¿Deben convertirse los judíos al catolicismo? Es una pregunta incómoda. Y siempre lo fue.
Después de tantos siglos de heridas, persecuciones y malos entendidos, hablar de este tema no es fácil.
A mí, cuando vivía mi fe únicamente desde el judaísmo (antes de abrazar también la fe católica), no me gustaba escuchar que alguien dijera que rezaba por mi conversión. El judío ama profundamente su religión, sus tradiciones y su identidad. Y, aunque detrás de esas palabras pueda haber una buena intención, no deja de sentirse como si alguien quisiera quitarle algo muy valioso.
Pero para mí la pregunta esencial, la que lo cambia todo, es esta.
¿Es Jesús el Mesías prometido a Israel?
Porque, en realidad, respondiendo eso se responde todo. Si Jesús no es el Mesías, ningún judío debería seguirlo.
Pero si Jesús es el Mesías esperado por el pueblo de Israel, entonces un judío que lo reconoce no abandona el judaísmo, sino que continúa el camino de la promesa en su etapa mesiánica.
Eso es, justamente, lo que hicieron los primeros discípulos. Eran judíos. Los apóstoles eran judíos. San Pablo era judío. No sintieron que estuvieran traicionando a su pueblo, sino descubriendo que Dios había cumplido aquello que había prometido desde Abraham y los profetas.
Por eso me gusta decir que un judío que abraza la fe católica no deja de ser judío. Comprende su judaísmo desde una profundidad nueva. Descubre que la promesa y su cumplimiento forman una única historia, plena completa.
¿Qué pasa con quienes no llegaron a reconocerlo?
La Iglesia enseña algo que muchas veces se cita sin contexto: «Fuera de la Iglesia no hay salvación».
Durante siglos esta frase generó muchas discusiones y, a veces, se interpretó de una manera demasiado simple, como si significara que Dios hubiera cerrado las puertas de su misericordia a todos los que no pertenecen visiblemente a la Iglesia.
Pero el Catecismo explica que esta afirmación debe entenderse de un modo positivo. Toda salvación viene de Cristo y de la Iglesia: Jesús mismo dijo:
«Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.» (Jn 14,6)
Sin embargo, la misma Iglesia reconoce que no podemos poner límites a la acción de Dios en el corazón humano. Por eso enseña, y vale la pena leerlo con atención:
«Los que, sin culpa propia, desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con corazón sincero y se esfuerzan por cumplir su voluntad, conocida mediante el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna.» (CIC 847)
El peso de dos mil años de heridas
Y pienso que, en el caso del pueblo judío, y quizás de otras personas con otras historias, existe una realidad todavía más profunda.
Muchas veces no se trata simplemente de desconocer a Jesús.
Hay casi dos mil años de heridas, persecuciones, expulsiones, acusaciones injustas y violencias cometidas por hombres que utilizaron el nombre de Cristo para hacer exactamente lo contrario de lo que Él enseñó.
Todo eso fue construyendo una imagen distorsionada de Jesús y abriendo un abismo entre el judaísmo y el cristianismo.
Ese abismo no lo creó Jesús. Pero está ahí.
Y creo que Dios, que conoce el corazón de cada persona y la historia de cada pueblo, también conoce el peso de esas heridas.
Hay personas que no rechazan a Jesús. Quizás rechazan la imagen de Jesús que recibieron. Y eso es algo que nosotros no podemos medir.
La historia de Hermann Cohen
Hay una historia que, para mí, ilustra muy bien todo esto: la de un judío del siglo XIX llamado Hermann Cohen.
Su vida reúne, de alguna manera, las dos caras de esta reflexión. Por un lado, la de un judío que descubre en Jesús al Mesías prometido y comprende que abrazar el cristianismo no significa abandonar a Israel, sino encontrar el cumplimiento de la promesa.
Hermann era un brillante pianista, discípulo de Liszt. Después de una profunda experiencia espiritual con la eucaristía, abrazó la fe católica y terminó entregando toda su vida a Dios como monje carmelita.
Pero, al mismo tiempo, su vida muestra el misterio de aquellas personas que, por las circunstancias de su camino, de su herencia familiar o incluso del peso acumulado por su pueblo, no pueden dar ese mismo paso.
Su madre nunca pudo aceptar el camino que había tomado su hijo.
Hermann rezó durante años por ella. Deseaba que también pudiera reconocer al Mesías. Pero su madre murió sin que él viera cumplido ese deseo.
Tiempo después, Hermann recibió una carta contando un hecho extraordinario. Un sacerdote relataba que una religiosa había tenido una gracia especial relacionada con la muerte de su madre y había comprendido que, en el último instante de su vida, aquella mujer había recibido una luz de Dios y había respondido a ella.
No sabemos con certeza histórica todos los detalles de este relato. Pero sí nos deja una enseñanza muy profunda.
La misericordia de Dios supera siempre nuestras categorías.
¿Quién puede conocer lo que sucede en el último diálogo entre un alma y su Creador?
¿Quién puede medir el peso de las heridas, de la historia, de los miedos o de las falsas imágenes que una persona recibió durante toda su vida?
¿Entonces hay que rezar por la conversión de los judíos?
La fe es un don. No se puede imponer.
Se puede anunciar, se puede compartir, se puede testimoniar. Pero, sobre todo, se puede demostrar con la propia vida.
¿Qué imagen de Dios transmitimos? ¿Qué imagen de Jesús mostramos a los demás? ¿Cómo nos cambia la vida creer en Él?
Porque muchas veces las personas no se acercan a una idea, sino a un testimonio.
Se escucha mucho decir que hay que rezar por la conversión de los judíos para salvar su alma. Y sí, la salvación importa. Pero pienso que hay algo todavía más hermoso:
Por cómo transforma nuestro presente.
Por cómo ilumina nuestra historia.
Por cómo nos ayuda a atravesar todo lo que nos sucede.
Conocer que Dios cumple sus promesas.
Descubrir que el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob no abandonó a su pueblo.
Comprender que nos amó tanto que envió a su Hijo al mundo, no para condenarlo, sino para que el mundo se salve por Él. (Jn 3,16-17)
Por eso, personalmente, pienso que no se trata de rezar por la conversión de los judíos, sino de rezar para que puedan descubrir que el Mesías prometido a Israel ya vino y es Jesús.
Porque estoy convencida de que un judío que encuentra a Jesús no pierde su identidad. Encuentra la plenitud de la promesa divina.
Ojalá todos pudieran conocer a Jesús no solamente por el destino eterno de su alma, sino por el tesoro que significa tenerlo en la propia vida.