Jesús dijo:

“No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”.
Mateo 5,17

Sin embargo, al observar la vida cristiana, aparece una pregunta inevitable: ¿por qué los cristianos no practican la circuncisión, no siguen las leyes alimentarias y no observan el sábado del mismo modo que el judaísmo?

¿Qué significa realmente «dar cumplimiento» a la Ley?

Cumplir no significa simplemente obedecer una norma. Significa llevar algo hasta su meta, hacer que alcance el objetivo para el cual fue dado.

Podemos pensarlo mediante la imagen de una semilla.

Cuando la semilla se convierte en árbol, deja de existir como semilla, pero esto no significa que fue destruida, sino que alcanzó su plenitud. El árbol no contradice la semilla. Es el desarrollo de aquello que ya estaba contenido en ella y hacia lo cual se dirigía desde el comienzo.

Algo similar sucede con muchas disposiciones de la Torá. Fueron dadas para acompañar una etapa concreta de la historia de la salvación, formar a Israel como pueblo santo, custodiar su identidad y preparar la llegada del Mesías.

Cuando el Mesías llega, algunas de esas disposiciones alcanzan el objetivo para el cual habían sido entregadas y, por eso, ya no se practican del mismo modo.

¿Por qué Dios pidió a Israel mantenerse separado de los demás pueblos?

Para comprender muchas normas de la Torá hace falta conocer primero por qué Israel debía mantenerse separado de las naciones y por qué esa separación debía mantenerse hasta la llegada del Mesías.

Dios eligió a un pueblo concreto, hizo alianza con él y le confió una promesa destinada a alcanzar a toda la humanidad. De Israel vendrían la Torá, los profetas, el culto del Templo, las promesas y, finalmente, el Mesías.

El Mesías no aparecería separado de toda historia y de todo pueblo. Debía nacer dentro de Israel, de la descendencia de Abraham y de la casa de David. Por eso era necesario que Israel conservara su identidad y transmitiera su fe, sus enseñanzas y su modo de vida de generación en generación.

La Biblia muestra en varias ocasiones que Israel podía verse atraído por los dioses y las prácticas religiosas de los pueblos vecinos. Los matrimonios con otras naciones podían favorecer además la entrada de esos cultos en la vida del pueblo y debilitar su fidelidad a la alianza, a la Ley y a la esperanza transmitida por los profetas.

Las leyes de santidad, las normas alimentarias, la circuncisión y el sábado ayudaban a marcar una separación entre Israel y las demás naciones. Junto con muchas disposiciones relacionadas con la pureza, tenían una misma finalidad: proteger la misión de Israel y preservar la fe en el Dios único.

Su elección nunca tuvo como finalidad encerrarlo en sí mismo, sino que por medio de él viniera el Mesías. Desde el principio, su misión estaba orientada hacia todas las naciones.

Dios le dice a Abraham:

“Por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra”.
Génesis 12,3

Y por medio del profeta Isaías anuncia:

“Yo te destino a ser la luz de las naciones, para que mi salvación llegue hasta los confines de la tierra”.
Isaías 49,6

Israel fue separado de las naciones para custodiar una promesa que finalmente debía llegar a todas ellas. La separación protegía una misión universal.

La elección de un pueblo concreto era el camino elegido por Dios para ofrecer su salvación a todos los pueblos.

Con la llegada de Cristo, Israel cumple su misión de dar al mundo al Mesías. Pero ese cumplimiento no borra la elección, la historia ni la identidad del pueblo judío. El nacimiento de la Iglesia no significa que Dios lo haya rechazado o sustituido: la Iglesia nace dentro de Israel y recibe de él las Escrituras, las promesas y al mismo Mesías.

Por eso san Pablo puede afirmar que «los dones y el llamado de Dios son irrevocables» (Romanos 11,29). Israel sigue teniendo un lugar propio dentro del plan de Dios, un misterio que el mismo Pablo contempla con esperanza cuando anuncia su plenitud futura: «todo Israel será salvado» (Romanos 11,26).

Leyes morales, ceremoniales y civiles: no todas tenían la misma función

Con el tiempo, la tradición cristiana fue leyendo dentro de la Torá tres tipos de disposiciones, según su función. Algunas expresan exigencias morales, como no matar, no robar, no cometer adulterio y honrar a los padres. Otras regulan el culto, la circuncisión, la pureza ritual, la alimentación y los signos que distinguían a Israel de las demás naciones.

También encontramos normas destinadas a ordenar la vida civil y jurídica del antiguo Israel, relacionadas con las propiedades, las deudas, las indemnizaciones, las penas y las herencias.

