Muchas veces pensamos que la alabanza nace cuando todo está bien. Cuando sentimos paz, cuando las cosas salen como esperábamos, cuando la fe se vuelve fácil.
Pero los Salmos muestran algo completamente distinto.
El libro de los Salmos está lleno de gritos, preguntas, cansancio, lágrimas y silencios de Dios. Está lleno de oraciones que nacen desde la angustia, desde la espera, desde la sensación de abandono. Y, sin embargo, justamente eso es también lo que la tradición de Israel llamó «alabanza».
En hebreo, los Salmos se llaman Tehilim, que significa alabanzas. Y eso resulta sorprendente. Porque muchos de esos textos no parecen himnos alegres ni triunfales. Parecen más bien el corazón de alguien que ya no sabe cómo seguir.
¿Dónde está la alabanza ahí?
Quizás la respuesta sea una de las enseñanzas más profundas de toda la espiritualidad bíblica. La verdadera alabanza no consiste en negar el dolor ni en fingir que todo está bien. Nace cuando, incluso en medio de la oscuridad, el hombre vuelve a recordar quién es Dios.
Por eso los Salmos son tan humanos. El salmista no esconde lo que siente: le habla a Dios desde el miedo, la tristeza, la incertidumbre o el cansancio. Pero en medio de esa oración sucede algo profundamente transformador: hace memoria. Recuerda las obras de Dios, su fidelidad con Israel, todas las veces que sostuvo, liberó, perdonó y acompañó a su pueblo. Y muchas veces, poco a poco, ese corazón que empezó rezando desde la desolación termina descansando nuevamente en la confianza. No porque el sufrimiento desaparezca, sino porque vuelve a apoyarse en una verdad más profunda que sus emociones del momento.
Los Salmos y la memoria de Dios
Dios no nos dio estas oraciones porque necesite que lo alabemos. Dios no necesita nada. Los que necesitamos recordar somos nosotros.
Necesitamos volver a escuchar que Dios es nuestra roca, nuestro refugio y nuestra fortaleza. Necesitamos repetir que su amor permanece para siempre, porque lo olvidamos con mucha facilidad, especialmente cuando la vida se vuelve difícil.
Los Salmos nos enseñan a rezar desde la realidad concreta que estamos viviendo, desde lo que somos y lo que sentimos, pero al mismo tiempo nos enseñan a levantar la mirada hacia Aquel que trasciende nuestras emociones cambiantes. Por eso rezar los Salmos es volver a colocar nuestra vida dentro de una historia mucho más grande que nuestro estado de ánimo del momento.
«Porque es eterno su amor»
La esperanza bíblica no es un optimismo vacío. Está apoyada en algo real: un Dios que actuó en la historia, que hizo alianza con su pueblo, que liberó a Israel de Egipto, que sostuvo al hombre en medio del desierto, que corrigió, perdonó y siempre cumplió sus promesas.
Uno de los ejemplos más hermosos de esto aparece en el Salmo 136, conocido en la tradición judía como el Gran Hallel. Ese Salmo va recorriendo toda la historia de la salvación: la creación, la liberación de Egipto, el paso por el desierto, la fidelidad de Dios con Israel. Y después de cada frase repite lo mismo:
«Porque es eterno su amor.»
Veintiséis veces.
¿Por qué tanta repetición? Porque necesitamos que esa verdad se nos grabe en el alma y en la mente. Cuando el hombre comienza a repetir una y otra vez esa frase, lentamente empieza a reorganizar la manera en que mira la realidad. No significa que todo lo que sucede sea bueno, ni que Dios quiera el sufrimiento. Significa algo más profundo: que incluso en medio de aquello que no entiendo, puedo recordar que mi vida no está abandonada. Que existe un amor sosteniendo incluso aquello que hoy todavía no logro comprender.
La alabanza más profunda
Ahí los Salmos nos prestan palabras. Nos enseñan que podemos presentarnos delante de Dios con todo lo que somos y todo lo que estamos viviendo, no para encerrarnos en nuestra angustia, sino para dejar que Él vuelva lentamente a ordenar nuestra mirada.
Porque a veces la alabanza más profunda nace precisamente en medio de la noche, cuando el hombre puede decir:
«No entiendo, pero confío. No veo, pero recuerdo. Me duele, pero sé que tu amor permanece.»
La fe bíblica no consiste en no tener miedo. Consiste en aprender a mirar la vida desde una verdad más grande que el miedo: que Dios permanece fiel, que su misericordia no se agota, que su amor no depende de lo que yo sienta hoy.
Porque su amor es eterno.