesto más radical de la historia: no es el hombre tomando la vida que le pertenece a Dios, sino Dios entregando la suya libremente.

En la tradición bíblica, comer no es solo alimentarse, sino asimilar, hacer propio. Jesús no propone un acto simbólico vacío, sino una unión real: que su vida pase a ser nuestra vida.

De la palabra al gesto

Asimismo este discurso no queda en el aire. Un año después, en el contexto de Pésaj, en la Última Cena, Jesús toma pan y vino y dice:

«Tomen y coman, esto es mi Cuerpo»… «Beban todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados..» Mateo 26,26

Ahí deja de ser una idea difícil para convertirse en un gesto real, concreto, visible, donde todo cuadra perfecto. Lo que había sido escándalo, ahora se vuelve sacramento.

Él nos entrega todo su ser —cuerpo, sangre, alma y divinidad— y al recibirlo, recibimos Su Vida. Por eso, en Él, podemos tener Vida Eterna.

Donde lo incomprensible se vuelve encuentro

Por eso la Eucaristía no es un símbolo. No es un recuerdo, no es una representación, no es una metáfora.

Es el lugar donde esa promesa se vuelve presente. Donde lo que parecía incomprensible se vuelve encuentro. Donde no solo recordamos a Jesús, sino que lo recibimos. Y al recibirlo, algo cambia, ya no somos los mismos. Su Vida entra en la nuestra. Su sangre corre donde corría la nuestra. Y así permanecemos en Él, y Él, en nosotros.

No como una idea. Como una realidad viva.

Y entonces sí, la pregunta de Pedro deja de ser solo una respuesta… y se vuelve una decisión que cada uno tiene que tomar:

«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna.»

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