No todas estas leyes tenían la misma finalidad ni debían aplicarse del mismo modo en todos los momentos de la historia de la salvación.

Los mandamientos morales: una exigencia que permanece y se profundiza

Los mandamientos morales expresan la voluntad de Dios respecto del bien, la justicia y la relación con los demás. Estos mandamientos no desaparecen con la llegada de Jesús.

En el Sermón de la Montaña, Jesús muestra toda su profundidad. No basta con evitar el homicidio. También es necesario enfrentar el odio y buscar la reconciliación. No basta con evitar el adulterio. También hay que cuidar los deseos y las intenciones del corazón.

Jesús está recordando y enfatizando lo que Dios ya había dicho por medio de Moisés y de los profetas:

“El Señor, tu Dios, circuncidará tu corazón y el corazón de tus descendientes, para que ames al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma”.
Deuteronomio 30,6

Los profetas también denunciaron constantemente el culto separado de la justicia, la fidelidad y la conversión. Dios dice por medio del profeta Oseas:

“Porque yo quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos”.
Oseas 6,6

Jesús retoma y profundiza una enseñanza que ya estaba presente en la Ley y los Profetas: Dios no busca sólo una obediencia exterior, sino un corazón verdaderamente vuelto hacia Él.

Leyes ceremoniales: prepararlas para la llegada del Mesías

La circuncisión, las leyes alimentarias, las normas de pureza ritual y muchas prescripciones cultuales tenían una misión concreta dentro de la alianza.

Formaban a Israel como un pueblo consagrado, ordenaban el culto, enseñaban la diferencia entre lo santo y lo profano, preservaban su identidad frente a las prácticas religiosas de las naciones y, en muchos casos, preparaban mediante signos las realidades que alcanzarían su cumplimiento con el Mesías. 

Con la llegada de Cristo se cumple la misión para la cual Israel había sido separado y preparado: de este pueblo nace el Mesías destinado a todas las naciones. Por eso, algunas de estas disposiciones dejan de ser necesarias porque ya habían cumplido su función dentro de la historia de la salvación.

Normas de convivencia y justicia para un tiempo concreto

Otras disposiciones regulaban la vida social, económica, penal y jurídica de Israel como pueblo organizado en una tierra y dentro de un contexto histórico determinado.

Trataban asuntos como la propiedad, las deudas, las reparaciones, las penas, las herencias y la protección de las personas más vulnerables.

Estas normas no fueron entregadas como un código jurídico que todas las sociedades futuras debían aplicar literalmente. Sus principios de justicia siguen siendo valiosos, pero su aplicación concreta pertenecía a la organización política de Israel dentro de un contexto histórico, social y cultural determinado.

Los sacrificios

Durante siglos, Israel ofreció sacrificios en el Templo. Estos eran actos de culto establecidos por Dios y tenían distintos sentidos: expresaban la comunión con Él, la acción de gracias, la expiación por los pecados, la consagración y la alabanza. Al mismo tiempo, preparaban y anunciaban el sacrificio definitivo de Cristo, como explica la Carta a los Hebreos.

Cuando Jesús ofrece su vida en la cruz, el sacrificio es llevado a su plenitud y alcanza su cumplimiento. El cristianismo reconoce en Cristo al verdadero Cordero y el sacrificio perfecto.

Desde entonces, ese único sacrificio se hace presente sacramentalmente en la celebración de la Eucaristía. La Misa no es un sacrificio diferente del de la cruz, sino el mismo sacrificio de Cristo hecho presente sacramentalmente. En el artículo El Día del Perdón como signo de la cruz desarrollo con mayor profundidad este tema.

El culto de Israel permite comprender la cruz, y la cruz revela la plenitud hacia la cual se dirigían sus sacrificios y sus ritos.

También es importante recordar que el judaísmo actual no ofrece los sacrificios ordenados por la Torá, porque desde la destrucción del Templo de Jerusalén no existe el lugar establecido para realizarlos.

La circuncisión

La circuncisión era la señal de la alianza realizada por Dios con Abraham y marcaba corporalmente la pertenencia al pueblo que llevaba la promesa. San Pablo enseña que, en Cristo, esta incorporación se realiza mediante una circuncisión espiritual, no hecha por manos humanas, que relaciona directamente con el Bautismo:

“En él también fueron circuncidados con una circuncisión no hecha por manos humanas […] sepultados con él en el Bautismo”.
Colosenses 2,11-12

La promesa permanece, pero el signo alcanza una dimensión nueva porque la alianza se abre a todas las naciones. Esto no significa que la circuncisión deje de tener valor dentro de la identidad judía. Significa que ya no se exige a los gentiles como condición para pertenecer al pueblo del Mesías, una cuestión que fue debatida profundamente por los apóstoles y que quedó resuelta en el Concilio de Jerusalén.

Las leyes alimentarias

¿Por qué un cristiano puede comer de todo, mientras que para un judío observante la mesa continúa estando regida por las leyes de kashrut?

Las leyes alimentarias ayudaban a organizar la vida cotidiana de Israel según las categorías de pureza y santidad. También contribuían a mantener la separación respecto de los demás pueblos, porque compartir la mesa era una de las formas más concretas de comunión social y religiosa.

En el capítulo 10 de los Hechos de los Apóstoles se relata que Pedro recibe la visión de un lienzo que contiene animales puros e impuros. Al principio, la escena parece referirse únicamente a las leyes alimentarias, pero el mismo relato muestra que su sentido es mucho más amplio. Dios está preparando a Pedro para entrar en la casa del centurión Cornelio, un gentil, y anunciarle el Evangelio. Pedro comprende entonces que ya no debe considerar impura a ninguna persona y que los gentiles pueden ser incorporados a la comunidad de los creyentes en Jesús sin tener que pasar primero por el judaísmo.

El mismo Pedro explica:

“Dios me ha mostrado que no debo llamar profano o impuro a ningún hombre”.
Hechos 10,28

La visión utiliza el lenguaje de los alimentos puros e impuros para revelar una transformación mucho más amplia: las barreras que impedían la plena comunión entre judíos y gentiles estaban comenzando a caer. Esta apertura sería confirmada después por los apóstoles en el Concilio de Jerusalén. 

Por eso, los gentiles incorporados a Cristo no quedaron obligados a asumir las leyes alimentarias dadas a Israel como condición para formar parte del pueblo del Mesías. Los cristianos pueden compartir la mesa sin regirse por las normas de kashrut, porque su incorporación a la alianza se realiza mediante Cristo y el Bautismo, no mediante la adopción de todas las disposiciones que distinguían a Israel de las demás naciones.

¿Shabat o domingo?

Una de las preguntas más frecuentes al abordar esta continuidad es la observancia del Sábado (Shabat). En la Torá, el Sábado fue dado a Israel como signo de la creación, memoria de la liberación de Egipto y descanso consagrado al Creador.

Jesús no abolió el Sábado, sino que reveló su sentido más profundo al declararse «Señor del Sábado» y recordar que el día de descanso fue hecho para el bien del hombre y no el hombre para el Sábado (Mc 2,27-28).

Para los primeros cristianos, en su mayoría judíos, la resurrección de Jesús el primer día de la semana marcó el inicio de la nueva creación. Así como la circuncisión del cuerpo encontró su plenitud espiritual en el Bautismo (Col 2,11-12), el reposo sabático alcanzó su meta en la resurrección de Cristo. Por esta razón, la Iglesia comenzó a reunirse en el «Día del Señor» (Domingo) para celebrar la Eucaristía, no para despreciar el Sábado, sino para celebrar la plenitud hacia la cual el descanso sabático siempre estuvo orientado.

Las fiestas judías

Las fiestas de Israel también preparan y permiten comprender los acontecimientos de la vida de Jesús.

La Pascua recuerda la liberación de Egipto y la sangre del cordero. En ese marco, Jesús entrega su vida y se revela como el Cordero que trae una liberación más profunda.

Shavuot recuerda la alianza y el don de la Torá. En Pentecostés, el Espíritu Santo desciende sobre los discípulos y comienza la misión hacia las naciones.

Sucot celebra la presencia y la protección de Dios durante el camino por el desierto, y contiene además una profunda esperanza acerca del día en que las naciones acudirán a adorar al Señor.

Con la llegada de Jesús, estas fiestas no pierden su significado, sino que los acontecimientos que anunciaban alcanzan su cumplimiento. Por eso los cristianos no están obligados a celebrarlas del mismo modo en que fueron dadas a Israel. La Iglesia las recibe a la luz de Cristo y celebra su cumplimiento dentro de su propia liturgia.

La Pascua de Israel alcanza su plenitud en la muerte y resurrección de Jesús y se celebra en la Pascua cristiana y en la Eucaristía. Shavuot encuentra una nueva expresión en Pentecostés, con el don del Espíritu Santo. Otras fiestas no fueron incorporadas del mismo modo al calendario litúrgico cristiano, aunque siguen siendo fundamentales para comprender la identidad y la misión de Jesús.

Las fiestas bíblicas forman parte del mundo religioso y espiritual de Jesús. Constituyen el lenguaje bíblico mediante el cual podemos comprender quién es y qué vino a realizar.

El cristianismo no puede comprender plenamente su propia liturgia sin conocer las fiestas de Israel, porque los acontecimientos centrales de la vida de Jesús suceden dentro de ese calendario y se expresan mediante sus símbolos.

Los primeros cristianos también tuvieron que responder esta pregunta

La pregunta acerca del cumplimiento de la Ley apareció ya en la primera generación cristiana. Cuando comenzaron a incorporarse gentiles, algunos sostenían que debían circuncidarse y observar la Ley de Moisés.

El capítulo 15 de los Hechos de los Apóstoles relata esta discusión, conocida como el primer Concilio de Jerusalén.

Después de discernir y buscar juntos la voluntad de Dios, los apóstoles concluyeron que los gentiles no debían hacerse judíos para pertenecer al pueblo del Mesías, sino que podían ser incorporados directamente a Cristo mediante el Bautismo.

Esto no significó, sin embargo, que quedara todo sin ningún marco. Los apóstoles pidieron a los gentiles conversos observar algunas condiciones mínimas: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de animales ahogados y de la inmoralidad sexual (Hechos 15,20.29). No se trataba de imponerles la Torá completa, sino de asegurar una base común de santidad que hiciera posible la comunión de vida entre judíos y gentiles dentro de una misma comunidad de fe.

La Ley y los Profetas alcanzan su cumplimiento

Cuando Jesús afirma que vino a dar cumplimiento a la Ley y los Profetas, no está hablando solamente de qué mandamientos continúan practicándose y cuáles no.

Está afirmando que toda la historia de Israel encuentra en Él su sentido y su meta.

Las promesas hechas a Abraham, la liberación de Egipto, la alianza, el sacerdocio, el Templo, los sacrificios, las fiestas, la esperanza de los profetas, la promesa de un descendiente de David, la expectativa de una nueva alianza y la reunión de las naciones forman parte de una misma historia que alcanza en Jesús un momento decisivo.

Por eso, para el cristianismo, cumplir la Ley y los Profetas no significa mantener cada práctica exactamente de la misma manera. Significa reconocer en Cristo la realidad hacia la cual se dirigían las Escrituras de Israel.

“Cosas nuevas y cosas antiguas”

Jesús ofrece una imagen muy hermosa para comprender esta relación:

Todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante a un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas”.
Mateo 13,52

El discípulo del Reino no vacía el tesoro antiguo. Saca de él cosas antiguas y nuevas, porque ambas se iluminan mutuamente.

Sin Abraham no comprendemos la promesa.

Sin el Éxodo no comprendemos la redención.

Sin la Pascua no comprendemos la muerte y resurrección de Jesús.

Sin los sacrificios no comprendemos al Cordero de Dios.

Sin el Templo no comprendemos plenamente la presencia de Dios entre los hombres.

Tampoco comprendemos verdaderamente la novedad cristiana si la separamos de los acontecimientos que la prepararon.

Por eso es tan importante conocer las raíces judías del cristianismo: sólo dentro de esa historia podemos conocer verdaderamente a Jesús, comprender su identidad y reconocer la profundidad de aquello que vino a realizar.

Pero estas raíces no pertenecen únicamente al pasado, ni son solo una preparación histórica del cristianismo. El pueblo judío sigue vivo, su elección permanece y su historia conserva un lugar propio dentro del plan de Dios. Conocer el judaísmo, entonces, no es volver al origen de la fe cristiana, es acercarnos a una realidad que sigue vigente, y que sigue teniendo sentido hoy. Por eso el cristiano no mira al judaísmo como algo ajeno o superado, sino como la raíz de la que sigue viviendo, la misma raíz cuya elección, como dice Pablo, permanece irrevocable, sostenida por la fidelidad de Dios.

La plenitud que no destruye, sino que revela

Preguntarnos si los cristianos deben practicar el judaísmo equivale a preguntarnos si el árbol debe volver a ser semilla. La fe cristiana no nace de la ruptura o el desprecio de la Ley y los Profetas, sino del reconocimiento de que en Jesús de Nazaret todas las promesas hechas a Israel han alcanzado su cumplimiento.

Las normas ceremoniales, los sacrificios del Templo y los signos de separación cumplieron fielmente su misión pedagógica y preparatoria en la historia de la salvación. Las exigencias morales de la Torá permanecen y se profundizan en el mandamiento del amor. Y la elección de Israel sigue firme e irrevocable en el corazón de Dios, revelando que el plan divino es de una perfecta continuidad, fidelidad y misericordia para toda la humanidad.

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